Una lectura estimulante y desbordante sobre el anarquismo

Por Frank Mintz

Un gran libro con un texto breve muy claro y objetivo sobre problemas candentes, sin caer en prédicas unilaterales o rechazos tajantes. Y, por añadidura, nos depara el autor tres adendas bitácoras para entender el trasfondo de posturas ajenas tanto próximas como alejadas de nuestros enfoques y, más sencillamente, para que cada unx sepa reflexionar sobre sí mismx en el día a día, o sea cuestionarse.

El elemento básico y conductor del anarquismo, perfectamente reflejado en el título, es “la atracción hacia los que se podría llamar la revolución continua e inmediata. […] La revolución se concibe como algo que se encuentra anclado en el presente y que no es, por consiguiente, algo que sólo se desea y se sueña como acontecimiento futuro, sino que es efectivamente vivido” (p. 31).

Enormes son las consecuencias que Tomás circunscribe dentro del medio libertario, muy cortésmente, o sea, no confiar en un porvenir anarquista próximo sino estar de inmediato en grupos y redes, con todos los que protestan y luchan. Con la consecuencia de tolerar cuantos modos de protesta aparezcan; aceptar la fluidez de las redes; adoptar coordinadoras flexibles porque “las apariencias de la eficacia […] acaban siempre por esterilizar las luchas” (p. 34). Frente a las prácticas de dominación [que] que moldean su [de los seres humanos] imaginario, sus deseos y su forma de pensar para conseguir que respondan, libre y espontáneamente, a los que las instancias dominantes esperan de ellos” […] se trata, hoy como en tiempos pasados (1), de producir una subjetividad política que sea radicalmente rebelde al tipo de sociedad en la que vivimos […] (p. 37).

Tomás descarta la separación entre anarquismo social y anarquismo estilo de vida porque si este se resiste verdaderamente a la seducción del sistema y a su intimidación viene a ser “irrecuperable para siempre” (pp. 38-39), o sea es un obstáculo social contagioso. A la inversa, el anarquismo social, si lo es de veras, debe adoptar estructuras del todo horizontales y no dejarse “tentar por cierto vanguardismo” (p. 40). El autor defiende la postura de abandonar “las perspectivas totalizantes y […] las ilusiones escatológicas (2)” y “actuar con los demás” (p. 41).

Tomás denomina neoanarquismo este afán de militancia creadora inmediata (pp. 24, 31, 45-46) porque el anarquismo es necesariamente cambiante (p. 50), dentro de su denuncia vital de la autoridad arbitraria que es el pilar de la jerarquía (3).

Frente a la omnipotencia del mal llamado neoliberalismo, que es el capitalismo exterminador -desde el ibérico 1492: pensamiento único y supeditación criminal de los aborígenes hasta hoy por hoy- e introductor dictatorial de sus valores en todos los ámbitos de la existencia, la respuesta es para mí “Yo me rebelo, luego nosotros somos” de Albert Camus en El hombre rebelde. Dicho de otro modo, ser “irrecuperable para siempre” y volver a la “utopía plenamente consciente de serlo”, como “una incitación para la lucha” (p. 85).

Y en las páginas de conclusión tenemos esta hermosa frase: “la revolución pasará mar adentro y se mantendrá fuera de nuestro alcance, si no la anclamos, firmemente, en el presente.” (p. 86).

Tengo algunas reservas sobre la exposición (p. 34-35) del insurreccionalismo (4) y la evocación de algunas figuras (pp. 39, 58 y ss). No sé por qué Tomás introduce el postanarquismo dentro del texto cuando de hecho es un apéndice.

En conclusión, es una lectura estimulante y desbordante de observaciones que incitan a reflexionar y a vertebrar nuestras convicciones.

 

Reseña publicada en la web Fondation Besnard, 28/05/2014

 

 

  Anarquismo es movimiento


09/06/2014 15:33:11 Versió per imprimir

El anarquismo como catapulta

Por Amador Fdez. Savater

"La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta”, dice Eduardo Galeano. No convierte el pasado en un modelo que exige repetición, ni nos aplasta bajo el peso de referencias en las que debemos reconocernos obligadamente, sino que más bien acompaña e inspira las búsquedas del presente.

La vida de Tomás Ibáñez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie en el campo del antagonismo se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político.

En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Ha sido catedrático de Psicología Social en el Departament de Psicologia Social de la Universitat Autònoma de Barcelona hasta su jubilación en el año 2007. Es autor de numerosos libros y textos sobre anarquismo, ciencias humanas y, en especial, psicología social.

Tomás Ibáñez trabaja desde hace años para que la historia de anarquismo sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault (no sin escándalo de los "guardianes del templo" anarquista). Co-fundador de la revista Archipiélago, en la que trabajamos juntos durante varios años, acaba de publicar en la editorial Virus Anarquismo es movimiento, donde se explora la reactualización contemporánea de ideas y prácticas que algunos relegaron demasiado apresuradamente al museo de la Historia.

El virus anarquista

Citas en el libro a Christian Ferrer: “el anarquismo no se enseña y tampoco se aprende por los libros, sino que se propaga por contagio, y el contagio las más de las veces es irreversible”. En tu caso ha sido así, es una historia de fidelidad que dura ya medio siglo. ¿Cuáles fueron tus primeros contactos-contagios con el anarquismo? Creo recordar que hay historias familiares de por medio, ¿es así?

Tomás Ibáñez. Sí, Amador, hay efectivamente historias familiares de por medio y eso explica que “los contactos” con el anarquismo fuesen muy precoces. En 1947 mi madre, activista de las juventudes libertarias de Zaragoza, pasó a Francia llevándome en brazos por una ruta pirenaica, y eso hizo que yo creciera en el cálido ambiente del exilio libertario. Era un ambiente por donde circulaba una multitud de nostálgicos, pero esperanzados, relatos de una lucha revolucionaria aún cercana, y donde la ayuda mutua nunca se hacía esperar. Obviamente, la sensibilidad de un niño no podía captar que ese ambiente también albergaba luchas fratricidas, rancios dogmatismos e inevitables miserias, con lo cual la huella que me dejó sólo podía ser positiva. Ese fue “el contacto”, sin embargo “el contagio” llegaría más tarde.

¿Cuándo, por dónde?

Tomás Ibáñez. Mi temprano activismo anarquista hubiera podido agotarse y extinguirse sin más, de no haber sido porque en el verano de 1963 arrastré mi saco de dormir hasta el campamento que organizaba cada año la FIJL (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias). Fue una experiencia inolvidable que abrió de par en par las puertas, ya definitivamente, al virus del anarquismo. Autoorganización, vida en común, compañerismo, debates, sentimiento de vivir en otro planeta donde la igualdad y la libertad se habían hecho realidad, pero también rabia y lucha. Porque se daba la circunstancia de que la FIJL había emprendido recientemente un línea de hostigamiento frontal al franquismo y la ejecución a garrote vil de dos de sus militantes, Francisco Granado y Joaquín Delgado, que preparaban un atentado contra Franco, cayó en el campamento como una indignante y dolorosa noticia. Al recoger mi mochila y despedirme de mis compañeros, la idea de volver a la “normalidad” se me hizo insoportable, en el tren que me devolvía a casa miraba a los viajeros y me sentía como un absoluto extraño en un mundo que ya no era el mío.

Por supuesto, soporté esa “normalidad”, pero el sentimiento de que era intolerable nunca me abandonaría. Desde entonces estoy convencido de que lo que de verdad deja huella en las personas y las transforma en profundidad es su inmersión en un escenario de vida, de experiencias y de lucha que se construye en común y en unos espacios arrebatados a las reglas de la sociedad instituida.

La “A” dentro de un círculo: el origen desconocido de un símbolo

Luego te moviste en los circuitos del anarquismo estudiantil previo a Mayo del 68, ¿qué recuerdos te vienen de aquella época?

Tomás Ibáñez. Lo que evoca en mí, como un primer flash, es la imagen de un inacabable desierto. Durante mi primer año de universidad, en 1962 cerca de Marsella, me movía en el potente sindicalismo estudiantil de aquellos años sin conseguir dar con ningún otro estudiante libertario. Al año siguiente me trasladé a la universidad de París donde, al inicio del curso, unos estudiantes trotskistas me informaron, entre risas, que conocían “al otro” estudiante anarquista de la Sorbona y que podían ponernos en contacto.

