«La política y la seguridad no se llevan bien»

Por D. Font

Pregunta.- ¿Qué te parece el escarnio al conductor del tren mientras que dirigentes y Gobierno niegan cualquier responsabilidad? 

Rrespuesta.- La magnificación del “factor humano” como causa principal del accidente tiene como objeto disimular el papel del “factor político”. El AVE en Galicia era un compromiso electoral y una decisión política llevada adelante por el gobierno “socialista” y por el actual gobierno “popular”, con el consentimiento y apoyo de los demás partidos, sobre todo a nivel regional. La prisa de las autoridades por ejecutar las obras de un tramo con muchos túneles y puentes salvando complejas y costosas expropiaciones, que siempre generan oposición, fue la causa de que el trazado Ourense-Santiago tuviese una curva impensable en un trazado de alta velocidad, de que un solo maquinista condujese el tren, de que el ancho de la vía no fuese el europeo, y de que se aplicase el sistema de señalización convencional ASFA, que no detiene el tren hasta sobrepasar los 200 km/h. Política y seguridad no se llevan bien. Si bien la Alta Velocidad exige unos sistemas sofisticados de seguridad que han dado lugar a una potente industria, su ejecución está en relación inversa con la Alta Velocidad política. A mayor urgencia política, menor seguridad.

P.- Algunos maquinistas reconocen que el sistema de seguridad da fallos. ¿Quién lo eligió?  

R.- El responsable final es el ministro. Cierto es que la cadena de mando pasa por la dirección del ente administrador Adif y del operador Renfe hasta llegar a los ingenieros y técnicos, sin contar las comisiones de los gobiernos autonómicos, también con sus expertos y técnicos. Éstos informan sobre el trazado y la seguridad, pero es el momento político quien influye en las decisiones. Así pues, la decisión es política; luego, los expertos se encargan de la parte técnica, y es ahí donde surgen problemas, de “encaje”, de “homologación” o de lo que sea, que en este caso llevaron a aparcar el sistema recomendado en Europa, el ERTMS, supuestamente mas eficaz. El director de Adif es quien asumiría la mayor responsabilidad en ese campo.

P.- Tú hablas de 'progreso' en un sentido peyorativo al referirte al TAV, por las consecuencias que genera. En el caso de Galicia, ¿cuales serían?

 

R.- Es común en la clase dirigente española, tanto política como empresarial, identificar infraestructuras, tecnología punta y promoción inmobiliaria con desarrollo y progreso. El TAV seria la guinda de ese pastel desarrollista. Y a pesar de la crisis económica, sigue siéndolo. Como es una ruina económica, los efectos sobre autonomías periféricas como Galicia, serían por ahora menos un aumento de la centralización y de la urbanización, que un aumento de los recortes presupuestarios en lo que concierne a las redes ferroviarias, tanto de largo recorrido como de cercanías. La descapitalización del transporte público obliga al uso intensivo y extensivo del vehículo privado. 

P.- En Galicia se construyen vías de alta velocidad sobre las existentes. Además de suprimir la red de cercanías, ¿puede traer problemas de seguridad?

R.- Los problemas de seguridad se exportan a cercanías y largo recorrido, apenas disimulados tras el mal funcionamiento de los trenes, la saturación de líneas, la falta de planes de evacuación, el mal estado de algunos vagones, el peligro de los pasos a nivel, retrasos, averías, etc.

 

 

  Contra el despotismo de la velocidad


30/09/2013 14:55:44 Versió per imprimir

La guerra del copyright no empezó ayer

 

Por Paula Corroto

La propiedad intelectual siempre ha sido una fuente de conflictos. Cómo se puede transmitir, exhibir y comerciar con la creación cultural forma parte del debate desde mucho antes que estallara Internet y los nuevos modelos de consumo de la era digital. Si acaso, estas transformaciones lo que han hecho es poner la discusión sobre la mesa y llevarla al Parlamento. Esta es la tesis que defiende el libro La tragedia del copyright. Bien común, propiedad intelectual y crisis de la industria cultural, de los profesores Igor Sádaba, Mario Dominguez, Rubén Martínez, Jaron Rowan y el colectivo ZEMOS 98, editado por Virus editorial y que estará a la venta a finales de agosto.

“El interés por la explotación comercial de los saberes ha estado en tensión permanente con el dominio público, el acceso abierto al conocimiento y, en última instancia, con los modelos de cooperación no basados en la competencia”, afirman estos autores en un momento en el que continúa la discusión por la Ley de Propiedad Intelectual que prepara el Gobierno y que aún no ha sido tramitada. Un proceso que está envuelto en una crisis actual de modelo, que según se destaca en este libro viene marcada por tres factores: el paso a un segundo plano de la copia física, la construcción de estructuras de intercambio no basadas en la compra-venta, y la constitución de empresas del procomún, basadas en la  gestión colectiva de la propiedad intelectual y su reconocimiento como bien común. Con estos mimbres se abre un nuevo tablero de juego en el que es necesario cambiar las estrategias hacia los derechos de autor.

Un poco de historia

Pero para llegar a esta situación hay que hacer un poco de historia, puesto que la tragedia del copyright comienza desde la aparición de la Imprenta. Fue entonces cuando surgieron las primeras normas que permitían (o no) la difusión de determinados libros, principalmente basadas en la censura. Por ejemplo, durante la época de la dinastía de los Tudor en Inglaterra quedaron establecidas unas leyes que obligaban a depositar en un registro todo nuevo libro publicado y que diversas asociaciones registraran los textos sospechosos de ser hostiles a la Iglesia o al Gobierno. Desde luego, era una época precapitalista y mucho más regulada que comenzó a desvanecerse a partir de la revolución de 1688 cuando se permitió la impresión libre, sin previa autorización “gracias a las ideas de ciertos pensadores, padres del liberalismo, como John  Locke”, recuerdan estos autores.

Sin embargo, la impresión indiscriminada de libros hizo que surgieran los primeros debates sobre la idea moderna de copyright, que también nació en el estado inglés en 1710 con el Statute fo Anne y que establecía una protección de las obras durante 28 años. Fue la primera ley que introducía el concepto de autor. No obstante, como se indica en este libro, el objetivo no era proteger al autor sino que tanto la Iglesia como el Gobierno pudieran seguir controlando los libros que se imprimían. El copyright se dispuso como una medida de dominio por parte del Estado, puesto que

El poder del autor para con sus obras no vendrá de Gran Bretaña, país aventajado en las teorías liberales, sino de Francia y en plena Ilustración gracias a escritores como Diderot o Beaumarchais, quienes impulsarán el debate de los derechos de autor como parte de los derechos de los trabajadores frente a los privilegios del Antiguo Régimen. Será la Revolución francesa la primera que redefinió los privilegios del autor como “propiedad” lo que articula estos derechos desde una perspectiva laboral y no sólo jurídica. Es el autor el que dispone qué hacer con su obra y qué beneficios extraer de ella.

La tercera concepción del copyright procede de EEUU tras la revolución de 1775. Como señalan los autores en esta ocasión “el copyright ya no filtra los contenidos ni es un puro mecanismo de retribución laboral. Ahora es una concesión de alcance limitado que estimula o alimenta la actividad creadora y artística. La obra intelectual se crea para disfrute y beneficio del cuerpo social. A pesar de que la libertad individual se proclama como principio sagrado sobre todas las cosas, también debe garantizarse el progreso social. Es el triunfo de la concepción contractualista y legalista de los derechos de PI [Propiedad Intelectual]” (…) Se erguía la racionalidad económica de los flamantes estados confederados sobre la moralidad del Viejo Continente”. O lo que es lo mismo, la dura pugna que hasta hoy continúa entre EEUU y Europa y que sigue estando presente en conflictos como los vividos por Google con las leyes antimonopolio de la Unión Europea.

En la actualidad

Tras un arduo repaso a las transformaciones que han sufrido las normas sobre la PI, los autores concluyen con una pincelada sobre la reciente Ley Sinde-Wert que nos acerca a la actualidad. Y su conclusión es bastante negativa: “persigue al que «actúa con ánimo de lucro o haya causado o sea susceptible de causar un daño patrimonial». Con ello se recoge otra demanda de la industria cultural, aquello a lo que se ha llamado el «lucro cesante», esto es, los beneficios que «se dejan de percibir» por efecto del acto denunciado. De este modo, y según esta doctrina, (…) aumenta la trivialidad de la norma haciendo que la práctica totalidad de la población internauta, así como la mayor parte de los servicios de la sociedad de la información, se sitúe en el ilícito sistemático y se genere una inseguridad jurídica absoluta para todo aquel o aquella que utilice la Red”.

Este próximo trimestre está previsto que la nueva LPI llegue finalmente al Parlamento. Un debate que volverá a estar caliente. Este libro ofrece una buena perspectiva para saber que el copyright, sometido a ideas proteccionistas o liberales, con y sin Internet, siempre ha estado en el filo de la tragedia.

 

 

Reseña publicada en eldiario.es, el 15/08/2013

 

 

  La tragedia del copyright


30/09/2013 12:15:21 Versió per imprimir

Relat rigorós i minuciós d'una obreriada

Per Jordi Bonet i Martí

Va haver un temps en aquest país on homes i dones qualsevol van fer una revolució. Malauradament, presoners encara de la llosa de silenci i por amb què el franquisme i la vergonyant transició van segellar la nostra memòria, tendim a oblidar-ho. A aquest oblit, han contribuït a parts iguals, les diferents accepcions de la historiografia: la conservadora, la nacionalista i la pretesament marxista, coincidents totes en infamar i criminalitzar el moviment llibertari, protagonista de les lluites socials que es van desenvolupar a Catalunya durant la primera meitat del segle XX.

La cadena de derrotes representada pels fets de maig de 1937, l’ensulsiada de 1939 i la ferotge repressió que els seguí, va transformar radicalment les formes de socialitat, els discursos i relats que van fer possible aquell curt estiu de l’anarquia. Els seus protagonistes, que no són altres que els nostres avis i àvies, en un determinat moment van decidir callar, apagar les seves veus, convertint la història d’aquest desafiament en un perllongat silenci. El llibre d’en Pere López neix amb la voluntat de posar veus i noms per trencar aquest silenci, perseguint insistentment gravadora en mà els supervivents d'aquella derrota, els seus fills i filles a fi de comprendre qui eren, on i com vivien i per què lluitaven.

És així com a mesura que avança el llibre es va dibuixant un territori que té el seu epicentre a les cases barates de Can Tunis i que posa en qüestió molts dels mites que s’han construït sobre l’anarco-sindicalisme: els incontrolats, els menjacapellans, els analfabets... menjacapellans, els analfabets... El llibre, partint del record dels seus protagonistes, ens ofereix les claus per comprendre no només la revolució de 1936, sinó el pòsit acumulat que la va fer possible: la importància dels barris com a espai de socialitat obrera, les formes d’autoeducació i organització popular, els múltiples abusos a què eren sotmesos i les formes de resistència que van enginyar-se per fer-los front.

La minuciosa recerca empresa per l’autor traspassa doncs l'habitual hagiografia anarquista de figures singulars (Durruti, Ascaso, Garcia Oliver...), per donar veu i rescatar de l’anonimat els homes i dones que conformaven aquest mar de foc subterrani que connecta les mines d’Almeria amb les milícies d’Aragó passant per les barriades populars barcelonines.

Ara bé, no ens trobem només davant d’una obra rigorosament documentada, sinó que l’autor ens ofereix un relat amè i magníficament ben escrit, abandonant conscientment el llast de la retòrica academicista a l’ús, per convidar-nos a seguir narrativament el seu camí de recerca obstinada per rescatar la memòria soterrada de les barriades obreres -les obreriades-.

