Un libro sobre los presos olvidados del franquismo y el postfranquismo

 
Por Lara Ferri Bertran
 
Los años de la Transición fueron trascendentales en la historia de nuestro país, pero también convulsos. Las heridas sin cicatrizar causadas durante la guerra, la posguerra y el franquismo volvieron a abrirse con gritos y gestos de protesta para reivindicar todo aquello que les habían privado durante décadas. Uno de los colectivos que se sublevó contra las injusticias del régimen franquista fueron los 'presos sociales', denominación que indica su condición de víctimas de una sociedad punitiva, estricta y agonizante que les aplicaba penas de cárcel bajo leyes como la Ley de Vagos y Maleantes o la de Peligrosidad y Rehabilitación Social.

Tras el final del régimen dictatorial, mucho de estos presos reclamaron a un gobierno muy joven la amnistía y la libertad, así como un cambio radical en la legislación penitenciaria. Y es en este contexto, en el desarrollo de manifestaciones, luchas y reclamos, en el que César López Rubio, Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona, ha publicado el libro 'Cárceles en llamas, el movimiento de los presos sociales en la Transición'. Este estudio, resultado de la tesis doctoral del escritor, supone dar luz a muchos aspectos oscuros de la conflictividad carcelaria  y el proceso de transformación de las prisiones en la época del Generalísimo hasta el sistema penitenciario que se mantiene hasta la actualidad.

 

Dado este cambio, tanto en el sistema político como social o ideológico, no era extraño ver en los tejados de las cárceles a decenas de 'presos sociales' reclamando el reconocimiento de su inocencia. La situación de protesta se agravó más cuando las manifestaciones fueron acompañadas por violencia y enfrentamientos, presos heridos, muertos y cárceles destrozadas. Pronto se creó la COPEL (Coordinadora de Presos en Lucha) que daba voz y voto al conjunto de presos y firmaba en su nombre los manifiestos que también fueron acompañados por huelgas de hambre, autolesiones y motines. El escándalo y el descontrol obligaron al gobierno de Adolfo Suárez a declarar la primera amnistía en 1976 y la Ley de amnistía de 1977. Sin embargo, el gesto político no fue suficiente para los 'presos sociales', aunque sí para los 'presos políticos' que fueron liberados.

 

No fue hasta la Ley Penitenciaria de 1979 cuando los 'presos sociales' tuvieron reconocida su libertad de todo cargo y se recogieron algunas de las exigencias transmitidas por la COPEL que humanizaban las condiciones de vida en las prisiones. No obstante, el gobierno no llevó a cabo una limpieza de funcionarios tal y como reclamaba la coordinadora. Mucho de ellos fueron testigos mudos y tapaderas de los miles de abusos que se cometieron contra los presos en los años de la dictadura. La COPEL se disolvió el 1978 después de una larga lucha. Poco a poco se abandonaron la conducta y el colectivismo carcelario mientras la heroína se convirtió en moneda de cambio y esencia de vida de muchos presos durante finales de los años 70 y la década de los 80.

 
 
 
Reseña publicada en Lennon, el 08/07/2014

 

 