A partir de ahí, pensando que siendo dos ya éramos invencibles removimos cielo y tierra hasta encontrar a otro par de compañeros… Y así nació en 1963 una exigua coordinación de estudiantes anarquistas parisinos que tenía nombre de mujer, LEA, que creció poco a poco y que atraería, algún tiempo más tarde, a estudiantes de la recién creada universidad de Nanterre, como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, quienes contribuirían a la creación del Movimiento 22 de Marzo que encendió la mecha de Mayo del 68.

¿Y qué hay de esa historia que te sitúa en el origen del símbolo anarquista por excelencia, la “A” dentro de un círculo?

Tomás Ibáñez. Es bien cierta, y es una historia muy sencilla. Al llegar a París me hice el propósito de ayudar al acercamiento entre los diversos grupos y tendencias en las que se fragmentaba el menguado movimiento anarquista, lo que me llevó a lanzar iniciativas de coordinación en los sectores más jóvenes. Se me ocurrió entonces que una forma de propiciar una confluencia consistía en hallar un denominador común que, al no pertenecer en exclusiva a ninguna de las organizaciones, pudiera constituir un punto de coincidencia. Se trataba también de multiplicar la presencia percibida del movimiento anarquista por el simple hecho de la repetida aparición de ese denominador común en las expresiones públicas (pasquines, pintadas, etc.) de los diferentes colectivos anarquistas.

Propuse esa idea en uno de los grupos a los que pertenecía, insistiendo en que debía ser un símbolo que fuese fácil y rápido de dibujar, y que pudiese evocar el anarquismo de forma suficientemente directa. La propuesta fue aceptada, nos lanzamos a una lluvia de ideas y a altas horas de la noche convenimos que una “A” en un círculo podía ser un buen logo. Fue así como, en abril de 1964, salía a toda plana en el nº 48 de nuestro boletín “Jeunes Libertaires”, la primera “A” en un círculo. Le acompañaba un editorial donde explicaba el sentido de la propuesta y en el que se invitaba a todos los grupos anarquistas a apropiarse ese símbolo.

Pero ojo, en realidad sólo habíamos creado una imagen y formulado una propuesta, no habíamos creado un símbolo. La A en un círculo sólo se convertiría en un símbolo del anarquismo mediante la acción de miles y miles de manos que la pintaron en las calles del mundo, se trata pues de una creación colectiva multitudinaria de la que nadie tiene la paternidad.

Mayo del 68: tecnologías, liderazgos y logros

Y de pronto Mayo del 68. Hablas de Mayo del 68 como un “regalo”. ¿Por qué un “regalo”? ¿Cuál fue el contenido del regalo? 

Tomás Ibáñez. Un auténtico regalo es algo que te ofrecen para darte placer, sin obligación y sin pedir nada a cambio. Si no lo esperas, si es una sorpresa y si te colma de satisfacción, el regalo aún se crece más en su condición de “auténtico” regalo. Eso fue para mí Mayo del 68. En lo inmediato, el contenido del regalo fue la oportunidad de vivir durante varias semanas un verdadero sueño, de presenciar unas escenas que usualmente sólo alcanzamos a ver cuándo los sueños nos transportan lejos de las realidades cotidianas. Y también consistió en demostrar, fácticamente, que aquello que, increíblemente, estaba ocurriendo era posible puesto que, precisamente, estaba ocurriendo.

Con posterioridad, el regalo consistió en dejar un recuerdo que sigue trasladando aquel periodo al presente como si el tiempo no existiese, sin alterar la intensidad de las vivencias que allí acontecieron. Y también consistió en arraigar el convencimiento de que si aquello había ocurrido podía volver a ocurrir, con otros matices, en otros contextos, pero con las mismas características básicas.

Me gustaría citar aquí la descripción de la vivencia de Mayo del 68 que hiciste en el número de Archipiélago que dedicamos a Mayo del 68:

 

(…) Estamos quizás en el momento álgido de Mayo, las vivencias fluyen de forma incontenible y las vuelco aquí de forma desordenada. Sentimiento de ser parte de una comunidad creada muy rápidamente pero atravesada por lazos muy intensos que, paradójicamente, parecen venir de antiguo, inserción en un "nosotros" formado por muchos desconocidos y sin embargo muy cercanos, muy cómplices, creación de nuevas relaciones sociales, nuevos amigos. Necesidad de estar siempre disponible, en cada instante, siempre en alerta, delante de un futuro inmediato que se va construyendo en el momento, sin predeterminaciones. Atrapados en un ritmo desenfrenado, vertiginoso, mezcla de exaltación y de agotamiento, impresión muy fuerte de estar haciendo historia, de ser protagonista, de estar teniendo efectos sobre la realidad, de estar constantemente confrontados a desarrollos imprevistos que superan a sus protagonistas, y, durante un tiempo, impresión de ir cada día a más, de acertar en las acciones emprendidas. Alegría y entusiasmo, un placer nacido de la propia acción en la que se esta inmerso. Deseo muy intenso de que aquello no acabara nunca. Impresión de que uno estaba haciendo colectivamente cosas que no se podían hacer y que eran impensables hasta ese momento. Impresión de estar desafiando lo establecido, el poder, lo intocable. Impresión de haber puesto la máquina "fuera de control", de haber lanzado un proceso de reacciones en cadena, imparable e imprevisible…

Un proceso de reacción en cadena, imparable e imprevisible, que detonaron los estudiantes pero que alcanzó enseguida al movimiento obrero, desembocando en pocos días en una huelga general masiva que paralizó durante un mes el país entero. La velocidad e intensidad de la comunicación entre distintos sujetos fue potentísima. Pero... ¿dónde estaba Twitter?

Tomás Ibáñez. Acontecimientos como los de Mayo del 68 se han producido en otros momentos de la historia, efervescencias populares que estallan de imprevisto y donde la gente “actúa por sí misma“ no han esperado al surgimiento de las nuevas tecnologías ni a la constitución de las redes sociales. Creo, eso sí, que en cada época esas efervescencias populares, a la vez destructivas y constructivas, han sabido apropiarse y utilizar las tecnologías existentes, la radio fue importante en Mayo del 68, y los talleres de serigrafía, entre otras cosas. Sin embargo, en todas esas situaciones de efervescencia creadora nada puede sustituir la copresencia física de las personas, los gestos, las voces, las miradas, las palabras, los roces.

También creo, como lo explico en mi libro, que las nuevas tecnologías y las redes sociales tienen unas características que fomentan el proceso de auto-organización de la gente en situaciones de efervescencia popular, pero no porque se usen con fines y resultados autorganizativos, sino simplemente porque propician confluencias masivas sin que exista una estructura previa, un plan preestablecido, una dirección que ordene y canalice las actividades.

Mientras que el primer 15M se caracterizó por el anonimato (ningún “rostro” en particular se convirtió en el símbolo de la protesta), hoy se da, en torno a las figuras (tan distintas) de Ada Colau o Pablo Iglesias, un debate sobre la necesidad o pertinencia de los liderazgos. Te quería preguntar tu opinión sobre el particular y sobre el “liderazgo” de Daniel Cohn-Bendit en Mayo del 68, el líder paradójico de un movimiento que se caracterizaba por su rechazo de la delegación y la representación. ¿Qué aportaba el liderazgo de Cohn-Bendit y qué limitaba?

Tomás Ibáñez. Los liderazgos siempre son tanto más peligrosos cuantos más carismáticos, y es innegable que todo el sistema actual concurre para instituir y potenciar liderazgos. En la sociedad del espectáculo los rostros venden, y también tranquilizan cuando sustituyen al anonimato de las efervescencias colectivas. Ciertamente, los liderazgos ayudan a visualizar los movimientos y a ampliar su presencia mediática pero el precio a pagar es altísimo. ¿Cuántos líderes aceptan volver al anonimato antes de que se agoten sus posibilidades de seguir siendo líder? Ada Colau constituye sin duda una grata excepción.