 

Ressenya publicada a La Veu del Carrer n.º 129, setembre 2013

 

 

 

  Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)


27/09/2013 12:10:55 Versió per imprimir

Rastros de rostros: Un gran libro, espejo de combatividad

Por Frank Mintz

Gran libro es este, un espejo de una combatividad que hace falta hoy por hoy, y un espejo de buena parte de los familiares de los luchadores que reniegan de sus propias raíces, y espejo de las inquietudes del historiador que honra a sus abuelos (lo que se sabe en las últimas páginas) y un largo centenar de sindicalistas y anarquistas desconocidos, en la base siempre y que dejaron sus huesos tanto en la lucha contra el fascismo católico hispano, como en los Hechos de Mayo (organizados por catalanistas y comunistas) y campos de concentración nazi, y uno al salir del gulag leninista (después de que el Ejército rojo lo sacara de un campo nazi), Manuel Bolufer que no aparece en los sitios en ruso.

El autor se vale en este viaje por el pasado de diálogos o monólogos sobre la posibilidad o el interés de tal empresa. Y cita testigos, allegados que prefirieron, como Rosario, replegarse en un «no me acuerdo de nada, ni de mi padre ni de mis tíos». O despedirse, en el caso de Juan, con un «no sé nada de aquellos tiempos ni de ellos». Bastantes optaron por «mejor dejar correr aquellos años», y algunos añadieron un «de qué serviría ahora removerlos». También algunos aludieron a que «es que entonces era un crío» o «nunca quisieron explicar nada». Otros menos se excusaron recurriendo a «lo siento, se equivoca» o «no, no tengo nada que ver»; y, nada más colgar el teléfono, se me disparaban las dudas y anotaba: «no, pero» (p. 380) (1).

De hecho, cuando se lee y hojea el libro, el cúmulo de fotos personales, de cartas, son un aporte directo de muchos familiares para rescatar de la nada a sus antepasados. Y Pere López Sánchez añade tres grandes cualidades: -una selección breve y eficiente de extractos de la prensa de la época, de expedientes policiales, que acompañan muchos capítulos; - una erudición y un conocimiento desde horas y horas en archivos variopintos, hemerotecas, que le ahorran las notas; - el rescate de los anónimos. «Por loanzas de compañeros que compartieron momentos de luchas, reuniones, tertulias o simples charlas, las semblanzas militantes de Miguel Muñoz y Pantaleón Arteaga, al menos, podrán eludir el olvido» (p. 358).

De pasada hay que agradecer a la gente sensata que no quiso participar en la búsqueda del autor. Esta gente confía en un sistema bancario mundial mafioso, en un primer ministro medio delincuente (más rajado que Rajoy), en curas paidófilos y sores secuestradoras de bebés. Por supuesto, no toda la gente de orden es así, hay opusdeístas que se venden a las multinacionales, y la cosmopolita Repsol que manda sicarios para balear a indígenas latinoamericanos que pretenden poseer terreno con yacimientos petrolíferos. Esta estupidez es la misma que la de abuelos o tíos de esta gente que cultiva el olvido. Abuelos que lucharon -contra los sabihondos de la economía empresarial y políticos de las supuestas reformas lentas, seguras y progresivas- en conflictos laborales, luego con las armas en la mano y, bastantes de ellos, continuaron  «con la cabeza bien alta».

Después de este saludo a la gente de orden, un ejemplo que Comisiones Obreras y UGT aplican con creces en 2013.

La empresa Alena pisoteaba los derechos laborales, compañeros del sindicato CNT de la Madera de Barcelona, «plantearon el boicot total a la empresa y reclamaron la solidaridad del Sindicato del Transporte —en especial de los portuarios— para que no descargasen ninguna madera de la Alena, mientras ellos se encargaban de no manipularla en sus talleres y de que no funcionasen las máquinas en la carretera del puerto. La empresa, en su memoria del año siguiente, reconoció el enorme quebranto que le provocó aquel boicot: se estropearon casi 3.000 toneladas de madera en troncos que tenían en existencia y tuvieron que desviar los cargamentos flotantes hacia el puerto de Hamburgo. De poco sirvió que se intentara recurrir a borrar el nombre de Alena de los tableros que se pretendían distribuir o que algún avispado lo sustituyera por el de Susex. El Sindicato reaccionó poniendo en práctica aquel ingenio del label: procederían ellos a marcar con su sello —un triángulo con la inscripción CNT-Ramo de la Madera-Label— los únicos tableros que se podrían emplear para la fabricación de muebles u otros objetos.

»Mediado el mes de agosto, el conflicto y el boicot se dio por zanjado. Aquella compañía todopoderosa —de negreros, decían los obreros— firmó las bases del arreglo donde reconocía al Sindicato, readmitía a todos los obreros, abonaba tres semanas íntegras de jornal atrasado, se comprometía a abonar los gastos de curación y clínica derivados de aquella colisión sangrienta y al delegado —que quedó imposibilitado físicamente tras las graves heridas de aquel día— le daría un trabajo adecuado y se encargaría de cubrir su convalecencia.

»En la memoria de 1932, no en vano, se recogerá que, tras aquellos tropiezos, “actualmente Alena está en excelentes relaciones con todas las agrupaciones obreras y aun podemos afirmar que llegan a ser cordiales, resolviéndose amistosamente cualquier dificultad que se presenta». Bueno, era un decir, porque en junio del 36 los obreros protagonizaron otra enconada huelga que volvieron a ganar: los horarios se redujeron y los jornales se incrementaron considerablemente”» (pp. 153-154).

Otra epopeya fue la huelga de alquileres, con una gran capacidad organizativa. También la de la construcción del Metro. Hubo también muchas derrotas y víctimas entre estos combatientes que a la par anhelaban la cultura y montaron un Ateneo Cultural de Defensa Obrera (p. 91) y una escuela.

Señalar de paso que los intentos de catalanistas o ugetistas de implantarse entre estos trabajadores o fracasaron o apenas existieron. Evidentemente en sus excelsos análisis socioeconómicos de dirección que imponer al proletariado, allí se topaban con un tipo de lumpen imprevisible, insurgente, que había que castigar (Companys, pp. 120, 152). Trabajadorxs que prescinden de intelectuales y partidos guías y se auto organizan era un desafío intolerable para los capitalistas republicanos y los aprendices al servicio de la URSS.

Y desde el 18 de julio de 1936 estuvieron ell@s en todas las luchas horizontales: milicias en Aragón, patrullas de control, autogestión de las empresas, como la ya mentada  «Alena, la fábrica de contrachapados” (pp. 241-242). Con un directivo colectivista de la misma, Francisco Reyes que no dudó en luchar contra catalanistas y comunistas durante los Hechos de Mayo y que fue asesinado. «Para el buen gobierno, al que se adscribía Paco en aquella rutinaria nota, las tareas de despacho y la acción no tenían por qué andar reñidas» (p. 242).
Estos acontecimientos eran el resultado de la transigencia de los dirigentes de CNT y parte de la UGT con los republicanos ineptos para prever, contrarrestar y combatir a los golpistas fascistas católicos y, todavía menos, para resistir la injerencia soviética y sus domésticos hispanos que anunciaban la buena nueva del orden, la disciplina y su singular enfoque de la unidad.

L@s compañer@s de abajo «contra tanta acusación lanzada mediante insidias e improperios, reivindicaron que eran amantes de la disciplina, pero no de esa disciplina cuartelaría o conventual que les pretendían imponer, sino de la disciplina del deber entregada a encauzar la revolución» (p. 253)

«Desmantelar el orden revolucionario era entonces la prioridad, pues era el garante y baluarte último de aquella dinámica. De ahí el acoso a los comités, y por eso Rodríguez Salas fue nombrado comisario general de Orden Público. En su toma de posesión se estrenó con unas declaraciones que anunciaban su cometido principal: estaba dispuesto a acabar con los elementos incontrolados» (p. 256).

La victoria de catalanistas, comunistas y centralistas republicanos era por lo tanto la prevalencia del orden y del disciplinamiento con un ejército dirigido por expertos (soviéticos) por una victoria militar sobre el fascismo.
La paradoja es que ni a fines de 1937 y ni en 1938 nada cambió en la penuria de víveres.

[En] «”Relación de las diferentes opiniones del pueblo de Barcelona ante la situación actual”, el encargado por la Sección de Coordinación e Información relata los ánimos y los rumores que recorren la ciudad durante el mes de abril y los primeros días de mayo [de 1938]. Entre los más repetidos, transcribe lo que se dice en colas, barullos y mercados: muchos militantes de los sindicatos se niegan a ir al frente, pues acudir a la movilización era ir al matadero. Abundan también las muestras de abatimiento y desaliento -“pronto nos quedaremos sin agua y pan”; “es inminente el desembarco de los italianos”; “que entren los facciosos pues al menos comeremos”- y las referencias a las peleas en las colas por la escasez y carestía de los víveres; ésas sí eran el pan de cada día» (p. 272).

[El autor sintetiza informes cenetistas…] «el ambiente era patético, doloroso para ellos, pues una proporción muy considerable del vecindario [de barriadas proletarias] -entre los que se incluyen algunos que alardeaban de militantes de la Organización-, noche sí y noche también, corría a asaltar los campos [y la colectividad agrícola]; también los tiroteos eran sistemáticos y continuaban las borracheras a granel y el desenfrenado juego por las mesas de los bares. “Un desastre”, llegan a pronunciar» (p. 273).

«La escalera que empezaron a subir no llevaba al cielo, conducía al infierno» (p. 274).
La victoria franquista fue natural, añado en la medida en que el año 1938 fue para la URSS el de los tanteos y la puesta a punto de la alianza con la Alemania nazi, con la garantía de buena voluntad de la caída en picado de los envíos de armamentos rusos, sobre todo para la aviación.

Quienes lucharon por la revolución o intentaron sobrevivir cayeron bajo el yugo fascista. No fue el caso de tres compañeros fusilados por los republicanos, y uno de ellos se despidió así: «Recibir de mi parte mis más sinceros y cariñosos saludos que es lo único que puedo ofreceros, vuestro compañero que fue en vida y seguirá viviendo en vuestra mente» ([23.12.1938], p. 340, original de la carta p. 367).

Para l@s vencid@s «La Victoria se escribió con V de venganza y ellos y ellas lo saben, aunque prefieran callarlo, o no vocearlo» (p. 320). «El encarnazimiento -disculpen la erratade los nacionalsocialistas» (p. 339).
Ello no impidió que se lanzaran militantes más jóvenes a luchar en Barcelona en plena clandestinidad. Otros que habían capeado los ataques de fascistas alemanes y franceses, sin olvidar los de los comunistas de la UNE en el sur de Francia (con su peculiar concepto de la unidad que llevaron a cabo en 1936-1939) que el autor cita brevemente.

López Sánchez ha logrado restituir todos los alcances de la lucha por sobrevivir de los  «murcianos” en una zona acotada por los empresarios. Murcianos eran en aquel entonces los emigrantes económicos de cualquier parte de España. Y recibieron la solidaridad obrera del anarcosindicalismo de Barcelona que eligió a mediados de 1936 a un gitano, Mariano R. Vázquez, como secretario regional de Cataluña (como hoy en todos los sindicatos catalanes). Porque lo importante era la conciencia de que el cambio social lo podían emprender los mismos trabajadores, como lo escribió Carlos Marx en 1864 en los estatutos de la AIT.

Por eso, López Sánchez acaba su obra destacando: «Me he aventurado, tan sólo, a recorrer aquel prado rojo y negro que fue y se ha olvidado, ya sea por desidia o por inquina. Ha sido un discurrir en el recuerdo, recordando a los muchos hombres y mujeres que no dudaron en darle vida y por lo que a algunos, incluso, les quitaron la vida. Los perfiles de sus rastros, por peculiares que parezcan, no eran, no han cesado de repetirme, nada excepcionales. En otros tantos lugares, más o menos arrinconados, habitados por gentes en condiciones y situaciones similares, lo acontecido no fue tan diferente» (p. 385).

 


Nota
1 Un factor agravante es etiquetar a los descendientes con sus orígenes. De hecho es la historia desde 1929 hasta los años 1960 de una maniobra de la burguesía barcelonesa, creyente, catalanista, para apartar el barraquismo [las villas miseria] de la metrópoli con una intentona de disciplinamiento. Por su misma avaricia e idiotez, el patronato responsable de un conjunto de unas 500 casitas, denominadas  «Casas Baratas», dejó los habitantes sin alcantarillado decente (inundaciones repetitivas) ni escuela, ni servicio médico adaptado, ni escuela digna. Y ocurrió lo previsible: todo esta población emigrada de distintas provincias de la Península, curtida en la miseria, respondió con una fuerte solidaridad y la acción directa, rasgos consolidados por el anarcosindicalismo, a pesar de los constantes embates de las fuerzas opresoras y de las matones de los empresarios.
 