Cárceles en llamas


05/07/2014 17:51:40 Versió per imprimir

Un trabajo sobre las cárceles de la transición, más allá de lo académico

Por Argelaga

La cárcel y el campo de influencia del derecho penal, que señalan a quien no ofrece «seguridad cognitiva» para el sistema tecnológico de dominación y explotación, abocándolo a la destrucción, son uno de los frentes donde más evidente se muestra la injusticia, la explotación y la opresión ejercidas por el sistema dominante
sobre la población. Sin embargo, allí no es necesario tomar tantas medidas preventivas como en otros campos (Ley de Seguridad Ciudadana, reforma del Código Penal, Ley de Seguridad Privada, etc.) porque éstas ya han sido tomadas. Después de la violencia policial directa, la cárcel es el terreno más avanzado en el despliegue
de los mecanismos de dominación social, donde se produce con más intensidad el choque entre los oprimidos y la dominación. Por eso, como describe claramente este libro editado por Virus, la administración penitenciaria ha estado a la cabeza de ese movimiento general de endurecimiento del control, del castigo, y, en general, de la violencia directa del Estado y del mercado a cuya penúltima vuelta de tuerca asistimos ahora. Cárceles en llamas, primer libro de César Lorenzo, es el resultado del trabajo al que ha dedicado apasionadamente durante varios años todas sus energías y a través del cual ha hecho su aprendizaje como historiador. Aunque se ha movido sobre todo en la universidad, produciendo sobre el mismo tema una tesina de licenciatura, varios artículos y una tesis doctoral, ha sabido abrirse también a otros ámbitos, donde se ha encontrado con abogados y antiguos miembros de la copel, militantes de grupos de apoyo, etc., que han aportado, además de sus testimonios e ideas, una parte importante, en cantidad y calidad, de la documentación utilizada.

Trata, de acuerdo con el subtitulo, del «Movimiento de los presos sociales en la Transición» como un episodio de la lucha por la amnistía. De la intervención espontánea y autoorganizada en ella, con la copel (Coordinadora de Presos en Lucha) en un papel destacado, de los autodenominados presos sociales, exigiendo salir también a la calle, con el principal argumento de que su situación, tan injusta como la de los presos políticos, era también
producto del franquismo. El movimiento se extendió desde la cárcel de Carabanchel al resto de las cárceles del Estado español, de decreto de indulto en decreto de amnistía, hasta la Ley de Punto Final de octubre del 77, cambiando después su reivindicación principal de amnistía por la del indulto general, hasta que la Constitución del 78, al prohibir explícitamente este tipo de medidas, de las fuerzas político-mediáticas que se estaban
repartiendo el pastel de la democratización postfranquista. Con tácticas como los plantes, motines,  autolesiones colectivas, ruptura de juicios, etc.; con una organización asamblearia basada en la esperanza de libertad generalizada entre los presos y con un discurso muy bien articulado le cerró definitivamente el camino, ya considerablemente obstaculizado por la violenta represión, la indiferencia de la mayoría de la población y las astutas maniobras de deslegitimación en sus tablas reivindicativas y otros documentos de batalla, en el que consiguieron, con ayuda de algunos abogados radicales, una verdadera «radiografía crítica» del sistema penal español. Su idea general de la Transición es que ésta no la hicieron desde sus posiciones de poder algunos hombres providenciales animados por una especie de «vocación democrática», sino que surgió del conflicto entre los intereses dominantes a los que aquéllos servían y la presión desde abajo de una serie de «movimientos sociales», que obligaron a los dirigentes con su acción reivindicativa a cambiar lo necesario para que nada cambiara. El movimiento de los presos y la copel habrían cumplido ese papel en el campo penal y penitenciario.

Intenta concebir la acción colectiva de los presos en esos años como un «movimiento social», definiendo con claridad lo que para él significa esta expresión. En un diálogo explícito con sus autores de referencia, historiadores y sociólogos «de la acción social», da cuenta exacta de la construcción y adopción del concepto correspondiente y lo contrasta con los hechos establecidos en su relato historiográfico, donde analiza e  interpreta exhaustivamente documentos y testimonios, con una argumentación clara y transparente por la que reconstruye ante nuestros ojos el curso de los acontecimientos, describiendo al mismo tiempo los factores que contribuyeron a darles forma. Por un lado, la lucha de los presos, sus esfuerzos de reflexión, organización, acción y comunicación entre ellos y con el exterior, articulación de sus reivindicaciones, excavación de túneles...

Por el otro, las medidas de «pacificación» puestas en juego por la administración carcelera: represión violenta, astuta negociación, manipulación mediática, legislación, construcción… El concepto de «movimiento social» integra las luchas desde abajo en la democracia, pero para nosotros esa integración es una trampa que responde a la ideología izquierdista de una facción de la partitocracia resultante de la transacción, transmitida al aluvión alternativo, apartado a un lado por el avance de la corriente dominante, mas casi siempre ansioso de reincorporarse a ella.