El liderazgo en movimientos basados en la democracia directa constituye una aberración. Daniel Cohn-Bendit tuvo, indiscutiblemente, un papel de líder, pero era un líder atípico, no pretendía “representar” al Movimiento del 22 de Marzo que, además, no tenía cargos ni ningún portavoz oficial permanente y que decidió auto disolverse al cabo de unos meses. Dany también era atípico porque participaba políticamente de la idea de que no debía haber líderes, lo que le situaba en una difícil posición qué chirriaba con sus convicciones y con las de sus compañeros. Su papel de líder suscitaba críticas internas y se tomaban medidas para cuestionar ese liderazgo, como por ejemplo convocar ruedas de prensa utilizando su nombre para que acudieran los medios, pero donde era otro compañero el que intervenía finalmente, explicando que Cohn-Bendit era un nombre colectivo (“todos somos Cohn-Bendit”) bajo el cual podía hablar cualquier miembro del 22 de Marzo.

En algún sitio dices que no tiene mucho sentido hablar de Mayo del 68 en términos de “éxito” o “fracaso”, ¿por qué?

Tomás Ibáñez. No se puede hablar de éxito o de fracaso porque esos términos sólo se aplican a acciones intencionadas y Mayo del 68 no fue un proyecto, ni se fraguó para alcanzar unos objetivos, fue un ”acontecimiento“ en todo el sentido de la palabra. Ahora bien, los acontecimientos suele tener efectos y producir cosas. Mayo del 68 fue un acontecimiento de cierta magnitud, objetivable en términos cuantitativos de participación popular o de duración, etc. Sin embargo, sus efectos, al igual que ese batir de alas de una mariposa en Australia que provoca una tormenta en Europa, fueron infinitamente superiores a su magnitud y aún se manifiestan al cabo de medio siglo. Sencillamente, Mayo del 68 cambió la cultura política, practicas incluidas, de la disidencia, por una parte, y muchos de los supuestos culturales de la sociedad por otra parte. En efecto, las actuales prácticas del antagonismo social popular enlazan en buena medida con las que alentó Mayo del 68 y el efecto que tuvo sobre los cambios culturales respecto de la identidad sexual, por ejemplo, son innegables.

Actualidad del anarquismo: transformar la sociedad sin tomar el poder

¿Qué puede aportar el anarquismo a los movimientos actuales?

Tomás Ibáñez. Una de las claves más interesantes que puede aportar a mi juicio es la relevancia de “lo prefigurativo” frente a la escisión entre medios y fines típica de la política clásica. Es un principio básico del anarquismo: no sacrificar ni supeditar los valores que se defienden en el presente a unas promesas que, por definición, siempre apuntan al futuro. En cualquier caso, ese futuro que se anhela debe estar “ya presente” en los pasos que se dan para construirlo, lo “prefigurativo” no significa otra cosa que esa necesaria presencia.

El anarquismo siempre ha propuesto una “revolución en el presente” que remite a la desconfianza hacia cualquier discurso que base su fuerza persuasiva en las promesas que ofrece y a la prevención hacia cualquier práctica que sólo se oriente a preparar el futuro. Su ética está atravesada de cabo a rabo por la exigencia de reducir al máximo la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, o entre lo que se quiere ser y lo que se es.

Otra clave sería sustituir la idea de “toma del poder” por la de "transformación de la sociedad”. ¿Te parecen dos términos dicotómicos, vasos comunicantes?

Tomás Ibáñez. Una vieja idea anarquista dice que nunca se toma el poder, que el poder siempre te toma a ti tan pronto como crees haberlo tomado. Agustín García Calvo lo sintetizaba muy bien cuando declaraba que “el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas”, tomar sus armas es transformarse ya en el enemigo. Una de las lecciones básicas del anarquismo pasa por asentar la convicción de que quizás no haya camino, pero que, en cualquier caso, el camino del poder nunca puede ser el camino.

La idea de transformar la sociedad sin tomar el poder, que goza hoy de cierta popularidad, siempre ha inspirado al anarquismo y, claro, le ha puesto en la delicada situación de tener que conciliar el sensato posibilismo que exige mejorar lo mejorable o, también impedir lo peor, y el indispensable radicalismo que apunta hacia la incongruencia de comprometerse con aquello mismo que se cuestiona. La solución más satisfactoria siempre ha sido de tipo “indexical”, es decir, hacer una valoración en función de cada contexto particular, o, dicho de otra forma, no “escindir” radicalmente los valores de las situaciones en las que intervienen, lo que no significa, por supuesto, “supeditarlos” a las situaciones, cosa que nos haría vulnerables a la seducción ejercida por “los atajos del poder”.

Para terminar, Tomás, ¿no crees que muchas veces el anarquismo (como movimiento organizado, como ideología o como identidad) es el principal enemigo de las ideas/prácticas anarquistas?

Tomás Ibáñez. Yo no diría que “el principal enemigo”, hay muchos otros y mucho más letales, empezando por la represión, pero sí que el hecho que el anarquismo constituya unas organizaciones que reproducen inevitablemente las características, más o menos acentuadas según los casos, de todas las organizaciones (estructuras, luchas y apetencias de poder, tendencia a convertir la organización en un fin en sí mismo, patriotismo de organización, etc.), el hecho de que el discurso anarquista se petrifique en ideología y que el peso de la historia construya una identidad anarquista enquistada en un patrón fijo e inamovible, no sólo limita la proliferación del anarquismo encerrándolo en un gueto, sino que representa, además, cierto cuestionamiento de sus propias premisas.

Por eso es necesario actuar constantemente para que el anarquismo sea movimiento, para que sus aguas se mantengan siempre turbulentas y para que no se aparte nunca de una sensibilidad crítica dirigida, incluso, hacia sí mismo. Si de una cosa estoy seguro, y puede que sea la única, es que no hay anarquismo más genuino que aquel que está dispuesto a poner constantemente en peligro sus propios fundamentos volviendo hacia sí mismo la más irreverente de las miradas críticas.

Un texto relacionado: "Notas para una política no estadocéntrica"


Entrevista publicada en el blog Interferencias de eldiario.es, 9/05/2014

 

 

 

  Anarquismo es movimiento


09/06/2014 13:51:23 Versió per imprimir

Cárceles en llamas arroja luz sobre la oscuridad y la opacidad carcelaria de entonces

 

Por Iñaki Rivera Beiras

La obra Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición, que se comentará examina un capítulo temporal y decisivo de la reciente historia (oculta y ocultada) de la llamada “transición política española a la democracia”. Aludo a la situación carcelaria de los años que transcurrieron entre los últimos estertores de la Dictadura franquista y la época inmediatamente posterior a la Constitución de 1978. Años cruciales para la articulación de la nueva forma-Estado social y democrática de derecho, como se designó desde el constitucionalismo social de la segunda postguerra mundial en adelante. Es (más o menos) conocido el panorama político general de entonces pero ha sido desconocido y expresamente ignorado lo que sucedió en las cárceles de aquellos tiempos. Como indica el autor, César Lorenzo Rubio (siguiendo el camino de aquellos, pocos, que habían auspiciado en España la adopción de un paradigma económico-estructural para el estudio de las instituciones punitivas), “dos visiones enfrentadas” se han expuesto sobre aquellos tiempos y sobre aquellos hechos. Veámoslas brevemente aquí.

Una primera que podemos calificar como la “historia oficial” de la cárcel en España, propia de un paradigma humano-pietista del castigo, había siempre señalado que como consecuencia de los sucesos brutales protagonizados por los presos comunes (que se sintieron discriminados por las llamadas “leyes de amnistía” a los presos políticos) se produjo una espiral de violencia incluso criminal que sólo fue acallada y resuelta con la aprobación de la Ley penitenciaria de 26 de septiembre de 1979 aprobada por unanimidad de todos los Partidos Políticos y que nacía, en consecuencia, con la máxima legitimidad democrática. El avance del reformismo penitenciario, hacia una cárcel cada vez más “humanizada” era incuestionable en consecuencia.

La otra visión, arraigada en la tradición crítica (frankfurtiana) de una “economía política del castigo” empleó, en realidad, la categoría de la Memoria. Historia y Memoria son dos categorías que se ocupan del pasado pero la diferencia es y debe ser radical. La segunda pretende dar cuenta de los proyectos que pese a existir no han sido visibilizados, no han sido narrados por la historia oficial, es la historia de los vencidos que, creemos algunos, algún lugar merece también en el relato –completo- de una determinada época histórica. Como he podido seguir durante bastantes años el proceso de formación e investigación doctoral de César Lorenzo Rubio, puedo dar fe de la solidez de una investigación que ha podido ir mucho allá de los meros textos legales y ha podido penetrar en los hechos, en los protagonistas sobrevivientes y en los entresijos muchos más complejos que aquellos que la otra versión oficial de la historia había acallado e invisibilizado. Gracias a su trabajo, la narración ahora es mucho más completa y ya nadie podrá contarla a medias.