 

Reseña publicada en Foundation Pierre Besnard, agosto de 2013

 

 

  Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)


06/09/2013 15:04:58 Versió per imprimir

Pere López: «Can Tunis como mercado de la droga es un estereotipo creado por los medios de comunicación»

Por Àlex Gil / Foto Francesc Sans

Las Casas Baratas del Prat Vermell, luego conocidas como Can Tunis, fueron levantadas en 1929 para no ensombrecer el brillo de la Exposición Internacional de 1929 con poblados de barracas en las faldas de Montjuic. Pere López Sánchez, geógrafo y profesor de la Universitat de Barcelona, recupera la memoria de sus primeros vecinos y el recuerdo de una lucha por la dignidad de una parte de la ciudad olvidada tras la fachada de esplendor olímpico en “Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)”, publicada por Virus Editorial.

¿Cómo surge la idea de escribir una historia de Can Tunis?

Este libro es un proyecto que tenía aparcado desde hace tiempo. Siempre he tenido curiosidad por la historia de Barcelona, por la ciudad y cómo se ha vivido en ella. He investigado y he publicado ya algunas cosas sobre esto, por ejemplo, sobre la Semana Trágica, llamada así por la historia oficial, a la que yo prefiero llamar Revolución de Julio de 1909, como la llamaron los obreros de entonces. Quería conocer y explicar cómo la gente del montón, como se definen a mismos muchas veces, los anónimos, en el verano de 1936, que es otra revolución también olvidada, son capaces de llevar a cabo una auténtica revolución social. Cómo esta gente, está preparada y decidida a hacer una revolución. Una revolución que no nace de un día para otro. Es en este punto dónde empieza el libro .Y entonces comienzo a removerlo. Y hay otra historia más personal, claro. Mi padre nació en las barracas de Montjuic y mi madre en la Torrassa, entonces, con este fondo es normal que explique las cosas que explico. Han sido nueve años de trabajo intenso.

 

¿La historia de los barrios obreros de Barcelona es una historia desconocida, ocultada?

 

Me interesan las otras Barcelonas, como las designó Vázquez Montalbán. Detrás de la fachada espléndida que se vende desde el poder político y económico, la ciudad -el aspecto social-, es conocida también por su lucha obrera, por haber sido la Rosa de Fuego a principios del siglo XX. En el imaginario popular obrero, Barcelona ha sido siempre un referente de ebullición social. Desde la primera huelga general que se hace en el estado, en 1855, pasando por la fundación de sindicatos, el bullir anarquista, las revoluciones.... Desde entonces, la ciudad ha tirado por aquí.

 

Hablo de este barrio, pero esto es extrapolable a otras barriadas, por lo general, las más periféricas, como es el caso de las Casas Baratas del Bon Pastor, o en Santa Coloma de Gramenet. Sobre estos lugares, se han explicado las mismas cosas, se han contado historias parecidas.

 

El libro reivindica la memoria de la gente anónima de un barrio marginal. Un barrio que se levanta para erradicar el barraquismo en la ciudad ¿Cómo nace Can Tunis?

 

Hay un problema persistente de barraquismo en Barcelona, un problema que llega hasta la actualidad. Los vecinos de Can Tunis vivían en varios poblados de barracas diseminados por Montjuic. De estas barracas los echan con motivo de las obras por la Exposición Universal de 1929.  Cuando la ciudad quiere recuperar un espacio y mostrar su gran cara, la Barcelona imperial, la cosmopolita, los borrones deben desaparecer, y a partir de aquí nace Can Tunis. Es un proceso constante en Barcelona, y que se ha extendido a la periferia.

 

Intento explicar este proceso, desconocido, y solo explicado desde arriba, por la historia oficial. No hay que olvidar que las “casas baratas”, como se les conocía, son un ejemplo de lo que entendía por política social de la vivienda la dictadura de Primo de Rivera. Y como muestra de esto, que al frente del Patronato encargado de su construcción, se encontraba como comisario regio, el teniente general Milans del Bosch, entonces gobernador civil de Barcelona. En la junta de este Patronato, estaban todas las entidades económicas y empresariales del momento, como la Cámara de Comercio. De hecho no es propiamente una obra municipal, sino privada. Sus impulsores quieren aprovechar las ayudas que se dan al proyecto. Se podría hablar de esto, como un antecedente de la actual especulación inmobiliaria. Al final de una serie de subcontrataciones, los encargados finales de levantar las viviendas serán Fomento de Construcciones y Contratas.

 

Suena actual

 

El primer proyecto, el original, es descomunal, pero se va modificando de manera rápida. De los cinco grupos de viviendas proyectados en su inicio, se acaban construyendo cuatro. Las viviendas se hacen más pequeñas, apenas 36 m2, y sin el huerto original, que acaba siendo un patio. De 491 pasan a más de 600 viviendas, se aprovecha el espacio que tenian en el Prat Vermell y se alza así un grupo de viviendas que ha sido conocido por varios nombres: Can Tunis, Eduardo Aunós, barriada Francisco Ferrer... Hoy día, este barrio está desaparecido. Las viviendas fueron derruidas entre finales de los 80 y principios de los 90.

 

¿Es un barrio para esconder una realidad poco atractiva para el poder?

 

Pienso que si. Se lleva allá a una gente a la que se le llama de todo, desde “murcianos”, que entonces era un insulto semejante al “charnego” de no hace mucho, hasta delincuentes, vagos, maleantes, analfabetos, sucios...Pero ante esta imagen que se tiene, surge otra que tiene que ver muy poco. En abril de 1929, se comienzan a instalar en las casas. En mayo de 1930 se constituye el Ateneo Cultural de Defensa Obrera. Y en abril de 1931, comienza una huelga de alquileres que, incluso, se alargará hasta 1942, con desahucios y con una solidaridad constante entre los vecinos.

 

¿Can Tunis arrastra un estigma de marginalidad desde entonces?

 

Can Tunis carga con el estigma de la droga, de la heroína, es lo que conoce la gente de fuera del barrio, lo que les suena. ¿Qué hay detrás de esto? Intento demostrar que el barrio era un caldo de cultivo de otro tipo de vida. Can Tunis como mercado de la droga es un estereotipo creado por los medios de comunicación. Se crean unos referentes del mal para la ciudad.

 

El entramado asociativo de Can Tunis viene del anarquismo. ¿Ese ideario les señala más ante la Barcelona oficial?

 

El anarquismo es una práctica critica de vida. La ideología son las ideas muertas. La fuerza del anarquismo en España viene de unas prácticas arraigadas en diferentes ámbitos. Ellos, mejor que nadie, saben que es ser obrero y como luchar por su jornal. El anarquismo tiene que ver con la horizontalidad, lo hacemos todo entre todos. La acción directa, entendida de una manera no descarriada, es decir, que no acepto intermediarios.  Por ejemplo, en Can Tunis, se constituyó  una Organización Sanitaria Obrera, una mutua. Llevan a cabo un trabajo sindical y defienden la mejora de las condiciones de vida del barrio. Reivindican un dispensario, una escuela racionalista, no quieren una casa cuartel de la Guardia Civil en el barrio.  Que en ese barrio y en los años 30, tuviesen servicios naturistas y de homeopatía es un logro ahora casi impensable. El barrio es un foco de lucha sindical, es activo. Y no hay que olvidar que aquel tiempo fue un cara a cara terrible contra la patronal y el estado.

 

La CNT, por ejemplo, comparte local con el Ateneo, la mayoría de los vecinos eran militantes del sindicato, aunque también había gente más ligada a la FAI, vecinos que escribían en “Tierra y Libertad”. También de otras opciones, aunque muy pocos. Durante el Bienio negro (1933-1935), muchos optan por entrar en Esquerra Republicana como medio para mantener activa la lucha. Aunque se les tildaba de analfabetos, son capaces de generar una cultura propia.

 

¿Por qué se suele olvidar esto?

 

Porque Barcelona tiene que ser una ciudad competitiva. Ahora el objetivo es el turismo, es una imagen falsa porque las otras Barcelonas son persistentes. No se pueden esconder. Y salen, como pasó en el 36, como en los años 70, o más cercano con el 15M. Es una constante, esta es la riqueza de la ciudad que yo reivindico en el libro. Son otras Barcelonas que son capaces de pensar en otras maneras de vivir el mundo y la ciudad. Todo esto se está repitiendo hasta ahora. Se hicieron las Olimpíadas, se liquida el Camp de la Bota, se hizo el Fòrum, se abre la Diagonal hasta el mar. La historia se repite. Las escalas son diferentes, pero es algo habitual en Barcelona.

Ahora mismo se están creando alternativas en los barrios, de modo cooperativo. Como la experiencia de Can Batlló. El bullir de las otras Barcelonas se mantiene a veces más visible, otras menos. No son otras Barcelonas marginales, son otras ideas de la ciudad, de cómo construirla y de cómo vivir en ella.

 

 

En el libro se da una gran importancia al relato de los propios vecinos, a la historia oral...

 

Aparte de recurrir a los pocos vecinos que aún viven y recuerdan la época anterior a la guerra, las fuentes a las que he recurrido son mucha hemeroteca y archivos. Archivos militares, como el de Ávila, para recuperar las trayectorias de los vecinos que sufrieron consejos de guerra. También a los papeles de Salamanca, o el Instituto de Historia Social, de Amsterdam, dónde están depositados los archivos de la CNT y de la FAI.

 

¿Cómo se ha recibido en el barrio, entre los actuales vecinos, este libro?

 

Había un cierto temor a que se repitiesen los estereotipos habituales, como los reflejados por obras, como las de Paco Candel. Tópicos basados en el tremendismo, en conductas que, en realidad, no se daban. Están contentos que se recupere la memoria del barrio, aunque hayan pasados tantos años. A este miedo a los tópicos, se une el miedo al franquismo, que aún se mantiene. La represión fue feroz, liquida la vida de todo un barrio, pero la memoria de los vecinos se mantiene. Aún así, al principio fue difícil hablar con algunas personas, se resistían a explicar esa historia y preferían mantener su silencio. De todas formas, el balance es positivo, mucha gente se está moviendo ahora para recuperar la historia del barrio y las biografías de sus vecinos.

 

 

¿Seguimos entonces con un olvido interesado?

 

La represión que se produce en Can Tunis comienza de hecho después de mayo de 1937, cuando se liquida el poder anarquista, y en menor medida, el del POUM. A la riqueza de ideas y de actividades que se da durante la segunda parte del 36, le sigue una represión que ya no se para. De las últimas cinco personas fusiladas en Barcelona en diciembre del1938, tres eran de las Casas Baratas de Can Tunis. Unos fusilamientos, que no hay que olvidar, se dan con el visto bueno de Francesc Companys.

 

La proporción de castigo es enorme comparada con otros zonas de Barcelona. Hay 15 fusilados, nueve vecinos del barrio acaban en los campos de concentración nazis. Uno de ellos, incluso, pasa después al gulag soviético, aunque finalmente fue liberado y se estableció en Ucrania. La represión franquista dispersa a muchos vecinos del barrio, que acaban en el exilio. Una veintena de ellos acabaran creando un comité de relaciones en Francia, para mantener el contacto con el interior. También hay maquis en el barrio. Otro de los vecinos es fusilado en 1949, por participar en uno de los intentos anarquistas de acabar con Franco.

 

La Transición, su proceso político, ¿ha contribuido a esto?

 

La Transición intenta esconder la revolución social del 1936, intenta esconder el conflicto. La historia oficial ha olvidado todas estas experiencias, otras ideas de gestionar la ciudad, la economía, los movimientos sociales. Hay una línea de pensamiento, muy seguida y premiada, publicitada por los medios oficiales, que es que en la guerra perdimos todos.  Se crea el mito de una Tercera España, que no tiene nada que ver con el conflicto, con una guerra entre unos revolucionarios y militares fascistas. Se niega la guerra como conflicto social. La mayoría de las novelas históricas pasan muy por alto esto, se pelean dos minorías alejadas de la mayoría y aquí se acaba la historia.