Nosotros sustentaríamos o estaríamos interesados en construir otra concepción de los sujetos o agentes colectivos. Al optar por el izquierdismo, el autor obvia casi totalmente el movimiento asambleario de los años
sesenta y setenta, basado en la acción directa y el diálogo colectivo, cuya existencia, desarrollo y protagonismo
ha sido silenciada y tergiversada por la historiagrafía aún en mayor medida que el problema carcelario. El asambleario fue un «movimiento» mucho más profundo,de alcance más integral, que cualquiera de los llamados «movimientos sociales», parciales y siempre integrables. Esa es la herencia que merece la pena preservar y prepararse para transmitir y recibir, tanto más allá como más acá de los muros. 

 

Reseña publicada en Argelaga n.º 4, abril de 2014

 

 

  Cárceles en llamas


30/06/2014 16:13:19 Versió per imprimir

«Nunca se toma el poder, sino que es el poder quien nos toma»

Por Brais Benítez

Tomás Ibáñez (Zaragoza, 1944) vive con los ideales libertarios como guía. Hijo del exilio en Francia, comenzó su andadura política en los grupos juveniles anarquistas franceses y de jóvenes exiliados españoles. Desde principios de los sesenta hasta inicios de los ochenta, volcó sus energías en la construcción de organizaciones libertarias, la lucha antifranquista y la reconstrucción de la CNT en 1976.

Autor de numerosos ensayos sobre disidencia, anarquismo y lucha contra la dominación, recientemente ha publicado Anarquismo es movimiento (Virus, 2014), en el que repasa la vigencia de los ideales y postulados anarquistas en la actualidad. Ibáñez analiza el resurgimiento del anarquismo en el siglo XXI, y cómo este ha impregnado las luchas de los movimientos sociales, desde el 15M a la expansión de los centros sociales autogestionados, las cooperativas de consumo y las redes de economía alternativa. Alerta de los peligros que deben afrontar estos movimientos en el paso a la lucha por la vía electoral que algunos de estos ya preparan.

“Los cantos de sirena que anunciaban amaneceres radiantes se han extinguido”, afirma en el libro. ¿Ya no es posible esperar la liberación, la ‘anarquía’ como estado de las cosas, que postulaba el anarquismo?

Esos cantos de sirena situaban en un futuro más o menos lejano la recompensa que recibirían las luchas emancipadoras, y esa recompensa era tan fabulosa que servía para evaluar las luchas en función de cuanto nos acercaban a la ansiada meta. Lo que ya no es posible es mantener ese tipo de discurso de claro raigambre religioso, hoy hemos aprendido que el valor de las luchas no depende de las promesas que encierran sino que radica en su propio acontecer, en sus características substantivas, y en lo que permiten crear en el presente. La extinción de esos cantos oblitera la fascinación por la tierra prometida y la supeditación del trayecto a su desenlace, pero nada nos dice acerca de la posibilidad o no de alcanzar algún día una sociedad de tipo anarquista. Con independencia de que esto ocurra o no, la anarquía no radica en el futuro sino en el presente, en cada lucha, en cada logro, que reflejen sus preceptos. Con la extinción de los cantos de sirena también se derrumba la creencia en el brusco advenimiento de una sociedad que camine hacia la anarquía sobre las ruinas aun humeantes del actual sistema, el gran y fulgurante estallido revolucionario que aportaría la definitiva liberación es tan solo un mito, como también es un mito una sociedad libre de conflictos, de tensiones y de luchas. No hay ningún amanecer radiante al final del camino, simplemente porque el camino no tiene final, cada amanecer deberá ser luchado día a día, una y otra vez. Ahora bien, esto no significa que no sea preciso cultivar la utopía, pero sabiendo que sólo representa una guía para actuar en el presente y no la prefiguración de la meta que se alcanzará algún día.

Sostiene que “el anarquismo resurge en el siglo XXI, se reinventa”. ¿Qué características deja atrás y cuáles aparecen?