La violencia a la que se alude como la protagonizada por el colectivo de los presos sociales fue en realidad la respuesta a un hecho tan evidente como negado: pese a la legitimidad formal del proceso legislativo que culminó con la aprobación de la Ley Penitenciaria antes citada, a aquel proceso le faltó una legitimidad material. O lo que es lo mismo: los principales destinatarios del proceso de reforma penitenciaria en España, los y las presas, auténticos portadores de reclamos legítimos, no tuvieron la oportunidad de participar en aquel proceso. Los presos de entonces esperaban mucho de la democracia que estaba llegando y ésta les defraudó absolutamente, no les permitió una auténtica interlocución y respondieron colectivamente como siempre pasa en estos casos: poniendo el cuerpo, poniendo la vida. Nada había dicho la historia oficial sobre la discriminación que sintieron al ver que de las cárceles marchaban los presos políticos (algunos con delitos de mayor gravedad que los de los comunes), tampoco nada se había dicho en torno al nacimiento de los movimientos asamblearios como la COPEL y otros dentro y fuera de la cárcel. Mucho menos se describió el proceso por el cual llegaron incluso a elaborar un proyecto de Ley de Indulto a Presos Sociales desestimado por entonces pero que marcó uno de los puntos más altos de madurez del movimiento colectivo. Nada se había dicho sobre sus propios órganos de expresiones, boletines, reuniones, reivindicaciones… Otra vez, como lamentablemente ha pasado en tantos campos de la vida española, la amnesia y el relato sesgado (y por ello mismo, no verdadero).

Hemos de agradecer enormemente al autor de esta vasta obra por la luz que ha arrojado sobre la oscuridad y la opacidad carcelaria de entonces. Pero su trabajo no finaliza allí: con un “largo epílogo” el autor nos transporta (casi) hasta el presente de semejante institución punitiva. Convendrá así comprobar cómo, en realidad, mucho del fango que hoy la habita en realidad proviene del largo silencio de aquellos lodos que hoy se han vuelto a hacer visibles.
 

 

Recensión publicada en Crítica Penal y Poder, marzo 2014

 

 

  Cárceles en llamas

 


30/05/2014 18:22:24 Versió per imprimir

“No hubo una sola COPEL, sino tantas como cárceles donde hubiera presos identificados con estas siglas”

Entrevista a César Lorenzo Rubio sobre Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición (II)

 

 

Por Salvador López Arnal

Estábamos en los presos de ETA. ¿Han mantenido relaciones con el movimiento de los presos sociales?

En general, no demasiadas. Como el resto de organizaciones fuertemente jerarquizadas, los presos de ETA manifestaron hacia los comunes un cierto desdén y rechazo por su falta de educación y sus modales. Los presos políticos, no importa de la organización o la ideología que sean, desarrollan estrategias de resistencia al proceso de prisionización (adopción de roles propios de la prisión) que no son capaces de desarrollar los comunes, debido a su falta de preparación intelectual y política. Pero sobre este fondo mayoritario, es cierto que hubo casos de buenas relaciones a nivel individual. Es muy difícil generalizar porque dependió mucho de las condiciones de reclusión (régimen interno más o menos duro), la época, la filiación política de los presos, su edad, predisposición, etc.

Habla usted de movimiento de presos sociales pero, a veces, leyéndole, uno piensa más bien en movimientos, en plural. ¿Es así o es una lectura deficiente por mi parte?

No es una mala interpretación: ambas situaciones son coetáneas y paralelas. Me refiero a movimiento, en singular, porque los elementos en común priman, creo, sobre las diferentes tendencias internas. Y también, por supuesto, para dignificarlo a nivel histórico y sociológico, y situarlo en la categoría analítica que considero que merece. Pero una vez dicho esto, hay que subrayar que hubo diferentes estrategias para lograr un mismo fin: unos eran más favorables al diálogo y al pacto, y otros presos eran partidarios de no dar ninguna tregua al Estado. Las dificultades para establecer comunicaciones fluidas y fidedignas entre las prisiones determinaron que en algunos momentos los presos de cada una hicieran la guerra por su cuenta. Yo mismo he escrito que a partir de mediados de 1978 no hubo una sola COPEL, sino tantas, como cárceles donde hubiera presos identificados con estas siglas. Y otro tanto puede decirse de los grupos de apoyo en la calle, heterogéneos por definición, y no siempre concordantes en sus posiciones con lo que los presos defendían. Para acabar de complicarlo todo, a principios de los años ochenta, con la irrupción de la heroína, la unidad se va al traste definitivamente, pero aún se logran articular algunas acciones, como huelgas de hambre, que aglutinan a miles de presos en diferentes prisiones del Estado. Nada es blanco o negro.

Le pregunto más tarde sobre la heroína. Le cito un autor, un filósofo francés más que conocido y reconocido por muchos, Michel Foucault. Usted, por supuesto, lo cita en varias ocasiones. ¿Tuvieron sus ideas influencia en el movimiento? ¿Qué ideas? ¿Cómo penetraron en el movimiento de los presos?

La influencia de Foucault en la España de la Transición fue muy destacada; daría para todo un libro (de hecho, ya está magníficamente escrito por Valentín Galván: De vagos y maleantes. Michel Foucault en España). Toda la crítica a las instituciones de control social dentro de la que se encuadró la lucha contra las prisiones (junto a manicomios, cuarteles, hospitales, etc.) le debe mucho al filósofo francés, y en particular a su obra Vigilar y castigar, que acababa de publicarse. Aunque su influencia no fue tanto sobre los presos, que no tenían acceso material ni eran capaces de entender sus claves, como sobre los intelectuales que les dieron públicamente su respaldo desde las páginas de los medios de comunicación, y algunos miembros de colectivos de apoyo en la calle. Y no sólo este libro: la recopilación de testimonios y la denuncia enérgica de las condiciones de vida entre rejas que Foucault llevó a cabo al fundar el GIP (Group d’Information sur les Prisons), sirvió de modelo para que otros grupos de intelectuales españoles (Fernando Savater, José Luís López-Aranguren, Agustín García Calvo, Rafael Sánchez Ferlosio...) se decidieran a crear la Asociación para el Estudio de los problemas de los Presos, (AEPPE). Sin embargo, pese al entusiasmo inicial, su trayectoria fue breve.

Un nombre, Carlos García Valdés. ¿Puede hacer usted un balance de su trayectoria y actuación?

En 1978 Carlos García Valdés era un joven abogado de intachable currículo antifranquista y demócrata, profesor universitario en ciernes y buen conocedor del sistema penitenciario de la dictadura. Tras el asesinato del que entonces era director general de Instituciones Penitenciarias, García Valdés fue nombrado su sustituto, con el encargo específico de pacificar las prisiones y emprender la reforma urgente del sistema. Lo que sucedió entonces, a mi parecer, es que se vio desbordado por la situación: no sólo por la determinación de los presos de no cejar en sus demandas, también, muy especialmente, por las resistencias de una parte muy importante de los funcionarios de prisiones, que no estaban dispuestos a cambiar su forma de gobernar las cárceles. Ante la persistencia de protestas y fugas, menos de tres meses después de jurar el cargo, empezó a emplear métodos cada vez más excepcionales y drásticos para imponer el orden, dejando a un lado el talante dialogante de que había hecho gala en un primer momento, mientras acababa el redactado de la que se convertiría en la futura Ley General Penitenciaria. Para el penitenciarismo oficial, García Valdés es el padre del modelo de prisión vigente en España desde 1979; mi opinión, sin negarle ese carácter, difiere en cuanto a los métodos y los logros. 

¿Es mucho más crítico? ¿Sus logros no son tan estimables?