 

¿Deja poso esa lucha por un modelo de ciudad, de sociedad diferente?

 

El afán por una cultura y una educación formativa, todo este poso anarquista persiste y puede revivir en cualquier momento. Es algo que recupera en parte, todo el movimiento 15M, que  a mi personalmente no me gusta demasiado, pero si que hace surgir de nuevo una formas de lucha que parecían desaparecidas. El mercado de las palabras y las palabras del mercado, ese es uno de los debates de lo que está en juego ahora mismo. A mí me gusta recordar las palabras de Anselmo Lorenzo, sobre el “Mar de fuego subterráneo” que se encuentra bajo la ciudad. Lo que esta crisis muestra son ciclos. Mucha gente se creyó el entusiasmo, la bonanza económica, el consumismo, con la crisis vuelve a resurgir todo. Se vuelve a dar valor a la lucha por unas alternativas.

 

Entrevista publicada en Revista R@mbla, en agosto de 2013

 

 

Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)


28/08/2013 13:35:46 Versió per imprimir

Presentación de «Hipótesis democracia»

 

El pasado 23 de julio, en el espacio de Virus editorial, pudimos debatir con Emmanuel Rodríguez sobre algunos de los aspectos fundamentales de la última publicación de Traficantes de Sueños: Hipótesis democracia. Quince tesis para una revolución anunciada.

 

¿Hay que seguir esperando una recuperación económica que nunca llegará?

¿Podemos seguir confiando en una clase política manifiestamente incapaz de la más mínima autonomía respecto a la dictadura de los mercados?

¿Nos sirve todavía la Constitución española?

¿Y la actual Unión Europea?

La presunción de este libro es que hablar hoy de revolución no responde a una opción ideológica radical. La destitución de las actuales oligarquías y del régimen político que las sustenta se ha vuelto imprescindible, al menos si se quiere enfrentar la progresiva degradación institucional, la guerra declarada por el poder financiero o impedir una indeseable salida nacional-populista.

«Definida sobre la prioridad de los intereses financieros y de la insistencia en la ortodoxia neoliberal (léase la forma actual del gobierno de clase), la crisis no tiene solución posible. Dicho de otro modo: mientras el gobierno de la UE esté subordinado al capital financiero, el único horizonte posible es el del pauperismo, la desposesión social y la prolongación de las políticas de austeridad que sólo pueden redundar en una mayor recesión y depresión económica. Dicho de otro modo: el gobierno de los acreedores es hoy el principal impedimento a la recuperación económica, tanto en términos del capitalismo convencional como de otros posibles ordenamientos sociales y económicos.»


13/08/2013 14:49:44 Versió per imprimir

Qualifiquem-nos fins a morir

Per Xavier Diez

Ara fa deu anys, el psicoanalista Jacques-Alain Miller i el filòsof Jean-Claude Milner  van mantenir un interessant diàleg  sota el títol «¿Vols ser avaluat?» Ambdós intel·lectuals francesos, coneguts per la seva condició d’enfants terribles van parar-se a reflexionar sobre un dels aspectes que han envaït la nostra quotidianitat de manera silenciosa, i tanmateix, com els pensadors assenyalaven, esdevenen els principals factors del «malviure» contemporani. De fet, l’avaluació és definida per aquests autors com a “un paradigma de les relacions entre la política i la societat en l’univers modern”, una mena de reducció de l’individu a un seguit de continuum de retre comptes i de sotmetre’s a un sofriment perpetu tot fragilitzant l’individu sense cap causa que justifiqui aquest patiment de qui, en ser en algun graó per sota del cim de la piràmide social, cultural, acadèmica, econòmica, ha de guanyar-se dia rere dia el permís per respirar. Tot plegat, sense el dret a qüestionar-se l’arbitrarietat d’un procés que, com tot procés d’aquestes característiques, sol tenir més de kafkià que de racional.

De fet, aquesta mena de nova «cultura de l’avaluació» sembla la conseqüència, en el plànol individual, del nou totalitarisme de la qualificació, un graó més en el domini de l’individu per part de l’economia globalitària. De fet, descobrim, astorats, com qualsevol àmbit de la nostra existència professional, personal, sentimental, comença a ésser objecte d’anàlisi i qualificació, cada cop més d’acord amb la tradició anglosaxona (fonamentat en la combinació de les cinc primeres lletres de l’abecedari acompanyat de signes positiu i negatiu).

És precisament aquest sistema, indissociable al paradigma contemporani dominant de l’economia financera i especulativa, el que es visibilitza en allò denominat com a Agències de Qualificació.  Aquestes han estat analitzades en un llibre de recent publicació per l’assagista alemany Werner Rügemer (Las agencias de calificación. Una introducción al actual poder del capital, Virus Ed., Barcelona, 2013), en el qual es dedica una intensa recerca amb conclusions sorprenents per a tot aquell no familiaritzat amb el costat fosc del món financer (Bé, el sorprenent, seria trobar-ne algun costat lluminós en aquest sector).  El llibre constitueix una exhaustiva recerca sobre tots els matisos del negre en l’obscura globalització. Des de l’origen de les tres principals agències (Standard & Poors, Moody’s i Fitch) com a assessores dels diversos agents de borsa des del segle XIX, fins a la seva actual capacitat d’actuar com a CIA econòmica d’abast mundial amb la capacitat (malauradament comprovada) de propiciar cops d’estat i fer caure governs democràtics a fi de sotmetre els estats (i per tant, la ciutadania) a les exigències d’una elit transnacional i endogàmica d’hiperrics (convenientment rebatejats com a «mercats».

Deu ser perquè a còpia de bufetades, els que tenim una formació de lletres comencem a entendre els textos d’economia, o simplement perquè, a diferència dels economistes, l’autor pretén presentar-nos la qüestió de manera clara i diàfana, el llibre s’entén molt bé. Massa bé, fins i tot. I la primera notícia que ens ofereix és que precisament l’opacitat i el llenguatge críptic amb què els economistes parlen és per evitar que entenguem l’entrellat d’aquesta història. És ben coneguda l’anècdota de l’antic president de la Reserva Federal, Allan Greenspan : “si m’han entès, és que no m’he explicat prou bé”. Les agències de qualificació serien, així, el motor de la globalització contemporània que resta oculta rere el capó del vehicle, que s’invisibilitza i va farcit de cables i circuits de difícil comprensió, i que tanmateix forma part del bulldozer amb què s’ha esdevingut la globalització. La seva fi és ben clara; assolar tot allò que pugui ésser destruït i colonitzat pel capitalisme especulatiu. I, en tot cas, guarnir-lo amb una aparença de cientificitat.

L’autor, amb una documentació impressionant, bona part de la qual ja ha estat utilitzada per premis Nobel com Stiglitz o en els treballs de Naomi Klein, demostra com aquestes Agències són una mena de “regiment de transmissions” d’aquestes hordes bàrbares autopresentades com a “mercats”, que actuen d’acord amb la lògica d’una “guerra bruta” econòmica. Rügemer, mitjançant l’ús d’informació pública i a l’abast de qui la vulgui examinar, demostra com les agències tenen els mateixos propietaris que els fons d’inversió agressius que dopen uns desregulats mercats financers a fi de poder propiciar aquest procés de feudalització econòmica actual. Així, les qualificacions són, en elles mateixes, un frau monumental, que poden ésser favorables quan es produeixen estafes piramidals com les del “bons escombraria”, o que permeten impressionants guanys quan ataquen (mitjançant qualificacions negatives) els deutes sobirans. Tot plegat, malgrat un llenguatge críptic, malgrat una sofisticació aritmètica, la lògica que segueixen les agències de qualificació no difereixen gaire dels mètodes de persuasió dels Soprano.

La qüestió, tanmateix, és que el món de la qualificació ha ultrapassat les fronteres del món econòmic per passar a colonitzar d’altres espais. La qualificació fraudulenta, per exemple, s’ha imposat en el món acadèmic a l’hora d’establir “carreres docents”, tot indexant revistes on cal publicar (per cert, en mans dels mateixos fons d’inversió i empreses de capital risc de qui controla empreses de serveis, contractistes o finançadors de partits polítics), o dels qui s’obsessionen per aquesta cultura de l’avaluació en el que ha esdevingut un cada vegada més impossible món laboral. I aquí tornem als pensadors francesos de l’inici. Qualsevol individu, per a qualsevol aspecte de la seva vida personal o professional, es veu sotmès a una pressió avaluatòria constant i implacable, sense cap sentit ni lògica més enllà de la perversió sàdica del nou capitalisme. Una avaluació kafkiana que no porta a enlloc més que a un malestar creixent en un individu cada vegada més fràgil, aïllat, i molt especialment, desorientat.

Neil Postman, el 1985 publicà un llibre, Divertim-nos fins morir,  on criticava la societat de l’espectacle, amb reflexions que, aplicades a la nova dictadura, té un gran sentit d’actualitat. Segons Postman, la cultura de l’entreteniment produeix grans quantitats d’informació sense oferir cap context per a la comprensió, la qual cosa comporta la inutilitat d’aquesta informació. Avui, amb un sentit menys lúdic, vivim immersos en una sàdica lògica d’avaluació perpètua, sense cap sentit ni utilitat pràctica, sense cap funció més enllà que assumir la pròpia incapacitat de plantar-nos davant el totalitarisme. Al cap i a la fi, mal que pesi a Hannah Arendt, el món econòmic se’ns ha omplert de milions de personatges com Adolf Eichman, els mateixos que avui per avui, emeten qualificacions per encabir milions d’individus en vagons de bestiar vers un destí que fàcilment podem imaginar.

 

Article publicat a Intocable Digital el 23/07/2013

 

 

  Las agencias de calificación


13/08/2013 14:24:58 Versió per imprimir

Ells i Elles: Nosaltres. La revolució social dels anys 30 a les Cases Barates de Can Tunis


 

Per Marc Dalmau

“Les petjades (els rastres) no són tant sols el que queda quan alguna cosa ha desaparegut, sinó que també poden ser les marques d'un projecte, d'alguna cosa que està a punt de revelar-se”. John Berger

 
Farà cosa d'un mes va entrar a la llibreria un noi que no havia vist mai. Després del bon dia de rigor, em demanà per Rastros de Rostros, l'últim llibre d'en Pere López. Quan ja el tenia entre les mans, m'etzibà: -Yo es que no soy mucho de leer, pero aquí se cuenta la historia de mi abuelo y la de los nuestros. En aquell moment no li vaig donar importància, potser tant sols em vaig sorprendre de la raresa: una persona que no llegeix comprant un llibre per llegir-se'l. Però al cap d'uns dies, vaig caure-hi. L'afegitó «los nuestros», remarcava un imaginari compartit amb el seu avi i un vincle amb els que eren com ell. Un sentiment d'ésser una mateixa cosa i un preguntar-se pels seus orígens, que denotava la relació, la continuïtat generacional i la voluntat de passar a conscient aquest llaç. Una clara mostra, doncs, de consciència de classe, de classe proletària.

La memòria d'aquesta classe constitueix un fil fràgil i trencadís però inquebrantable, que ha sobreviscut malgrat tots els embats del poder per eliminar amb sang, terra o desmemoria qualsevol possible associació que fes ressuscitar el monstre adormit de la consciència antagonista, en aquell moment, netament llibertària. És aquest monstre, ocult però present, potent però invisible, el que precisament vol fer despertar en Pere López amb el seu treball. Aquest és el seu camp de batalla i aquesta frase, aparentment intranscendent, la senyal d'una primera petita victòria al seu favor.