En la medida en que el anarquismo se fragua en el seno de las luchas contra la dominación es lógico que cambie cuando estas se modifican para seguir haciendo frente a la emergencia de los nuevos dispositivos de poder. Es decir, aquello a lo que se enfrenta el anarquismo cambia y eso le hace cambiar. Lo que el anarquismo contemporáneo deja atrás es, entre otras cosas, un conjunto de ideas influenciadas por la Modernidad, tales como la fe inquebrantable en el progreso, el encumbramiento acrítico de la Razón, una concepción demasiado simplificadora del poder, unas prácticas acordes con lo que fue la centralidad del trabajo, y también deja atrás un imaginario revolucionario construido en torno a la gran insurrección del proletariado. Se configura un anarquismo más táctico que estratégico, más presentista que utópico, donde lo que importa es la subversión puntual, local, limitada, pero radical, de los dispositivos de dominación, y la creación aquí y ahora de prácticas y de espacios que anclan la revolución en el presente, transformando radicalmente las subjetividades de quienes las desarrollan. Lo que también caracteriza al anarquismo contemporáneo es un menor encapsulamiento en sí mismo, una mayor apertura a construir conjuntamente con otras tradiciones no específicamente anarquistas una serie de proyectos y de luchas comunes.

Señala que el anarquismo “es una cosa del hoy, aquí y ahora”. ¿En qué se concreta actualmente en nuestros barrios?

El anarquismo se ha involucrado en el intento de construir una realidad vecinal hecha de realizaciones concretas, como son las cooperativas de consumo, de producción, de educación, los CSOA, las librerías, las redes de economía alternativa. No hay que olvidar que la progresiva destrucción de la vida vecinal ha sido uno de los factores que han restado fuerza al anarquismo en la medida en que es precisamente en los barrios donde se pueden tejer relaciones transversales que cuestionan distintos dispositivos de dominación, y no sólo los que se sitúan en el ámbito laboral.

También hace referencia a los “guardianes del templo”, que pretenden un “anarquismo embalsamado”, como una amenaza para la pervivencia del anarquismo. ¿Quiénes son los ‘guardianes del templo’? ¿Qué anarquismo pretenden preservar contra la fuerza de los cambios?

Digo en el libro que estuve guerreando durante un tiempo contra los “guardianes del templo” y, en efecto, durante los años de mi militancia anarquista más intensa, es decir desde principios de los años sesenta hasta los ochenta, estos constituían un serio problema en el seno de los movimientos libertarios de Francia, de Italia, o de España, por citar tan solo los que mejor conozco. Su voluntad de preservar la pureza del anarquismo heredado, de evitar cualquier contaminación por ideas o por prácticas surgidas fuera de sus fronteras, su fe, casi religiosa, en la incuestionable superioridad del anarquismo, y su dedicación a la tarea de velar por la inmutabilidad de su esencia, les encerraban en un dogmatismo y en un sectarismo impropios de cualquier sensibilidad mínimamente anarquista. Las expulsiones, las descalificaciones, las escisiones, no eran, por aquel entonces, nada infrecuentes. Hoy la propia fuerza de los cambios ha vaciado de energía las proclividades sectarias y los “guardianes del templo” ya no representan ningún problema, aunque no está de más permanecer atentas a eventuales rebrotes de actitudes fundamentalistas.

¿Qué puede aportar el anarquismo a los movimientos sociales en la actualidad?

Mucho. El anarquismo puede hacerles beneficiar de la larga experiencia que ha acumulado con relación a unos modos de funcionamiento que estos movimientos están reinventando actualmente, pero que él viene practicando desde hace mucho tiempo: modos de debatir, de decidir, de actuar basados en la democracia directa, en la horizontalidad, en el respeto de las minorías, en la no delegación permanente, en la acción directa, etc. También puede fortalecerles en el recelo que ya manifiestan hacia el ejercicio del poder, o en su desconfianza hacia la figura política de la “representación”. Vale la pena recordar en este punto la manera en la que Michel Foucault denunciaba “la indignidad de hablar en el nombre de los demás”. En la medida en que la memoria histórica de innumerables luchas surgidas “desde abajo” ha sedimentado en el seno del anarquismo, y en la medida en que las experiencias y los saberes históricos ayudan a entender mejor el presente, es obvio que el anarquismo puede ser de gran utilidad para los movimientos emergentes. Por fin, el anarquismo también puede revelarse útil poniendo de manifiesto, de forma crítica, los errores que se han cometido bajo los pliegues de su propia bandera.