Obviamente soy crítico, como historiador, con la actuación de García Valdés al frente de la Dirección General. Si se comparan sus declaraciones referentes al movimiento de presos, antes y después de acceder al cargo, no parecen haber sido pronunciadas por la misma persona. Y no soy el primero: desde sectores progresistas, entre los que García Valdés disfrutaba de buena prensa -aunque nunca fuese un abolicionista radical- se esperaba mucho de él y la decepción fue muy considerable en lo que respecta a la pacificación manu militari de las prisiones. Sobre la calidad o la novedad de la Ley Penitenciaria, no puedo opinar con tanta rotundidad. Se trata de una norma en sintonía con otras europeas anteriores o coetáneas, junto con las que forma parte del movimiento de reforma penitenciaria posterior a la II Guerra Mundial, y como aquellas, presenta importantes avances respecto a la situación anterior en lo que a derechos de los reclusos se refiere y orientación hacia la reinserción a través del tratamiento; pero también introduce mecanismos de control excepcionales, como el conocido art. 10, que establece la existencia de departamentos especiales de régimen cerrado, caracterizados por una enorme restricción de movimientos y derechos. En todo caso, la ley presenta aspectos positivos y negativos, pero los posteriores Reglamentos de 1981 y 1996, así como una larga de lista de disposiciones menores –y la dura realidad, marcada por la falta de presupuestos, la masificación, etc.- la han desvirtuado bastante. Tanto es así, que un especialista en el tema como César Manzanos ha llegado a afirmar, y creo que no va errado, que “hacer hoy que se cumplan escrupulosamente los artículos contenidos en dicha ley posiblemente supondría la inmediata abolición de la gran mayoría de las estructuras carcelarias existentes”.

¿Cuántos presos sociales había en 1975? ¿Cuántos en la actualidad? ¿Qué ha pasado en estos cuarenta años?

En 1978, tras los indultos y amnistías, la población penitenciaria se redujo a unas 10.000 personas presas. Desde entonces no ha parado de aumentar. En 1980 ya eran 18.000, 33.000 en 1990. El incremento en esas década estuvo marcado por la alarma social (fomentada por determinados medios de comunicación con fines políticos) que generó el nuevo tipo de delincuencia ligada al consumo de drogas. En 1995, cuando se aprobó el nuevo Código Penal, eran 45.000, y salvo los primeros años de estancamiento, su impacto fue brutal. Del año 2000 al 2005 aumentaron en 15.000 presos, y los 5 años siguientes volvió a aumentar en la misma cantidad, hasta tocar techo en 2010 con 76.000 personas entre rejas. En la actualidad, la expulsión de extranjeros a sus países ha reducido levemente la cifra.

Su libro está prologado por Daniel Pont Martín. ¿Quién fue, quien es Daniel Pont Martín?

Daniel Pont fue uno de los miembros más activos de la COPEL. Estuvo presente en su fundación a finales de 1976, participó en muchas de las acciones de protesta que tuvieron lugar en las prisiones en que estuvo, y llegó a ejercer de portavoz de la misma en el transcurso de una visita del director general de Instituciones Penitenciarias al Penal de El Dueso, donde estaban recluidos la mayoría de sus miembros más activos. Contar con su testimonio y el del resto de ex miembros de COPEL que he podido localizar ha resultado fundamental para poder reconstruir la historia de los hechos. Por otra parte, treinta y cinco años después, siguen reivindicándose víctimas de la dictadura y marginados por las leyes de amnistía, ya que todos ellos pasaron varios años en prisión por la aplicación de la Ley de Peligrosidad Social.

¿Cómo ha reaccionado la izquierda, en un sentido amplio de la noción, ante el movimiento o movimientos de los presos a lo largo de los años? ¿Han aprendido, han ido matizando sus posiciones? En el prólogo, Daniel Pont no habla con mucho entusiasmo de estas fuerzas.

La relación de la izquierda con el sistema penitenciario ha variado a lo largo del tiempo, y no ha sido igual para todos los partidos. A los partidos a la izquierda del PCE ya me he referido anteriormente. El Partido Comunista, desde luego, no se implicó lo más mínimo durante los primeros meses del movimiento liderado por COPEL. Aunque en el Parlamento, durante la tramitación de la Ley Penitenciaria, sus senadores sí elevaron diversas propuestas a favor de la libertad de asociación de los reclusos y un mayor control judicial sobre la administración, que fueron rechazadas por la mayoría parlamentaria. El PSOE, desde la oposición, a principios de los años ochenta, se mostró comprensivo con la situación de dejadez y malas condiciones que soportaban una gran parte de reclusos, y fruto de esta postura emprendió lo que se conoció como “minirreforma” penal. Pero las tornas cambiaron antes de acabar la primera legislatura socialista, cuando una “contrarreforma” volvió a endurecer les leyes.

Una década más tarde, el llamado Código Penal de la democracia, que resultaba más duro que el anterior de época franquista, al eliminar la redención de penas por el trabajo, fue aprobado por todos los partidos políticos, salvo el PP, que lo consideraba demasiado laxo. Durante su tramitación se rebajaron algunas penas y se despenalizaron ciertas prácticas, es cierto, pero también se dieron muestras paradójicas del abuso del Derecho Penal para solucionar problemas de otra índole. Por ejemplo, López Garrido, entonces en IU, se jactó de reclamar más dureza contra delitos contra el medio ambiente. No pongo en duda la necesidad de su protección, pero, ¿es el Código Penal la herramienta más adecuada? En los últimos años, el PSOE ha hecho un seguidismo fiel del PP en materia penal y sólo algunos parlamentarios de grupos minoritarios a su izquierda han señalado lo peligroso de esta deriva punitiva que contempla la cárcel como la solución a todos los problemas, aumentando, reforma tras reforma, la duración de las penas y restringiendo los beneficios penitenciarios. 

Creo que en el libro no se acaba de pronunciar, le pregunto ahora. Las drogas, la heroína más en concreto, que arrasaron barrios obreros y populares en años ochenta y noventa, ¿pudieron ser introducidas, permitidas o agitadas por las fuerzas policiales y de orden del Estado?

Esa es una teoría que ha circulado ampliamente entre sectores de la izquierda, particularmente en Euskadi. Parece más que plausible que así fuera, ya que su irrupción masiva a finales de los años setenta acabó por rematar la desmovilización de una parte importante de la juventud, que hasta entonces había estado muy implicada políticamente. Sin embargo, un especialista del tema como Juan Carlos Usó, se muestra crítico con los intentos de reducir un fenómeno tan complejo a una explicación unicausal, de tintes conspirativos. En prisión la droga entró como prolongación natural del consumo en los barrios populares: ¿hubo complicidad de funcionarios y policías? Sin duda alguna en numerosos casos, como demuestran las denuncias; en otros, incapacidad de poner coto a su consumo debido a la precariedad de medios y escasez de efectivos humanos frente a la creciente masificación de las prisiones. No creo que se pueda despachar este proceso en una afirmación rotunda, sin matices, pero lo cierto es que la droga acabó con la efímera solidaridad lograda y marcó a fuego los barrios populares y las prisiones durante más de una década.

Describe usted con emotividad la muerte de Agustín Rueda. Nos puede recordar quién era Agustín Rueda. ¿Qué pasó?

Agustín Rueda fue un joven anarquista de Sallent (comarca del Berguedà, Barcelona) que fue detenido por su implicación en los grupos autónomos de signo libertario que operaban entre Cataluña y el sur de Francia. Desde el primer momento se posicionó a favor de las luchas de los presos sociales y participó junto a éstos en algunas acciones de protesta. En marzo de 1978 en Carabanchel, lo descubrieron cavando un túnel y por ello fue salvajemente torturado hasta que murió poco después en la propia prisión sin recibir la debida atención médica. Su muerte, que intentó ocultarse, se convirtió en todo un símbolo del estado de dejadez de las prisiones y la demostración incontestable del abuso de la mano dura entre rejas. Mientras que el proceso judicial a los funcionarios, que se demoró una década y acabó con penas mínimas para los numerosos implicados, fue una demostración de la ausencia de depuración alguna en la magistratura y la indulgencia hacia estas prácticas.