Sigil·losament, poc amic de les estridències, aquest militant social i geògraf porta anys seguint les pistes per tal de reconstruir peça per peça, minuciosament, la història de les cases barates de Can Tunis. Recordar. Reconstruir. Homenatjar. Connectar. Conjugar rostres amb rastres, vindicar revolucionaris desconeguts, rescabalar el pretèrit per orientar el present cap a l'emancipació del futur. Això és el que cerca en Pere, saber que va passar per a què precisament torni a passar. Aixecar la pesada llosa de la història dictada pels qui guanyaren i que s'airegi la veritat dels vençuts. Aprendre'n per a reprendre la seva mateixa lluita. Que ho sàpiguen els descendents, que s'hi identifiquin, que admirin als protagonistes d'una de les revolucions més autèntiques de la història. Una de les poques, -i aquest llibre n'és una clara mostra- que protagonitzaren els de més a baix, els que no tenien res.

El punt de partida de la recerca és la intersecció entre la història i la pròpia biografia de l'autor. Qui si no el seu avi és aquest «Él» que apareix com a títol d'un capítol i durant tot el llibre? Qui si no els seus avis i àvies són aquests Ells i Elles omnipresents? «Él» -sense nom- remet també a aquesta inconsciència devenint conscient de la que parlàvem, on l'autor, escrivint, ha pogut restituir el seu propi llegat, a la vegada, familiar i històric. Ell tant sols és un més d'aquests que precisen recordar, un més, com el noi de l'altre dia, que farà el mateix exercici al llegir-lo. Per aquest motiu l'autor es configura com una altra veu present, transvasant les seves inquietuds i neguits a la narració: les primeres indagacions, fetes amb el toc de vergonya de qui fa preguntes indiscretes a la família; la desconfiança dels col·legues o les reticències a parlar de molts descendents.

Malgrat aquesta presència, el narrador no cau en el parany egòlatra i en cap moment envaeix el relat. En forma part però no el domina, és un actor secundari dins l'engranatge col·lectiu. Perquè els protagonistes per excel·lència del llibre i de la recerca són Ells i Elles. Els qui van capgirar un cop d'estat en revolució com a resultat d'anys de construcció d'antagonisme i d'esferes de producció social autònomes. Les qui van portar a terme la col·lectivització i l'autogestió generalitzada partint dels precaris mitjans a l'abast, autodidactes fins a la mèdul·la. Els qui van usurpar des del carrer la font estatal de la sobirania, des dels Comitès de barriada fins a l'Administració Popular Urbana, com un assaig d'una veritable institució d'administració del comú. Ells i Elles, els i les que habitaven totes les cases barates de la ciutat, de les que en Pere, tant sols ha fet de ventríloc.

Rastros de rostros suposa també un cert canvi de rumb respecte l'obra anterior de l'autor, postulant-se com a insubmís als recontracomplicats conceptes acadèmics de la teoria social -sempre massa inaccessibles- freqüentats anteriorment. Cal recordar que Pere López fou dels primers en anticipar el procés de gentrificació -sense denominar-ho així- a casa nostra amb: El centro histórico: un lugar para el conflicto. O l'irrepetible: Un Verano con mil julios y otras estaciones sobre les resistències que va generar l'obertura de la Via Laietana com a expressió urbana del conflicte social. Llibres molt sòlids teòricament i autèntics referents per qualsevol que vulgui estudiar críticament els processos socials urbans. En aquest darrer llibre, en canvi, el relat parteix de les entranyes, donant veu a una comunitat coral de personatges, sempre en plural. Veus que, juxtaposades, permeten transmetre la complexitat irreductible de la realitat a partir de les senzilles paraules dels testimonis. Amb aquesta operació, fagocitant la dicotomia teoria/pràctica, s'apropa més a l'objectiu de col·lectivitzar la memòria social dels nostres barris.

 

Ressenya publicada al setmanari Directa, el 17/07/2013

 

 

Rastros de rostros en un prado rojo y negro


13/08/2013 13:44:14 Versió per imprimir

Xavier Diez: «la historia silenciada del movimiento obrero catalán debe ser uno de los elementos que construyen la identidad de nuestro país»

Por Salvador López Arnal

«Es evidente que Cataluña no posee el monopolio de haber tenido un gran movimiento libertario. En el estado, tanto Andalucía, como Aragón, como Valencia, Menorca, Asturias y zonas del País Vasco, Galicia y Madrid tenían núcleos relevantes». Salvador López Arnal. Xavier Diez es un historiador catalán especializado en anarquismo. La conversación se centra en la última de sus aportaciones, publicada por la editorial Virus.

***

¿Por qué el anarquismo es un «fet diferencial» catalán? ¿No ha habido anarquismo en otros países, en otros territorios?

En primer lugar, el título del libro es una provocación intelectual deliberada.

La «historia oficiosa catalanista», que en muy buena medida proviene del proyecto cultural y político novecentista, y que es reconstruido a mediados de los cincuenta por historiadores como Vicens Vives, destacan las virtudes de la Cataluña burguesa y obvian el hecho de una larga tradición revolucionaria entre la cual, el anarquismo tiene un gran protagonismo. El título del libro, pues, tiene la intención de ser una enmienda a la totalidad a una visión tradicional de Cataluña claramente incompleta y reivindica la ocultada historia de una sociedad rebelde, de espíritu igualitario y libertario.

Es evidente que Cataluña no posee el monopolio de haber tenido un gran movimiento libertario. En el estado, tanto Andalucía, como Aragón, como Valencia, Menorca, Asturias y zonas del País Vasco, Galicia y Madrid tenían núcleos relevantes. También países como Argentina, Italia, Estados Unidos, Cuba, Francia o Rusia han tenido movimientos libertarios de gran influencia. Pero, a diferencia de los demás, en Cataluña ya existe una tradición previa de igualitarismo social y radicalidad democrática, a menudo exitosa (es el caso del movimiento Remensa o la revolución contra la monarquía absolutista borbónica en el siglo XVII). Y también, a diferencia de la mayoría de movimientos anarquistas coetáneos, enlaza con una tradición asociativa que lleva a la CNT (una central teóricamente estatal, pero cuyos afiliados catalanes llegan a representar hasta tres cuartas partes del total) a ser capaz de construir una «contrasociedad», un modelo autogestionario que permite el éxito de la revolución de 1936, que es quizá la principal aportación histórica de Cataluña al mundo durante el siglo XX.

 

El subtítulo del libro es: «Influencia y legado del anarquismo en la historia y sociedad catalana contemporánea». Aunque me imagino la respuesta por lo que acaba de decir: ¿ha sido muy influyente el anarquismo en la Cataluña contemporánea? ¿Lo sigue siendo?

Como ya sugería en la anterior pregunta, este libro tiene un componente reivindicativo importante. Cuando estudiaba historia en la universidad entre la década de los ochenta y los noventa, el movimiento anarquista era sistemáticamente obviado o difamado. Los anarquistas (mayoría entre la generación de nuestros abuelos de clase trabajadora), eran presentados con una mezcla de violencia e ingenuidad: unos «rebeldes primitivos» en términos del historiador Eric J. Hobsbawm. En el momento en el cual uno decide investigar, utilizar fuentes primarias, incluso las fuentes coetáneas de sus detractores, descubre que el movimiento anarquista es capaz de tejer un potente universo paralelo, desde premisas antagónicas a las dominantes: es decir, desde el igualitarismo, desde ideas de libertad, de desprecio hacia los fanatismos.

Cuando hablamos de anarquismo es necesario distinguir entre el explícito (el más claramente militante) y el implícito (el que asume de manera inconsciente buena parte de sus postulados ideológicos y prácticos). El primero, sigue siendo estigmatizado y considerado por una mayoría social como potencialmente peligroso, de manera que su influencia es más bien limitada. El segundo, en cambio, forma parte del inconsciente colectivo. Y su sombra está entre nosotros, aunque no seamos capaces de distinguirlo. La ideología es como el agua para los peces. Nos movemos en ella, pero no somos conscientes de su existencia. Creencias, prácticas y concepciones morales que nos llevan a apoyar al 15-M, a la PAH, o a tomar decisiones mediante el formato de asambleas es un ejemplo de esta influencia en el subconsciente colectivo.

 

¿Cuál es el principal legado de la tradición que comentamos? 

A pesar de todas las críticas y tópicos, Cataluña es una de las sociedades más abiertas y tolerantes del mundo. Uno de los lugares en los que más se practica el nudismo (ya se hacía a principios del siglo XX), donde surgen movimientos potentes en defensa de la libertad sexual, se considera de mal gusto la ostentación, existe una práctica religiosa prácticamente marginal y superficial, una manera de relacionarse muy horizontal, una gran animadversión contra la pompa y la circunstancia, un odio feroz ante instituciones como la monarquía (representación sagrada y simbólico del poder absoluto), y una profunda cultura antiautoritaria. También somos muy estirnerianos, en el sentido que nos reímos sin problemas de lo más sagrado. Uno de los personajes simbólicos más emblemáticos que tenemos el «caganer», un personaje escatológico del pesebre que representa a un payés, con barretina y pipa, defecando al lado del nacimiento de Dios. Es una muestra sarcástica de cómo los catalanes no nos dejamos impresionar por lo más sagrado.

 

¿Por qué la CNT, como señala en el libro, ha sido el sindicato de clase de orientación anarquista más importante del mundo?

Podríamos hablar de unos números espectaculares, con una proporción que hacía de la CNT una fuerza sindical hegemónica, sin discusión, entre 1910 y 1939. Pero no se trata tanto de dimensión como de filosofía. A diferencia de los sindicatos de orientación marxista y laborista (que entienden el sindicato como un apéndice de una fuerza política) la CNT es auténticamente un «universo paralelo». Es un espacio formativo, de sociabilidad, de participación en igualdad de condiciones, de integración, de generación de ideas y debates, un espacio de comunicación y cultural, y de construcción de un mundo sin capitalismo. Se trata de una verdadera contrasociedad que está llevando a la práctica un mundo sin capitalistas, en las que las personas se autoforman como seres libres en una economía y sociedad sin diferencias de clase.

 

En la presentación del libro –«Una memoria incómoda»-, tomando pie incluso en Cervantes, habla usted del carácter indómito, insumiso y rebelde de los catalanes. ¿Estas virtudes con esenciales, transhistóricas, únicas, singulares de la ciudadanía de Cataluña en todo tiempo y lugar? ¿Son algo así como «el carácter nacional» de los catalanes?

Yo soy muy crítico ante este tipo de argumentos. Aceptar que existen «caracteres nacionales» resulta, académicamente hablando, poco serio. Además, también existe un problema. El mismo Vicens Vives define a Cataluña como una «Tierra de paso», y es cierto. Los catalanes somos el resultado de una agregación de personas que provienen un poco de todas partes. También ahora. Pero sí que acabamos dando respuestas colectivas ante circunstancias históricas difíciles. La proverbial rebeldía catalana, que recogen los textos del siglo XVI, XVII, XVIII se corresponde a la manera de reaccionar ante la presión a la cual nos someten dos grandes imperios: el francés y el castellano. Dos imperios que pretenden incorporar «y reducir a las leyes de Castilla» a un territorio heterogéneo. Ante ello, las instituciones se resisten (y ante la resistencia, los ejércitos reales matan y saquean). No hay nada que despierte una conciencia nacional como un ataque exterior, y eso es lo que se va produciendo a lo largo de la edad moderna: la creación de una sociedad resistencialista, cohesionada en base a la agresión exterior, y necesitada de autoafirmación constante. Todas las naciones, como expone Benedict Anderson, son inventadas. Y los catalanes, ante la presión externa, se reinventan conscientemente, modulando las respuestas en función del contexto.

En cierta manera, lo que sucede en Cataluña no es demasiado diferente a lo que sucede a Suiza: una agregación de personas de diferentes orígenes que se juntan para resistir a la presión de grandes imperios. En la actualidad, lo que sucede tampoco es demasiado diferente. España todavía pretende asimilar a los catalanes para reducirlos a una manera de ser uniforme, en castellano, y sin identidad propia. Y a medida que aparece gente como Franco, Aznar o Wert, más antipáticos nos volvemos (desde la perspectiva imperial, por supuesto). Y más se cohesiona Cataluña, por muy diferentes que seamos internamente.

 

Apunta también que los hombres del Noucentisme, en base a los historiadores de la Renaixença, trataron de establecer una interpretación del pasado coherente «con determinados intereses de clase». ¿Ese sesgo clasista es inevitable? Si fuera así, ¿desde qué posición construye usted su historia sobre el anarquismo catalán?

