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«Guardar al rebaño y matar a la bestia»

 

Por Fèlix Riera

Disponer de tecnología económica, transportable, fiable y eficaz para cubrir la necesidad del ser humano de defenderse de las amenazas exteriores, acaba, con el tiempo y el uso, convirtiéndose en arma contra uno mismo. Olivier Razac en su ensayo crítico Historia política del alambre de espino y Enric Luján con su obra Drones se adentran en descubrirnos el poder de representación que atesoran tanto el alambre de espino como los drones, configurándose como identidades de poder político y de desarrollo histórico. Dos ensayos que permiten reflexionar, en plena explosión de la amenaza terrorista del EI, sobre el modo en que las sociedades avanzadas se defienden de sus peligros, cómo intentan protegerse de sus fantasmas v cómo buscan incansablemente controlar su miedo. Infructuosamente, buscan aliviar el terror al vacío y la angustia a por la muerte indiscriminada de inocentes con tecnologías que permiten controlar su territorio físico v psicológico, proyectando la ilusión de dominio y poder sobre los otros.

En la fragilidad aparente del alambre de espino se esconde un mecanismo de marcación del territorio, de delimitación de zonas a proteger y singularizar, de gestión del espacio. Es discreto, económico, ligero, silencioso, amenazante, resistente, transportable, fácil de reemplazar, fácil de producir, fácil de reparar. El alambre de espino coge su máxima expresividad política, como explica Olivier Razac, en tres momentos de la historia: cuando en 1874 J.F. Glidelen, un granjero de Illinois, obtuvo la patente de un alambre de metal con púas, su invento cambió la fisonomía del oeste americano al permitir una nueva forma de explotación agraria que supuso el desarrollo económico y la protección de la propiedad privada, pero también hacer avanzar la frontera y anexionase los territorios de los indios. Indios que vieron como el alambre de espino favoreció el cierre de la frontera, lo cual significó la ocupación v explotación de la tierra. Por otro lado, dividió y cerró el espacio y atomizó la estructura comunitaria de la sociedad india. El segundo momento fue la Primera Guerra Mundial con sus trincheras, que se convertían en protección ante el avance enemigo y en mortal telaraña donde caían los combatientes de ambos lados. Trincheras francesas o alemanas que se convirtieron en expresión estética de toda una generación que no podía dejar de ver el cadáver atrapado en la alambrada. «Algunos parecía que estuviesen rezando; murieron de rodillas y el alambre de espino habla impedido su caída». Y, por último, en la Segunda Guerra Mundial, donde el alambre de espino se convierte en imagen de los campos de concentración nazis. Alambre de espino como cautividad extrema, «alambrada de espino en el interior de una alambrada de espino», coronando una arquitectura del abismo, de cámaras de gas y crematorios. Sus víctimas explican que, tras cruzar el alambre de espino, «se deja de ser humano para ser menos que un animal, un simple cuerpo, una cabeza, un pedazo destinado a morir, en el mejor de los casos, lentamente».

Los drones son, en cierta forma, le evolución tecnológica del alambre de espino. Pero ahora tiene ojos, es aéreo, invade espacios, aniquila a distancia. El dron nunca se manchará con la sangre de sus víctimas. Enric Luján nos advierte hasta qué punto los Predators y Reapers amados con misiles Hellfire «representan para el mundo militar la promesa de la completa impunidad de sus crímenes, porque la imposibilidad de señalar a un individuo o a un pequeño grupo como responsables directos de las atrocidades solamente puede significar su inevitable repetición». Un ensayo que describe a los drones como artefactos mortíferos que sirven para desplegar estrategias contra insurgentes, proclamando una invisibilidad de la guerra, al evitar que se dispongan de imágenes, que certifiquen sus atrocidades. Avanzamos hacia una concepción de la guerra como realidad difusa, donde los pilotos/jugadores/controladores de joystick confiesan sentirse «como un Dios lanzando rayos a distancia».

Los ensayos de Oliver Razac y Enric Luján son atravesados por el pensamiento de Michel Foucault, que Le Monde celebra en sus páginas culturales al publicarse su obra en la prestigiosa colección La Pléiade. La vuelta de Foucault, así como la de Deleuze, impregnan las páginas de estos dos lúcidos ensayos y nos vuelven a poner sobre la pista de la importancia de los dispositivos foucaultianos que el filósofo Giorgio Agamben define cono «cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes». El alambre de espino y los drones son dispositivos destinados a fijar una idea del mundo donde somos, a la vez, rebaño y bestia. Y será el Estado el que, en función de sus intereses, decida quién debe ser protegido y quién destruido, en un momento en que, a causa del terrorismo vihadista, todos nos sentimos rebaño).

 

 

Reseña publicada en Cultura/s de La Vanguardia, el 12/12/2015

 

 


 


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