 

 

Entrevista publicada en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global n.º 124, abril 2014

 

 

 

  Cárceles en llamas


30/05/2014 18:11:04 Versió per imprimir

“Las movilizaciones dentro y fuera de las prisiones por la libertad y la reforma integral del sistema penal conformó un verdadero movimiento social”

Entrevista a César Lorenzo Rubio sobre Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición (I)

 

Por Salvador López Arnal

Doctor en Historia por la UB, autor de diversos artículos y ensayos dedicados a explorar la relación entre prisión y movimientos sociales, César Lorenzo Rubio ha participado, junto al resto de miembros del Grupo de Estudio sobre la Historia de la Prisión y las Instituciones Punitivas, en la obra colectiva El siglo de los castigos. Prisión y formas carcelarias en la España del siglo XX.

Nuestra conversación se ha centrado en su última obra: Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición (Barcelona, Virus, 2013), con prólogo de Daniel Pont Martín.

***

Permítanme felicitarte. Su libro es magnífico y un verdadero regalo para todos, para los ya interesados y para los menos interesados. Déjenme empezar por el título: ¿desde y hasta cuándo estuvieron en llamas las cárceles españolas?

La agitación carcelaria durante la Transición empezó tras la primera medida de amnistía dictada por Adolfo Suárez, a finales de julio de 1976, y se prolongó de forma intensa y continuada hasta finales de 1978, aproximadamente. Pero durante los años siguientes, hasta 1983, hubo rebrotes periódicos de protestas, aunque sus formas y sus motivaciones variaron respecto a las de los años 77 y 78. Por tanto, estrictamente “en llamas”, no mucho tiempo y no todas, ya que la intensidad de los motines fue muy dispar, pero durante dos años, en prácticamente todas las prisiones del Estado se vivieron acciones colectivas de protesta y en al menos una decena, estos actos tuvieron grandes dimensiones, con centenares de presos implicados, destrozos de galerías enteras, abundantes desperfectos y, por supuesto, incendios.

Cuando habla de presos sociales, ¿de qué presos habla? ¿Por qué sociales? ¿Se incluye a las personas que fueron perseguidas por su orientación sexual?

Son los encarcelados por la comisión de delitos de Derecho común, es decir, sin intencionalidad política evidente; mayoritariamente delitos contra la propiedad. Este apelativo, en lugar de presos comunes, fue reivindicado por los propios presos y los colectivos que desde el exterior les daban apoyo para hacer explícita la referencia a las circunstancias que habían determinado sus conductas, y ya había sido empleado en los años veinte y treinta por presos anarquistas. Su razonamiento era el siguiente: hemos cometido estos actos ilegales forzados por las condiciones sociales que nos ha tocado vivir (pobreza, falta de educación y oportunidades de empleo, desigualdad…) y una vez detenidos, encarcelados en aplicación de leyes y por parte de tribunales caracterizados por la arbitrariedad y falta de libertades. Se consideraban a sí mismos víctimas de la sociedad y la dictadura, de ahí el nombre que adoptaron.

Las personas perseguidas por su orientación sexual lo fueron en aplicación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social; una nueva versión (aprobada en 1970) de la antigua Ley de Vagos y Maleantes, que también castigaba otras conductas consideradas “amorales” o “reprobables”. Por tanto, los represaliados por su orientación sexual también eran presos sociales, porque habían sido encarcelados por conductas prohibidas por la dictadura, que en países democráticos no eran consideradas delitos. De hecho, actualmente una existe una Asociación de ex presos sociales, que agrupa y reivindica a los miembros de colectivos LGTB represaliados por la dictadura.

Excelente noticia que desconocía. ¿Formaron los presos sociales de las cárceles españolas un verdadero movimiento social? ¿Consiguieron apoyos entre ciudadanos no directamente vinculados a ellos?

Ésta es una de las principales tesis que defiendo en el libro: que la suma de movilizaciones dentro y fuera de las prisiones a favor de la libertad de todas las personas encarceladas y la reforma integral del sistema penal y penitenciario conformó un verdadero movimiento social, y no se limitó a una mera sucesión de protestas inconexas. Bajo mi punto de vista, la cohesión interna que se logró durante un breve periodo de tiempo, tanto a nivel de discurso como de acciones, la interpelación al Estado para la solución del conflicto, y el impacto que todo ello tuvo en el ámbito penitenciario de los años de la Transición a la democracia le imprimen este carácter.

En lo tocante a los apoyos de la calle, los hubo de diverso tipo, pero es cierto que no fueron abundantes. Sus familiares (especialmente madres y esposas) y amigos, ayudados por abogados, crearon plataformas en diversas ciudades para ayudar difundir su causa. Estos comités y asociaciones constituyeron el núcleo duro del movimiento de solidaridad en la calle. Fuera de este círculo, los respaldos escasearon, pero no se puede dejar de mencionar la implicación del movimiento libertario y a mucha distancia, unos pocos grupos de la izquierda marxista radical; la complicidad de otros colectivos perseguidos por la Ley de Peligrosidad Social (“colectivos marginados”, en el lenguaje de la época), y algunos apoyos puntuales de intelectuales progresistas y senadores de grupos minoritarios.

¿Cómo se formó la COPEL? ¿Por qué la existencia del movimiento fue tan efímera?

La Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL) nació como respuesta al fracaso del primer motín de julio de 1976 en Carabanchel. Ante la no atención de sus demandas, los presos que participaron en la protesta a favor de una amnistía generalizada consideraron que debían organizarse mejor para lograr una respuesta afirmativa a sus reivindicaciones. Los individuos que formaron la COPEL pretendían crear una entidad que los representase: un sindicato o una asociación de presos que ejerciese de interlocutor ante la Administración del Estado, los medios de comunicación y la sociedad. Hay que tener presente que en esos momentos de apertura política estaban proliferando todo tipo de partidos, sindicatos y agrupaciones de diverso signo; los presos imitaron lo que sucedía en la calle. Pero la Administración penitenciaria nunca reconoció a la COPEL como interlocutor: desde el primer momento intentó desprestigiarla, acusándola de mafia dirigida por presos políticos radicales y ultraviolentos, con intereses ocultos. Cuando la intoxicación informativa no fue suficiente, el aislamiento y la dispersión de sus miembros más destacados impidieron prolongar mucho tiempo la precaria coordinación que se logró durante unos meses. Esta represión selectiva, unida a los problemas de convivencia que la pérdida de la esperanza en una salida masiva provocaron, acabó por desmovilizar a la COPEL, descabezada por arriba y minada por las tensiones internas. 

El movimiento de los presos, ¿no fue un movimiento muy masculino? ¿Qué papel jugaron en él las mujeres?

La gran mayoría de las acciones de protesta fueron protagonizadas por hombres, quienes también representaban el 95% de la población reclusa. Debido a esta desproporción, y a una menor agresividad y mayor capacidad de control en las cárceles femeninas, fueron pocos los actos de indisciplina por parte de mujeres, pero también los hubo: huelgas de hambre, sentadas en los patios, y algún conato de motín. Aunque donde mayor protagonismo tuvieron las mujeres fue en los grupos de apoyo a presos en el exterior. En la calle, sus madres fueron las primeras y más tenaces defensoras de los derechos de sus hijos presos, siguiendo una tradición que ya está presente durante el franquismo, entre las mujeres de militantes políticos, como ha documentado Irene Abad (En las puertas de prisión. De la solidaridad a la concienciación política de las mujeres de los presos del franquismo).

¿Se puede afirmar, como a veces se ha hecho, que fue un movimiento extremadamente violento y, en ocasiones, ciego, destructivo, aniquilador?

Calificarlo con estos adjetivos sin matización alguna es simplista y engañoso. El empleo de la violencia fue un recurso progresivo y con una finalidad instrumental, que en determinadas ocasiones acabó desbordando los fines reivindicativos y se convirtió en una explosión de rabia con la única finalidad de destruir, pero estos actos fueron la excepción. La mayoría de acciones usaban la violencia simbólica para llamar la atención sobre su causa: ocupando los tejados de las prisiones o autolesionándose de forma colectiva. Por otra parte, el empleo de la violencia no fue una práctica que sólo se pueda imputar a los presos: funcionarios de prisiones y policía actuaron de forma brutal para acabar con las protestas. Los motines generalmente acababan con el lanzamiento de botes de humo y pelotas de goma, cuando no disparos al aire de fuego real; y tras la evacuación de los tejados llegaban los temidos traslados nocturnos, a golpe de porra. Fue un movimiento que usó la violencia, sin duda, pero al menos durante los años en que la COPEL lideró las protestas (1977 y 1978), esta respondía a una estrategia. Cuando entró la heroína en prisión y el movimiento de presos empezó a flaquear, sí que aumentó notablemente la violencia interpersonal y los episodios de destrucción sin mayores objetivos.