Como apuntábamos en la respuesta anterior, todo colectivo trata de dotarse de una identidad. Cada nación, busca crear un relato propio. Lo que sucede es que dentro de cada pueblo, hay grupos con influencia asimétrica, capaces de establecer narrativas diferenciadas que acaben siendo hegemónicas, de acuerdo con sus intereses de grupo. Los hombres de la Renaixença, y también los del Noucentisme, reivindican un pasado idealizado (como sucede por toda Europa en la ola nacionalista asociada al Romanticismo). Pero es un pasado tamizado por su mirada del presente. Y en ese presente, se proyectan sus principios y prejuicios de clase. Los hombres del Noucentisme y de la Renaixença están vinculados a una emergente clase burguesa, y por tanto los rasgos identitarios que destacan son aquellos que defienden sus valores: trabajo, orden, progreso, imperialismo, religión,… Incluso la idea construida por Vicens Vives en su Notícia de Catalunya, en la que destaca el «seny» como característica fundamental del presunto carácter catalán, es en realidad la proyección de los ideales del Opus Dei, que en esos momentos el historiador gerundense defiende, de la misma manera que defiende la intervención de las élites catalanas en el gobierno franquista, y que llevará a parte de las mentes más brillantes (y colaboracionistas) a participar en el Plan de Estabilización.

En mi libro, trato de desmontar estos mitos, explicando lo que son, una construcción artificial al servicio de un proyecto. Y propongo que la historia silenciada del movimiento obrero catalán (que hasta 1939 es hegemónicamente libertario) sea también uno de los elementos que participan de la construcción de la identidad de nuestro país. Al fin y al cabo, yo mismo (soy hijo de un metalúrgico) como buena parte de los historiadores provenientes de la clase trabajadora, nos dedicamos a participar en la construcción de un imaginario nacional alternativo al de las élites y acorde con otros valores, en mi caso, más proclive a la igualdad social.

 

¿Qué historia oficial niega la existencia de Cataluña como sujeto histórico? ¿Quiénes abonan esa historiografía?

Creo que está bastante claro. El ministro Wert, una de los brazos intelectuales del postfranquismo, parece obsesionado a recrear una historia oficial que niega la pluralidad y reivindica los mitos de la historia española más rancia. La que niega la pluralidad en la historia de España. La que reivindica la «obra evangelizadora» del imperio, muy del estilo de los fastos del V Centenario. La que defiende la Real Academia de la Historia. La que redacta manuales infames como García de Cortázar. La que usa la historia como instrumento político para negar la evidencia. La que veta el acceso de forenses a las fosas comunes y a los historiadores investigar el holocausto español. La que impide el acceso a los historiadores de fuentes primarias y archivos oficiales. Un ejemplo es la reciente decisión del Ministerio de Asuntos Exteriores de impedir el acceso a la documentación oficial… ¡hasta de papeles del siglo XVI!

 

¿Cree usted entonces que la memoria libertaria ha sido marginada en la historia escrita sobre Cataluña? ¿Por qué, por quiénes?

De hecho, mi libro, mi provocación intelectual, viene motivada para acabar con esta marginación interesada. Ya he comentado el hecho que, en mi formación universitaria convencional, el anarquismo no existía prácticamente… si no era para desacreditarlo sin que se ofrecieran demasiados detalles. Se puede decir que, prácticamente se negaba su existencia. Fruto de ello era que desde los estamentos académicos apenas había investigación realizada desde aquí. Cosa curiosa, la primera tesis doctoral que tuvo el anarquismo como sujeto de investigación fue a finales de la década de 1950… por parte de un religioso, Casimir Martí. En varias presentaciones me he referido a una anécdota repetida en varias ocasiones. Cada vez que buscaba documentación en el Ateneu Enciclopèdic Popular, me encontraba con varios historiadores británicos, italianos o franceses que sabían mucho más sobre el anarquismo español y catalán que colegas de mi nacionalidad.

Existía, por tanto, una ocultación deliberada. ¿Por quién? Por parte de aquellos quienes habían constatado, gracias a la Revolución de 1936, que las élites políticas, económicas, culturales, eran del todo prescindibles. Que las personas comunes eran capaces de gobernarse por sí mismas. Que las diferencias sociales son más un estorbo que una necesidad.

Por tanto, las élites fueron quienes trataron de desacreditar la experiencia y el legado libertario. Muchos historiadores ofrecían una caricatura del movimiento y las ideas libertarias, o asociaban sistemáticamente a los anarquistas con la violencia. Esto sucedía con los más conservadores, pero sobre todo con los marxistas. En primer lugar, y hasta los noventa, la guerra fría cultural seguía considerando al anarquismo como una imperdonable herejía (consideraban que los sindicatos obreros debían estar sometidos a la acción política de las élites), pero en segundo lugar, por muy de izquierdas que se reivindicasen muchos historiadores, seguían manteniendo los prejuicios de la clase de la cual procedían, que seguía siendo la dominante. La actuación posterior de buena parte de estos académicos durante la Transición (con sus inquietantes quiebros sociales e ideológicos) acabó por confirmar esta actitud hostil contra un conjunto de ideas que cuestionaban las jerarquías sociales, pero también las intelectuales.

 

Sitúa usted el sustrato histórico de la nación catalana en el feudalismo del siglo XV y habla también de la tradición de instituciones participativas como Diputación y el Consell de Cent. ¿En qué sentido eran participativas? ¿Quiénes podían participar en ellas?

Todo esto hay que valorarlo respecto al propio contexto histórico. Cataluña, durante el siglo XIII es una de las sociedades más feudalizadas de Europa. Pero en el siglo XV, agitados por motivaciones morales y por la crisis demográfica y económica del XIV, acaban rebelándose contra una estructura de poder tan sagrada como la feudal. Esto representa una verdadera revolución psicológica. La idea que la libertad en el campo debe ser conquistada por los propios campesinos, aunque para ello deba pactarse con el poder real. Y precisamente este pactismo, del cual hablan Ferran Soldevila y Vicens Vives, es lo que permite una cultura política participativa. Una participación por supuesto restrictiva, también presente en las revoluciones inglesas del XVII, excluyéndose a mujeres y a personas sin patrimonio ni condición de ciudadano (como por otra parte, también sucedía en la antigua Atenas). Pero este ensanchamiento de la base política entra en contradicción con la deriva europea hacia el absolutismo y la concentración del poder central y genera una cierta cultura democrática, de apego a instituciones participativas, que chocará con una concepción divina y centralizada del poder.

En este sentido, tampoco soy demasiado original. El mismo Kropotkin teorizó a menudo sobre las prácticas protodemocráticas de los municipios y los gremios, enfrentados a menudo ante el poder feudal y el real, y basados en una gestión, de acuerdo con estándares coetáneos, bastante democráticas, y que podrían servir de modelo alternativo al capitalismo del XIX.

 

Sostiene usted que el presidente republicano Pi y Margall se avanzó a las ideas federales elaboradas por Proudhon. ¿Qué tipo de federalismo defendía Pi y Margall?

Las ideas federalistas de Proudhon y las de Pi i Margall se vienen elaborando de manera paralela, de manera que es difícil saber quien hizo primero qué, y más teniendo en cuenta que el mundo catalán y francés del XIX estaba mucho más interrelacionado de lo que hasta ahora se había considerado (hay que agradecer esta nueva perspectiva, a investigaciones recientes sobre la permeabilidad de la frontera pirenaica como las emprendidas por mi colega Òscar Jané). Ahora bien, ambos parten de condiciones similares. Provenían de sociedades (el Jura y Cataluña) con una gran tradición gremial y municipal enfrentándose a un poder central cada vez más sofisticado, y ante una transformación política y económica (las revoluciones burguesas) en las cuales unas élites acumulaban riqueza y poder a costa de la mayoría.

Pi i Margall (como Proudhon) proponían la articulación de un federalismo fundamentado en el municipio libre y soberano, gobernado asambleariamente por la ciudadanía, y con libertad para establecer acuerdos o pactos (siempre reversibles) con otros municipios libres mediante federaciones. Esto era la alternativa a la construcción del estado moderno, dominado por élites burocráticas, políticas y económicas. El federalismo pimargalliano, como el de Proudhon, proponía una autogestión política y económica desde la base y la intervención de los ciudadanos comunes que impidiera la eclosión de la desigualdad del incipiente capitalismo, de abajo a arriba y de igual a igual. Es una pena que este concepto haya caído tan bajo en el leguaje político actual.

 

Apunta usted en el libro críticas a la interpretación del anarquismo de Eric Hobsbawm. ¿Podría resumirlas? ¿Por qué limita la influencia de la concepción marxista en Cataluña al período sesenta-noventa del siglo XX?

Hobsbawm, como buen marxista, consideraba que la clase obrera debía ser “liberada” en base a la movilización de los trabajadores a partir de instituciones superiores: el partido, el estado, las instituciones “desde arriba”. Para un marxista como el historiador británico, con una concepción hegeliana de la historia según la cual ésta tendía a un progreso lineal hasta llegar a un estadio superior de socialismo, la idea que unos individuos consideraban que no se necesitaban élites para liderar este supuesto tránsito hacia no se sabe dónde, representaba una herejía. Que las masas trabajadoras utilizaran argumentos morales frente a criterios «materiales» teóricamente científicos, era cosa de «rebeldes primitivos», es decir, de personas atrasadas que no creían en la verdad revelada del marxismo.

Y claro está, el marxismo historiográfico, muy influenciado en esquemas arbitrarios y poco flexibles, domina el panorama académico entre las décadas de los sesenta y principios de los noventa. Esto es lo que provoca una incomprensión de movimientos contrarios a la ortodoxia hegeliana, y por tanto, hacia un menosprecio, una caracterización del anarquismo como un ámbito anacrónico no sujeto a presuntas leyes inmutables de la historia.

 

Afirma que el anarquismo arraigó con fuerza en los «Países Catalanes» y que, en cambio, tiene poco peso en otras áreas de España. ¿Tampoco en Andalucía por ejemplo? ¿No la tuvo en Aragón? Por ejemplo, tomo el dato de su libro, página 44, el número de afiliados a la CNT en el resto de España en 1936 era de 312.445 y en los P. Cat. de 236.948.

Como todo, es necesario matizar esta afirmación. El anarquismo andaluz es bastante importante, pero a diferencia del de los Países Catalanes es de carácter predominantemente rural, hecho que destaca el mismo Gerald Brenan en su clásico «El laberinto español». Quizá algunos historiadores exageran bastante a la hora de caracterizarlo como «milenarista». Otros, como Woodcock, encuentran mucha mayor complejidad al ampliar la base ácrata andaluza a clases medias amenazadas en poblaciones relativamente pequeñas. Respecto al resto del territorio español, existían zonas con una implantación considerable (que se reforzará a lo largo de los años 30, alimentada con la frustración causada por el socialismo y la incapacidad de la República de modificar condiciones de vida y de trabajo), pero a menudo se trataba de territorios atomizados, sin demasiada conexión, sin demasiada capacidad de articularse socialmente.

Es en los territorios catalanes donde resulta mucho más transversal, e incluso conectado con el republicanismo, con sectores sociales más amplios, y con una mayor determinación constructiva (en el sentido que hablábamos de «contrasociedad»). El hecho de la desconfianza profunda de los catalanes hacia un estado que trataba de destruir su propia identidad, resultaba un catalizador mucho mayor a la hora de reforzar ideológica y políticamente el anarquismo. Incluso también mediante una «españolidad» imaginada, muy diferente de la «españolidad» asumida sin demasiados problemas por territorios de matriz castellana.

 

¿Qué relaciones mantuvieron la CNT y la FAI?

