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La falsa ecología de los daños colaterales

Por Enric Luján

Un misil impacta súbitamente en una zona rural de Pakistán. Unas pocas ruinas cubren ahora el lugar donde algunos minutos antes se alzaba una casa. No obstante, una aeronave sigue sobrevolando la escena: busca confirmar que su objetivo ha sido abatido, inspeccionando cuidadosamente los restos mediante su visor de infrarrojos. Se trata de un dron, un aeroplano tripulado remotamente que es cada vez más frecuente de encontrar en los cielos de Medio Oriente. Esta silenciosa daga forma parte del arsenal letal de un número cada vez mayor de países, y en los últimos años ha sido utilizado por el gobierno estadounidense para llevar a cabo asesinatos selectivos contra las personas a las que la CIA y el ejecutivo consideran una “amenaza”.

Las repentinas incursiones protagonizadas por aeronaves no tripuladas en Pakistán, Siria o Yemen se caracterizan por un extremado secretismo: el programa dron de Estados Unidos, gestionado por la inteligencia americana, se cuenta entre los más clasificados del planeta. Estos ataques, diseñados militarmente para eludir cualquier tipo de tutela democrática o judicial, están moldeando activamente el entero devenir de la violencia militar contemporánea, hasta el punto de hacer del dron “el arma al que finalmente remiten todos los escenarios que piensan la guerra tanto a corto como a medio plazo”. En “Drones: sombras de la guerra contra el terror”, son categorizados como weltgeist (“espíritu del mundo”), la consciencia viva del engranaje militar: “cada tipo de armamento alimenta un determinado concepto de guerra (…), de igual modo que cada idea de conflicto da a sus inquietudes filosóficas forma de armas concretas”. Y el dron ha sido meticulosamente tallado por el cincel de la “guerra global contra el terrorismo”.

Los drones también modifican nuestra relación con los conflictos militares, pero lo hacen inspirados en “modelos discursivos” históricamente recientes. Durante la invasión de Iraq, una de las primeras acciones de las fuerzas estadounidenses fue la de establecer un “perímetro de seguridad” de 10 kilómetros cuadrados en el centro de Bagdad, al que llamaron “Green Zone” (en oposición a la “Red Zone”, que se extendía por el resto de la ciudad). Las narrativas de lo acontecido al otro lado de esta fortaleza securitaria eran glosadas desde su interior, normalmente por un representante del propio ejército, el cual poseía el monopolio efectivo del relato de guerra (dado el rol colaboracionista de una buena parte del periodismo internacional desplegado en Bagdad, que aguardaba la “nota de prensa” diaria desde la plácida “Green Zone”, sin llegar a salir nunca de ella). En consecuencia, la violencia de los ocupantes fue sistemáticamente invisibilizada, suprimida por el gran relato orientalista que caracteriza a la “guerra global contra el terror”.

Con los drones, esta misma plantilla se repite, pero extendida a escala planetaria: nosotros, los ingenuos habitantes de la posthistoria, vivimos en una “Green Zone”, en la que la información que tenemos acerca de los conflictos en la “Red Zone” global es seleccionada, interpretada y tutelada por agencias de inteligencia militar, que a su vez delegan en los mass media. Si bien esto pudiera ser un análisis recurrente en gran parte de la crítica social, la novedad que introducen los drones en este esquema es que, al bombardear sin previo aviso zonas semidesérticas en las que no suelen existir los medios para acceder a Internet o herramientas para dar voz a sus víctimas (imposibilidad de una “información independiente” a la oficial), sus masacres permanecen completamente veladas.

El dron permite desplegar por tanto una guerra socialmente tolerable para los habitantes de la “Green Zone” (al precio de silenciar sus acciones criminales), al contrario que sucede con las tropas tradicionales (que son objeto de una reticencia social cada vez mayor, tal y como acreditan los masivos movimientos contrarios a las guerras de Afganistán e Iraq), lo que augura una cadena de acontecimientos nada esperanzadores: si los drones hacen que se asuma la violencia militar como tolerable, nuestro horizonte cercano pasa por un aumento en su uso en el plano militar, algo que significa inevitablemente el aumento cuantitativo de las guerras. La “utopía social” del militarismo, esto es, una guerra sin los riesgos que suponen las bajas propias o la formación de una oposición social significativa, encuentra en el dron su particular fetiche, el cual es capaz de dar forma material a sus ansias de dominio.

“Drones: sombras de la guerra contra el terror”, de inmediata publicación bajo el sello de Virus Editorial, nos adentra en este mundo de asesinatos selectivos, fetichismo tecnológico e infraestructuras de guerra de alto secreto. Porque el proceso de desmontaje y demolición de la “guerra global contra el terror” en la que aún nos encontramos no pasa por vagas referencias a una “guerra global” abstracta, sino por “arrojar la mirada más mordaz hacia las unidades básicas, materiales, que acaban conformando toda la superestructura política que resta por encima suyo”, entre las que se encuentra naturalmente el dron en tanto que weltgeist militar. Politizar el dron en un sentido antimilitarista pasa por impugnar las narrativas que lo pretenden “arma humanitaria”, cuando nunca ha dejado de ser un arma que perpetúa las guerras.

 

 

Artículo publicado en el blog Adiós a las Armas de eldiario.es, el 1/10/2015

 

 


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