Me salgo un poco del guión. ¿Qué período abarca, desde su punto de vista, la transición? Por lo demás: ¿transición hacia dónde?

A nivel de calle, y también académico, existe un cierto consenso en poner sus límites entre la muerte de Franco y la victoria socialista de octubre de 1982, aunque inicio y final pueden fluctuar en función del aspecto que se haga primar (legal, político, económico, cultural…). Y transición hacia un nuevo régimen político, la monarquía parlamentaria, la democracia. Ahora bien, una democracia nominal, con serios y profundos déficits, como estamos viendo cada día. Tras bastantes años de glorificación de este periodo por parte de ciertos sectores políticos y culturales, están siendo publicados cada vez más trabajos que cuestionan sus supuestas bondades. Este libro, modestamente, intenta aportar un granito de arena en la desmitificación del periodo y sus supuestos artífices.

Pues lo aporta desde luego. Habla usted en la introducción de dos visiones enfrentadas: una tradición de pensamiento económico-estructural y una concepción humana-pietista. ¿Nos hace un breve resumen de sus diferencias?

Los pocos estudiosos que en nuestro país se han interesado por el origen de la prisión se han alineado, básicamente, en torno a dos grandes enfoques, que Pedro Oliver ha calificado de esta forma y yo hago mía. La humano-pietista, representada por los historiadores del Derecho, cercanos a la Administración de Justicia estatal, que defiende una evolución histórica en positivo de la penas hasta el presente, al observar una mejora constante de las condiciones de reclusión, con la salvedad del periodo franquista. Y la económico-estructural, contraria a la anterior y muy crítica con el oficialismo penitenciario que aquella representa, la cual a partir de las enseñanzas del marxismo crítico y otras influencias teóricas, desarrolla una sociología penal que pone en duda la realidad de cada periodo, más allá de las declaraciones de intenciones recogidas en los textos legales. La obra, por si queda alguna duda, es heredera de la segunda.

Durante una gran parte del período estudiado por usted, o incluso durante todo él, ha habido también presos políticos en las cárceles españolas. ¿Qué relaciones mantuvieron unos y otros? Más en concreto, ¿qué relación mantuvo el movimiento con presos libertarios?

En los últimos años del franquismo, presos políticos y comunes, por lo general, mantenían una relación distante y recelosa, debido las diferencias sociales, culturales y de pensamiento que los separaban. Mientras que para unos la cárcel era casi una universidad, para los otros no pasaba de ser una parada obligatoria en un recorrido vital marcado por la marginalidad. La salvedad más extendida a esta tendencia fueron los presos ácratas. El anarquismo siempre ha rechazado la prisión como forma de castigo, y por ello, no ha hecho diferencias a la hora de denunciar la represión contra sus forzosos inquilinos. Por esta razón, cuando los presos comunes se dotaron de una conciencia “política” que les permitió denunciar su situación y proponer demandas, el movimiento libertario se volcó en su ayuda. En el interior, presos anarquistas compartieron protestas junto a los comunes o sociales; y en el exterior, la CNT y otros grupos se manifestaron en multitud de ocasiones a las puertas de las prisiones para darles su apoyo.

Pero, si me permite, yo mismo participé en muchas de esas manifestaciones y yo nunca he sido militantes de la CNT ni mi tradición ha sido la libertaria.

También algunos partidos de la izquierda radical hicieron declaraciones a favor de la luchas de los presos. Pienso, por ejemplo, en uno de junio de 1977 que firma Javier Álvarez Dorronsoro, en representación del Comité Ejecutivo del Movimiento Comunista reclamando un indulto general como paso previo a la reforma del sistema penitenciario, que iba seguido de la mayoría de siglas del ala izquierda de la sopa de letras (MC, PSP, FPS, PT, ORT, LCR, LC, AC, PCT, OIC, UC, y OCE). Pero lo cierto es que aparte de estas muestras, y de alguna otra de autoría confusa, yo no he encontrado demasiados indicios que permitan afirmar que los partidos de la lucha final se implicaron decididamente en la reivindicación de los derechos de los presos sociales, quizás por la perentoriedad de su propia lucha por la supervivencia, excesivamente minoritarios y acosados por la policía y la ley electoral. Otra cosa son sus militantes y simpatizantes, entre los que habría, seguro, participantes en las manifestaciones de apoyo a presos, así como profesionales (abogados, asistentes sociales, etc.) que se implicaron a fondo en esta lucha.

 

Entrevista publicada en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global n.º 124, abril 2014

 

 

 

  Cárceles en llamas


30/05/2014 18:01:04 Versió per imprimir

"La represión no es solo contra los Hermanos Musulmanes sino contra quien se opuso al golpe"

 

Por Alberto Pradilla

Tres años y medio después de la histórica movilización de Tahrir y la marcha de Hosni Mubarak, Egipto no es el mismo. Podría parecer que ha retrocedido, después del golpe de Estado de julio del pasado año que abrió un ciclo que se cerrará el próximo 25 de mayo con las elecciones que encumbrarán a Abdel Fatah al-Sissi. Marc Almodóvar, sin embargo, sostiene que el cambio va más allá. Y que la transformación provocada en la mente de los egipcios no permite una vuelta atrás sin respuesta.

-Más de tres años y medio después de Tahrir y a un año del golpe de Estado. ¿Podemos hablar de fracaso?

Es muy temprano para analizar si ha sido un fracaso. Han sido solo tres años para intentar derrocar un régimen que estaba instalado en la sociedad egipcia desde hace, por lo menos, 60, aunque podríamos ir más atrás. Acabar con esta estructura política y social muy bien cimentada es complejo. Estamos en un punto involucionista que intenta volver a algo parecido a donde nos encontrábamos antes. El cambio, sin embargo, se ha producido en la mente de los egipcios y esto provocará cambios a corto, medio y largo plazo.

-Recientemente se ha condenado a muerte a 683 miembros de los Hermanos Musulmanes.

Un paso más dentro de la oleada represiva y el punto involucionista tras el golpe de Estado. Hubo gente que se negó a calificarlo como golpe, pero hechos como estos lo confirman.. Se habla de la represión a contra los Hermanos Musulmanes, pero no solo es contra ellos, sino también a otras fuerzas islamistas y no islamistas. Estamos en un punto involucionista y el momento culminante serán las elecciones que tengan lugar dentro de un mes.

-Al mismo tiempo, un juez ha declarado ilegal al Movimiento 6 de abril, uno de los colectivos de la revolución egipcia.

Un paso más en este proceso totalmente orwelliano. La represión en Egipto no va solo contra los Hermanos Musulmanes, sino contra quien se opuso al golpe de Estado. También tenemos a gente de los Socialistas Revolucionarios en prisión por manifestarse pacíficamente en solidaridad con Khaled Said, el joven que murió apaleado por la Policía en Alejandría en 2011.

-En la pugna entre militares e islamistas, los primeros han terminado por imponerse.

Cometemos el error de volver a analizar lo que ocurre en Egipto como una guerra entre militares e islamistas. En las materias esenciales, como economía o libertades civiles, los dos son continuistas. Les diferencia una lucha por controlar ese pastel.

-Tampoco se puede obviar que ahora se ha desatado una «caza al islamista».

Hay carta blanca. Se ha generalizado la idea de que es un complot internacional para desestabilizar el país. ¿Hasta dónde puede llegar? El discurso de los medios y de parte de la sociedad da mucho miedo. ¿Puede llevar a guerra civil o a conflicto armado? Es más complicado, aunque también nos parecía en Siria y mira dónde está. También es cierto que los intereses internacionales son distintos y no creo que los Hermanos Musulmanes tengan capacidad para llevar el enfrentamiento hasta ese punto, a pesar de la persecución que sufren.

-¿Qué se puede esperar tras la previsible victoria de Al-Sissi el próximo 25 de mayo?