¡Uf! Para contestar esto es necesaria una colección de tesis doctorales… Si hay que resumirlas en un adjetivo, deberíamos utilizar el «complicadas». A riesgo de simplificar excesivamente, podríamos hablar que existe una voluntad común de tejer la nueva sociedad, que se combina con un choque de culturas políticas. Por una parte, la FAI actúa como un elemento de catalización ideológica (a menudo interpretada como conflictiva guardiana de las esencias anarcocomunistas) ante un sindicato con una pluralidad interna (política, sindical, estratégica, ideológica, sociológica,…) mucho mayor que la comúnmente admitida. Eso lleva a un conjunto de convergencias y desencuentros que, en la actualidad, continúan irresolubles.

 

¿El anarquismo catalán estuvo a favor del derecho de autodeterminación de los pueblos de Sefarad? ¿Fue independentista en algún momento?

Volvemos a lo anterior. No existe un anarquismo. Existen muchos, y variados anarquismos. El anarquismo no es ni un partido, ni un sindicato, ni un grupo, ni una tendencia. Es una especie de aire por donde vuelan los pájaros con ansias de libertad. Es un espacio complejo donde se expresan las inquietudes diversas de una sociedad compleja. Hubo anarquistas independentistas, independentistas anarquizantes, ácratas con una voluntad firme de construir una España idealizada de matriz castellana (con un respeto amplio a la diversidad), aunque con un predominio del castellano como lengua impresa (con la expresa voluntad de comunicarse a lo largo de los territorios diversos). Y, por supuesto, hubo una tendencia, no sé si predominante aunque probablemente sea así, «federalista» en el sentido pimargalliano. Municipio libre, comunidades libres y soberanas, de abajo a arriba, articuladas de alguna manera en base a una confederación ibérica. De hecho es lo que puede inferirse del lenguaje utilizado: «Confederación», «Iberia»,…

 

¿El anarquismo catalán parte sustantiva del movimiento antifranquista en Cataluña?

La resistencia más seria que tuvo el franquismo en Cataluña, y en España, provino del movimiento libertario. Cuando hablo de «seria», me estoy refiriendo a un maquis, que en el caso catalán, era, casi exclusivamente libertario. Conectando con varias cuestiones de lo ya expuesto, a menudo, desde la historiografía nacionalista, se ha magnificado la «resistencia pacífica» ante el totalitarismo franquista. Es incomparable la contundencia de gente como Quico Sabaté, Facerias, Caracremada,… respecto a la idea de heroicidad al colocar una bandera catalana en Montserrat. Creo que la narrativa histórica catalanista debería ser mucho más valiente y reconocer el papel heroico desarrollado por una guerrilla ácrata a la hora de combatir el régimen dictatorial más letal (tras Stalin y Hitler) de toda Europa.

Por otra parte, también existe un componente ácrata «implícito» en la disolución del miedo ante la dictadura. Prácticas como el antimilitarismo, la reivindicación de la libertad sexual, el naturismo, el nudismo, la cultura de la irreverencia, las pequeñas revueltas individuales a la hora de desafiar las concepciones estrechas del catolicismo,… todos ellos elementos que provienen de una concepción antiautoritaria de la existencia que tiene mucho que ver con el “legado” ácrata.

 

La CNT, afirma usted, tenía 300.000 militantes en 1977. Familiares míos muy cercanos eran parte de ese colectivo. ¿Qué pasó luego? ¿Por qué perdió fuerza en movimiento cenetista en el país? ¿Cree usted que el caso Scala fue atentado organizado por la policía?

Existió, por parte del poder, una voluntad deliberada de boicotear y abortar todo esta efervescencia libertaria. El montaje policial de la Scala es quizá el más espectacular y colectivo (no es una opinión, es un hecho probado y documentado). Pero también lo fue el diseño de la política sindical, fundamentada en privilegiar a determinadas fuerzas, y establecer una política de negociación colectiva consistente en evitar a toda costa la acción directa que caracterizaba a la CNT. Pero también es cierto que existieron otros factores que contribuyeron a erosionar el legado sindical del anarquismo. Por una parte, una fuerte división interna entre la CNT del interior y la del exilio; un choque generacional, entre los más jóvenes y veteranos; un cambio profundo en la mentalidad colectiva de los trabajadores, en el contexto de una incipiente sociedad de consumo y el embrión (actualmente abortado) de estado del bienestar. Las cosas ya no eran (afortunadamente) como en los años 30. Pero silenciar y menospreciar la historia del anarcosindicalismo resultó ser un error que tuvo como consecuencia la actual desorientación de la mayoría de trabajadores.

 

Habla usted del protagonismo de la «sociedad civil catalana» contra la mili y habla de un movimiento política e ideológicamente transversal. ¿Transversal? A los que militábamos en él no nos lo parecía. ¿Sociedad civil catalana no es un término muy generoso?

Sí, lo afirmo y lo mantengo. Cuando hablo de transversalidad, no quiero decir «unanimidad», sino que son diversos y heterogéneos los ámbitos que defendían la supresión del servicio militar. Existía un núcleo militante muy determinado y activo (al cual seguramente usted debía pertenecer), pero el conjunto de acciones fue aprovechado por gente de sectores sociales y orientaciones ideológicas que podría resultar sorprendente. De hecho, la mayoría de quienes se resistían al servicio militar provenían de capas medias y medias altas, con una sobrerepresentación de personas con estudios universitarios. Y, desde un punto de vista ideológico, existían ácratas confesos, pero también muchos católicos de base, y gente sin ideas políticas definidas, pero sí un sentido crítico profundo ante la arbitrariedad del estado. Y, a pesar de que buena parte del mundo insumiso bebía de fuentes libertarias, es necesario destacar el trabajo que hizo CiU, y especialmente su diputado Carles Campuzano, para conseguir la supresión del servicio militar. Y claro: entidades, partidos, colectivos, revistas, intelectuales, personas individuales, casals,… ¿qué es eso sino sociedad civil?

 

Como usted me pregunta le respondo. Una “sociedad civil”, un término que yo jamás usaría por la inexactitud informativa y social que suele contener (nunca vi al señor Mas, al señor Duran o al señor Pujol, parte de esa sociedad civil a la que alude, en ninguno de nuestras concentraciones, en ninguna de ellas) que se apuntó muy al final, pero que muy al final (el señor Campuzano sería un ejemplo de ello), a los objetivos del movimiento antimilitarista y por motivaciones no siempre claras y limpias. Es usted quien destaca el «trabajo» el CiU. Yo nunca me topé con ningún militante de la coalición conservadora y neoliberal en nuestros actos, en nuestras acciones algunas de ellas ciertamente arriesgadas. Usted habla de católicos de base, de ácratas, también de convergentes y unionistas, pero se olvida o cuanto menos no cita de los numerosos militantes marxistas-comunistas de diferente signo que abonaron el movimiento. Si comparamos con convergentes y unionistas (prefiero no pronunciarme sobre los otros colectivos que cita), la diferencia es aléfica, inconmensurable, medible en siglos-luz en algunos casos. Cito, por ejemplo, dos de las revistas que más apoyaron todo aquello: Mientras Tanto y En Pie de paz. No son las únicas publicaciones rojas que estuvieron en esta importante batalla ciudadana crítica.

Continuo. Si se miran las cifras que usted mismo da en la página 73, la incidencia de los objetores e insumisos es mayor en otros lugares de España –Euskadi, por ejemplo, pero también Galicia, Asturias o Madrid- que no en Cataluña. ¿No es el caso en su opinión?

Yo también me sorprendí bastante cuando mi editor, Patric de San Pedro, un histórico de la insumisión, me suministró esos datos. Mi impresión previa era que parecía que (con la excepción de Euskadi, con motivaciones más complejas), Cataluña y Madrid habían mantenido el liderazgo en el antimilitarismo. Los datos objetivos relativizan mi información. Pero, precisamente esa impresión venía producida por esa «transversalidad» catalana. En Galicia o Asturias existió mucha contestación, pero a diferencia de Cataluña, tengo la impresión subjetiva, la cosa era mucho más militante, y sin soportes o complicidades de diferentes sectores políticos y sociales. Aquí reconozco que voy a ser poco riguroso y muy fundamentado en la subjetividad, pero pienso que el rechazo al servicio militar era casi una obligación. Tenías que ser muy «friki» para que te gustara llevar armas. En otros territorios del estado, tenías que ser muy militante para hacer frente a la presión social que cuestionaba tu virilidad a quienes entendíamos que la mili era una absurda y alienante pérdida de tiempo.

 

¿Por qué cree que arraigó tanto el espiritismo en algunos colectivos anarquistas?

Pienso que esto es uno de los aspectos que hace tan indigerible el anarquismo a quienes necesitan establecer categorías y análisis rígidos. Quienes razonan desde una izquierda de matriz marxista, solamente vale lo material. Aspectos como la religiosidad acaban siendo interpretados como superstición o una especie de primitivismo.

Pero los anarquistas, no son (por lo menos no exclusivamente) materialistas. Como cualquier individuo, tienen sus «necesidades» espirituales, su necesidad de conectar con la transcendencia y el más allá. A diferencia de la religión institucionalizada, que ofrece verdades prefabricadas, muchos anarquistas desean conectar con ese «más allá» desde una perspectiva libre e igualitaria. El espiritismo es una manera directa, democrática, libre, sin ningún tipo de intermediarios, de conectar con las dimensiones espirituales, con los muertos, con lo desconocido. Es, por tanto, una religiosidad laica o no organizada.

Por supuesto, también existe una cuestión de contexto. El espiritismo no es anarquista, aunque muchos anarquistas sean espiritistas. Surge a mediados del XIX como una fórmula alternativa de relacionarse con esa dimensión desconocida. En mi libro hago alguna mención, pero sin duda, quien más ha trabajado sobre el tema (y quien ha reivindicado este hecho poco conocido) es mi colega Gerard Horta.

 

¿De dónde la influencia de la filosofía de Nietzsche en algunos colectivos anarquistas catalanes?

No soy un experto sobre la cuestión, pero en el caso de Cataluña, a lo largo de los años de la década de 1890, y hasta poco después de la Semana Trágica, en 1909, existe una confluencia entre núcleos intelectuales modernistas, hijos rebeldes de la burguesía catalana, y un movimiento obrero con inquietudes culturales profundas, buena parte de ellos linotipistas, periodistas y aficionados al teatro, y que adaptan a Ibsen como autor de referencia (de hecho, muchas de las obras del autor noruego serán representadas antes en Barcelona que en París). Es en esta época en la que se difunde el pensamiento de Nietzsche, y a través de éste, de Stirner. Es lo que, historiadores de la literatura como Joaquim Molas denomina la convivencia entre la «bohemia rosa», la de los jóvenes rebeldes de clases acomodadas, y la «bohemia negra», de aquellos que, de procedencia trabajadora, tratan de evitar el trabajo asalariado viviendo infructuosamente del arte, la conspiración nihilista, o de lo que surgiera. Esto no es algo que se limite a Cataluña, se trata de una experiencia en la que también habrá confluencias con los intelectuales de la Generación del 98, pero sobre todo, de los ambientes bohemios de París, donde surge un anarquismo individualista, de matriz muy filosófica, como la representada por teóricos como Émile Armand o Han Ryner, con una amplia difusión en Barcelona. Posteriormente a la Semana Trágica, los buenos hijos de la burguesía, asustados ante la deriva revolucionaria de matriz anarquista y por la brutal represión militar y policial desencadenada por el estado, acabarán abandonando los ambientes bohemios-revolucionarios, pero los debates intelectuales entre grupos ácratas, menos dados al sindicalismo, persistirán en muchos grupos de afinidad.

 

El último capítulo de su libro se titula: “Cataluña será libertaria o no será…”¿De verdad? Tal como están las cosas, ¿no corremos el riesgo de que Cataluña deje de existir dada la influencia no mayoritaria del anarquismo en el país de Salvat Papasseit, Federicha Montseny y José Arnal Cerezuelo (asesinado por cenetista en mayo de 1939)?

El epílogo del libro se recrea en su ánimo provocador al parafrasear a Torras i Bages (autor de la frase «Cataluña será cristiana o no será») quien consideró al catolicismo como elemento fundamental de la identidad catalana. El título de esta última parte pretende, en contraposición, reivindicar el legado libertario de nuestro país como elemento irrenunciable de nuestro pasado, escamoteado en la narrativa oficial, pero a la vez, y como conclusión final, trata de considerar como elemento identitario propio una historia en la que hombres y mujeres, en distintas épocas, desde perspectivas y finalidades diversas, y desde adjetivos diferentes, han tendido a rebelarse contra la injusticia, la opresión y la desigualdad. Y es esta tendencia al inconformismo, a la búsqueda de la libertad y la igualdad en un contexto político adverso la que ha mantenido la identidad propia. O, explicado de otra forma: nuestra rebeldía ante una sociedad autoritaria, arbitraria y desigual es la que nos define como nación. Más que la lengua, más que las tradiciones, más que la historia común, lo que nos une es nuestra voluntad de ser… libres. Por ello, la única forma de mantener nuestra identidad como nación depende de cómo estemos dispuestos a continuar resistiendo ante las diversas formas de opresión: de aquí la expresión «Cataluña será libertaria o no será», porque si deja de serlo, perderá su principal motor (permítame que resucite el término) espiritual.

Con ello no quiero decir que la existencia del país esté en peligro sin un movimiento anarquista organizado. En esta entrevista he hablado suficientemente de los conceptos de anarquismo implícito y explícito, de la diversidad de corrientes que confluyen ante una cosmovisión común, en base a unos pocos pero claros principios, que pueden aparecer bajo formas diferentes. Ayer este ánimo se podía expresar en la CNT, en personajes como Federica Montseny o la rebeldía poética de Salvat Papasseit. También podría hallarse en los payeses de remensa rebelados ante el feudalismo, a los segadores en armas contra la monarquía o a los artesanos y trabajadores que, al destruir los telares mecánicos, se oponen a la burguesía industrial del XIX. Hoy puede captarse este espíritu en movimientos como la PAH, en discursos de carácter moral como los de Ada Colau, en los entramados neocooperativistas del La Ciutat Invisible, en tipos dispuestos a desafiar a los bancos como Enric Duran o donde exista un ánimo de combatir un sistema, el capitalismo, injusto y perverso en su lógica superficial y profunda.

 

¿Por qué su libro es una respuesta al clásico de J. Vicens Vices, Noticia de Cataluña?

Creo haberlo sugerido a lo largo de la entrevista.

 

Tiene razón, perdone que insista.

Vicens Vives, como agente de la burguesía catalana colaboracionista con el franquismo (a mí me gusta hablar del «Vichy Catalán»), trata de apropiarse del país, generando una narrativa propia, un relato de Cataluña tamizada a través de los valores tradicionales y retrógrados que, más que burgueses, acababan resultando ser los del Opus Dei. Lo que ocurre es que se trata de un historiador con un extraordinario talento, meticuloso, metódico, brillante, que además escribe fantásticamente, de manera que su obra Notícia de Catalunya acaba influenciando en profundidad a la intelectualidad catalana, y su libro todavía posee un gran influjo entre el conjunto de la historiografía actual. Mi «anarquisme, fet diferencial», desde un ámbito académico, pero también cívico, advierte de las trampas intelectuales utilizadas por el historiador gerundense; la reconstrucción y radiografía de su discurso, sus motivaciones, sus objetivos, sus recursos y trucos. Una vez realizado ese trabajo de deconstrucción, trato de transmitir que Cataluña no es la nación apropiada por una única clase social o corriente ideológica. Que nuestro país posee una larga trayectoria de rebeldía, y que uno de los aspectos que resultan ser más determinantes en nuestra historia es la del papel ejercido por el anarquismo. Una historia, como ya he dicho, ignorada por la mayoría ciudadana, en parte gracias al trabajo de Vicens, quien se ocupó de minimizar el fenómeno. Vicens Vives contabiliza hasta once revoluciones en la convulsa historia de Cataluña, y que explica la dificultad de nuestro país de relacionarse con el «Minotauro», es decir, el poder. Eso lo considera uno de los peores defectos nacionales. Yo, desde mi modesta posición disidente, le doy la vuelta al argumento, y considero que es precisamente esta tendencia catalana a rebelarse ante el poder arbitrario lo que constituye quizá, la más gran virtud de nuestro país, un ejemplo de resistencia y determinación.

 

La historiografía del anarquismo catalán se renueva cada día sostiene usted. ¿Qué parte de esos estudios le resultan a usted de mayor interés? ¿De dónde ese incremento del interés por colectivos que han sido esenciales en la historia contemporánea de Cataluña?

Es cierto, y he publicado un par de artículos académicos sobre ello. Hasta los años noventa, los historiadores se preocuparon bastante por historiar el «anarquismo institucional», especialmente las organizaciones obreras (CNT, FAI, la Internacional,…) y fijar algunos episodios de violencia (la era de los atentados de 1890; la época del pistolerismo, la participación de algunos anarquistas en las patrullas de control en la retaguardia republicana,…). En menor medida, también existía algún estudio sobre ideología, cultura o medios de comunicación. En buena parte se trata de trabajos realizados por historiadores académicos que (quizá con las excepciones de Miquel Izard, Josep Termes o Pere Gabriel), realizan una mirada superficial y a menudo desacreditadora.

A partir de finales de los noventa, la situación cambia. Emerge una nueva generación de historiadores, que habiendo recibido una formación académica convencional, muchos de ellos ajenos a las clases dominantes y sus discursos, de manera que abordan nuevas temáticas sin apriorismos ideológicos. Empieza a redescubrirse la dimensión cultural y periodística del anarquismo (como los trabajos de Javier Navarro y Francisco Madrid); la aplicación de criterios antropológicos a la sociabilidad libertaria (Dolors Marín y Chris Ealham), el estudio, ya citado, de la espiritualidad (Gerard Horta), investigaciones sobre naturismo y urbanismo libertario (Eduard Masjuan, Josep Maria Roselló y José Luis Oyón); las relaciones exteriores del movimiento (Teresa Abelló y Jason Gardner), el pensamiento económico (Antoni Castells), el modelo cooperativista (La ciutat Invisible) el teatro (Francesc Foguet), el ateneismo y la cultura (los hermanos Aisa), la cuestión del feminismo (Dolors Marín y Eulàlia Vega),… podríamos seguir, y me estoy dejando a un montón de gente brillante y frentes de estudio. Lo que quiero reafirmar es que, por primera vez, se estudia a un movimiento complejo y poliédrico, desde la complejidad y desde diversas caras, de manera que tenemos una radiografía mucho más precisa que hace veinte años sobre algo difícil de estudiar y comprender. Y lo que descubrimos, trabajo tras trabajo, es que el movimiento anarquista estaba estrechamente imbricado en la sociedad catalana. El desconocimiento de la historia anarquista en Cataluña está vinculada a un negacionismo por parte de las clases dirigentes actuales (también las académicas).

Y es precisamente ese negacionismo (se niega, desde los discursos institucionales que la mayoría social de la población estuviera organizada en una contrasociedad alternativa) en un contexto de grave crisis de legitimidad del sistema, que mucha gente busque inspiración en un pasado. Un pasado poco glorioso, pero en el que la gente buscaba soluciones concretas y respuestas pragmáticas a problemas reales. Y eso era lo que hacían unos anarquistas bastante menos idealistas y mucho más pragmáticos de lo que nos han intentado vender.

 

La última, ha sido un abuso: ¿qué autor anarquista catalán tiene para usted mayor importancia histórico-cultural? ¿Qué activista, qué político, fue el más destacado en su opinión?

Me temo que voy a tener que negarme a contestar este tipo de pregunta del más puro estilo americano en base a ránquing, excelencia y culto a la personalidad y el liderazgo.

 

Lo siento, siento haber caído en ese mal lugar común.

Una de las cosas que sucede con el anarquismo es que, a priori, no existen clases. Que no se sacraliza la figura del intelectual, que no existe un canon cultural o filosófico. Que quien habla está al mismo nivel que quien escucha, y quien escribe, al mismo nivel de quien lee. Que quien es protagonista, será el acomodador o el personaje secundario, y al revés. El mejor autor anarquista es aquel que es capaz de expresar con habilidad las inquietudes de la gente. El mejor activista es aquel anónimo que hace lo necesario en el momento oportuno. El mejor político es aquel que actúa desde la base, neutralizando cualquier vedetismo, evitando una separación entre quien piensa y quien trabaja. Al fin y al cabo, el anarquismo es individualismo, es libertad, pero también es un igualitarismo radical. A mí me gusta una frase de Ricardo Mella que trata de definir en qué consiste eso del anarquismo: La libertad como base, la igualdad como medio, la fraternidad como fin.

 

Entrevista publicada en Kaos en la Red, el 10/08/2013

 

 

  L'Anarquisme fet diferencial català


13/08/2013 12:46:56 Versió per imprimir

Una crítica contundente de las corrientes anarquistas individualistas

Por Alberto García-Teresa

En este libro fundamental, Murray Bookchin desarrolla una contundente y sólida crítica a las corrientes anarquistas individualistas de las últimas décadas, y que muestran a este autor como uno de los más fértiles pensadores ácratas del siglo pasado (recordemos sus aportaciones al municipalismo libertario o su impresionante La ecología de la libertad). Escrito en 1995, justo cuando dichas corrientes empezaban a difundirse en el Estado Español, especialmente entre sectores de grupos de jóvenes libertarios, está precedido por una concisa pero excelente contextualización de Juantxo Estebaranz.

Partiendo de que «sus preocupaciones por el ego y su singularidad y sus conceptos polimórficos de resistencia están erosionando lentamente el carácter socialista de la tradición libertaria», el autor se detiene en varios autores y tendencias: el insurreccionalismo, el primitivismo o teorías antirracionalistas, neomísticas y de crítica a la tecnología y a la civilización industrial. Estas avanzan, en su mayoría, de las aportaciones de un individualismo criticado en su día por Bakunin o Kropotkin. De hecho, indica que, ya entonces, fueron interpretadas como «un lujo exótico de la pequeña burguesía, [...] un capricho de la clase media, mucho más anclado en el liberalismo que en el anarquismo». A su vez, Bookchin señala que dichas corrientes se basan en un «estilo de vida» (Social Anarchism or Lifestyle Anarchism es el título original) que se desentiende de la revolución social en pos de una autorrealización hedonista, y que cae en amplias y profundas contradicciones con los presupuestos que pretende defender.

Con un tono punzante y polémico, pero que no esconde una profunda reflexión teórica, poniendo sobre la palestra las fuentes directas, Bookchin revela sus motivaciones narcisistas («socialmente inocuas», subraya) y cuestiona la prevalencia del egoísmo, la fundamentación en el mito del individuo plenamente autónomo, su esteticismo y, en el fondo, la falta de compromiso real. Crítica, por tanto, una actitud elitista, arrogante, atravesada por el nihilismo posmoderno, que elude la responsabilidad y que cae en la frivolidad y que no busca más que la complacencia inmediata de los impulsos. Así, consiste en una encendida denuncia de teorías y prácticas políticas que encubren planteamientos pequeñoburgueses bajo un discurso contestatario y antiautoritario.

En cualquier caso, es importante destacar que, lejos del dogmatismo, Bookchin no postula una denominación única de anarquismo, pues no excluye estas tendencias dentro de él, sino que apuesta por añadir adjetivos para fijar las corrientes, a pesar de mantener (a mi juicio) posturas incompatibles. Por eso, formula la concreción práctica (no podemos olvidar sus fundamentales aportaciones acerca del municipalismo libertario o las tesis de La ecología de la libertad) de su postura en cuatro principios: confederalismo municipal, oposición al Estado, democracia directa y comunismo libertario. De esta forma, Bookchin apuesta por una anarquismo social que incide en el compromiso para/con la comunidad, en la construcción de organizaciones revolucionarias; que busca, en definitiva, una sociedad libre y justa para todas/os y no sólo para unas/os pocas/os que puedan permitírsela.

En suma, esta obra resulta una reafirmación de «la necesidad de un enfrentamiento organizado, colectivista y programático al orden social existente»; del anarquismo social como firme proyecto de emancipación de clase.

 

Reseña publicada en la revista Estudios, en julio de 2013

 

 

  Anarquismo social o anarquismo personal


14/07/2013 15:41:48 Versió per imprimir

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