Un militar en primera línea política y las crisis que tendrá que afrontar Egipto van a erosionar la imagen del Ejército. Esto va a marcar un nuevo panorama. Tampoco podemos olvidar la ruptura generacional. El apoyo a Al-Sissi no viene de los jóvenes, que son el 60% de la población. Cuando la sociedad se vuelva a sentir ahogada, el dinero de Arabia Saudí escasee o no sirva para solventar los problemas de la calle, la rabia puede volver a estallar. Morsi cayó por no dar soluciones y aplicar las políticas del FMI. Esta agenda se está volviendo a imponer. De hecho, se anuncia el fin del subsidio energético y otras ayudas, por lo que el proceso puede tener un nuevo viraje.

 

Entrevista publicada en Gara el 05/05/2014

 

 

  Egipto tras la barricada


30/05/2014 17:51:21 Versió per imprimir

Santiago Alba Rico i Marc Almodóvar parlen d'Egipte en A Contratemps

Després d'un documental on es repassen els darrers anys en un Egipte convuls i conflictiu, Santiago Alba i Marc Almodóvar aprofundeixen en la realitat egípcia, el seu paper geoestratègic, els actors socials i polítics, els avanços i els retrocessos de les llibertats i els drets d'un poble en lluita per la seva emancipació

 

 

  Egipte rere la barricada


30/05/2014 17:28:01 Versió per imprimir

Próximamente: La barbarie deportiva. Crítica de una plaga mundial

la-barbarie-deportiva from Virus editorial on Vimeo.

 

En pocos días, a partir del 5 de junio, estará en la calle La barbarie deportiva. Crítica de una plaga mundial de Marc Perelman. Cuando la conflictividad social se acentúa en Brasil a las puertas de un mundial de fútbol que ha generado principalmente descontento e indignación, este libro analiza en perspectiva lo que hay detrás de un concepto tan incuestionado como el de deporte. Marc Perelman propone una crítica que abarca desde el papel de instituciones internacionales como la FIFA o el COI, hasta la manera en que la competición impregna moral e ideológicamente la vida cotidiana. La naturalización de las lógicas competitivas en la vida social, la normativización estética, la sexualidad y la homosexualidad en el deporte, o el transfondo religioso de los acontecimientos de masas, son algunos de los temas que aborda Perelman. Para él, el deporte se ha convertido en el hecho religioso del modo de producción capitalista.

Aquí podéis leer un ANTICIPO

Aquí podéis descargar la FICHA

 

La barbarie deportiva

En pocos decenios, el deporte se ha convertido en una potencia mundial ineludible, la nueva y verdadera religión del siglo XXI. Su liturgia singular moviliza al mismo tiempo y en todo el mundo a inmensas masas agolpadas en los estadios o congregadas ante las pantallas de todo tipo y tamaño que los aficionados visualizan de manera compulsiva. Estas masas gregarias, obedientes, muchas veces violentas, movidas por pulsiones chovinistas, a veces xenófobas o racistas, están sedientas de competiciones deportivas y reaccionan eufóricas a las victorias o a los nuevos récords, mientras permanecen indiferentes a las luchas sociales y políticas, sobre todo la gente joven.

La propia organización de un deporte de alcance planetario, fundamentado en un orden piramidal opaco, se ha erigido y consolidado como un modo de producción y reproducción socioeconómico que lo invade todo. El deporte, convertido ya en espectáculo total, se afirma como el medio de comunicación exclusivo, capaz de estructurar en toda su profundidad el día a día de millones de personas, desde la fisonomía de las ciudades, hasta los ritmos de trabajo y la estructuración del tiempo libre.

El nuevo récord, la mejora del rendimiento, el sometimiento del cuerpo por encima de los límites humanos, se convierte en la base del espectáculo, en su única motivación, en el fin que lo justifica todo, por lo que el dopaje y las intervenciones-agresiones en el cuerpo del atleta se han convertido en la normalidad de un deporte que juega al escondite con los controles antidoping, mientras los deportistas se lanzan a una carrera alcocada contra su propia vida.

Apisonadora aniquiladora de la Modernidad decadente, el deporte-espectáculo lamina todo a su paso y deviene el proyecto de una sociedad sin proyecto.

 

Marc Perelman nació en 1953. Arquitecto de formación, escribió una tesis de filosofía sobre la relación entre el cuerpo y la arquitectura. Es profesor de estética en la Université Paris Ouest - Nanterre La Défense. Fue uno de los fundadores de la mítica revista de crítica del deporte Quel corps? Fundó y dirigió Les Éditions de la Passion. En Éditions Verdier dirige la colección «Art et architecture», y en Presses de Paris Ouest, la colección «Livre et société». Es autor de numerosos libros, entre los que destacan L’Ère des stades: Genèse et structure d’un espace historique, Urbs ex machina, Le Corbusier y (con Jean-Marie Brohm) Le Football, une peste émotionnelle.


28/05/2014 15:17:08 Versió per imprimir

Ha muerto Salvador Gurucharri

En la imagen Salvador Gurucharri junto con Tomás Ibáñez en la presentación de Insurgencia libertaria

 

El histórico militante anarcosindicalista Salvador Gurucharri, autor junto con Tomás Ibáñez de Insurgencia libertaria. Las Juventudes Libertarias en la lucha contra el franquismo (Virus editorial) y de Bibliografía del anarquismo español 1869-1975. Anotaciones para una bibliografía razonada (Barcelona, 2004), ha sido encontrado muerto en su casa, sin que aún se conozcan las causas de su muerte. En unos días informaremos de los actos de homenaje que se llevarán a cabo.

Salvador Gurucharri Ochoa (Barcelona, 1936) ingresó en la sección londinense de la CNT y la FIJL en 1956, desde donde es tableció lazos con las Juventudes Liber ta rias de París. Participó en el proceso de reunificación de la CNT en 1960 y en las fases preparatorias de Defensa Interior. Como se cre tario de la Comisión de Relaciones de la FIJL participa en la Comisión de Defensa. Fue detenido en 1963, en una macrorredada de las autoridades francesas contra medios libertarios, y asignado a vigilancia en París, donde integró la Comisión de Relaciones clandestina. En 1965 marchó a Bruselas para constituir la Delegación Exterior de la FIJL. Tras su vuelta a España en 1976 se situó en la corriente oficial sin participar en el desgarrador V Congreso. En los años noventa milita en la CNT de Cataluña desconfederada. Dirigió Solidaridad Obrera hasta 1999 y es autor Bibliografía del anarquismo español 1869-1975. Anotaciones para una bibliografía razonada (Barcelona, 2004) y (junto con Tomás Ibáñez) de Insurgencia libertaria. Las Juventudes Libertarias en la lucha contra el franquismo (Virus editorial, 2010)


14/05/2014 10:54:45 Versió per imprimir

Quin anarquisme tenim? Quin anarquisme volem?

El pensador llibertari Tomás Ibáñez i l'editor de Muturreko Burutazioak Juantxo Estebaranz parlen del present de les idees i les pràctiques llibertàries arran de la publicació del llibre de Tomás Ibáñez

Anarquismo es movimiento. Anarquismo, neoanarquismo y postanarquismo

Dijous 22 de maig a les 19:30 a l'espai Virus editorial (Junta de Comerç 18 baixos, Raval)

 

 

A pesar de que muchos lo habían relegado al museo de la historia, el anarquismo muestra hoy en día una pujante vitalidad, que se hace presente de múltiples maneras a lo largo y ancho del planeta. Este vigor se explica por el hecho de que, siendo refractario al estancamiento y a la simple repetición, el pensamiento libertario ha sabido abrirse a su propia renovación.

En un mundo huérfano de ideas transformadoras, el anarquismo ha contribuido a revalorizar el pensamiento utópico, impregnando las prácticas y las ideas de muchas luchas no explícitamente anarquistas. La vitalitad del anarquismo y su propia posibilidad de ser y continuar siendo depende precisamente de esa capacidad de transformarse en y desde la acción, de aunar ideas y práctica en la construcción de una realidad actual, no dejando para mañana lo que puede ser hoy y, por lo tanto, no prometiendo futuros mejores a costa de sacrificar el presente.

En la presente obra el autor nos invita a descubrir las razones y las nuevas modalidades de este resurgimiento, que se manifiesta especialmente en el neoanarquismo y el postanarquismo.

 

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12/05/2014 11:42:29 Versió per imprimir

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