¿Y qué prácticas actuales de los movimientos sociales pueden inscribirse en los preceptos del anarquismo?

La horizontalidad, el modo de conducir los debates, de elaborar las propuestas y de tomar las decisiones, el acento puesto sobre el carácter “prefigurativo” que debe impregnar los contenidos y las formas de las luchas, es decir, la insistencia sobre la necesidad de que las prácticas que se desarrollan no contradigan los fines que se persiguen. También cabe mencionar la práctica de la acción directa y el escepticismo frente a las mediaciones, la crítica de la delegación y de la representación, o el rechazo del centralismo y del vanguardismo, sin olvidar la aversión hacia cualquier forma de dominación, etc.

¿Hubo anarquismo en la eclosión del 15M?

Lo hubo, por supuesto. Suscribo plenamente las palabras de Rafael Cid cuando se refiere a él como a una “inesperada primavera libertaria”. A partir del momento en que el único sujeto político legítimo fue la propia gente que estaba presente en las plazas y que estaba implicada en la lucha, al margen de cualquier instancia exterior a ella misma, ya estábamos de lleno en el corazón de los preceptos anarquistas. Si añadimos que el recelo hacia la representación se manifestaba con una fuerza impresionante, aun resaltan más nitidamente los rasgos libertarios que lo caracterizaban. Desde mi propia concepción del anarquismo, el hecho mismo de que no se aceptasen manifestaciones identitarias, aunque fuesen anarquistas, refuerza el carácter anarquista del 15M. Saber si hay anarquismo, hoy, en el 15M es algo que se me escapa por no haber seguido con la suficiente atención su evolución más reciente, pero intuyo que su carácter heterogéneo y polimorfo habrá sabido preservar enclaves de anarquismo.

¿Lo sucedido en Can Vies (en el barrio de Sants de Barcelona), en la que sus ocupantes, con los vecinos, han seguido trabajando al margen de lo que pudiera pretender el ayuntamiento (por ejemplo reconstruyendo el centro) refleja la pervivencia de las ideas anarquistas?

Más que la pervivencia de las ideas anarquistas, lo que refleja lo sucedido en Sants es el entronque, o la sintonía, entre algunas de las características del anarquismo por una parte, y el tipo de prácticas que se desarrollaron, y que se siguen desarrollando, en el conflicto de Can Vies, por otra. Sintonía también con la sensibilidad que manifiestan amplios sectores de los colectivos que protagonizan la actual insumisión de carácter social y político. Las asambleas abiertas, la negativa a negociar lo que se considera innegociable, el rechazo de cualquier pacto que implique participar en el sistema y someterse a su lógica, la fusión de lo existencial y de lo político, es decir la no separación entre la forma de vivir y de ser, por una parte, y las prácticas políticas por otra, la acción directa manifestada incluso en la decisión de no dejar en manos ajenas la reconstrucción del edificio, todo esto establece fuertes resonancias entre el anarquismo y lo sucedido en Can Vies. La pervivencia, o incluso, la actual pujanza del anarquismo barcelonés en el seno de algunos colectivos jóvenes se manifestó en los enfrentamientos nutridos, en parte, por las columnas que confluyeron hacia Sants desde diversos barrios.

En un pasaje del libro afirma que “luchar contra el Estado consiste también en cambiar las cosas ‘abajo’, en las prácticas locales”. En los últimos años han surgido diversas experiencias autogestionadas y movimientos sociales que, como la PAH, han ejercido de contrapoder al Estado. Si estas optan por la vía electoral, ¿corren peligro de perder su fuerza emancipadora?

Desde mi punto de vista ese peligro es evidente. La integración en el sistema, asumiendo algunas de sus prácticas y adquiriendo parcelas de poder, con el loable propósito de combatirlo y de transformarlo desde dentro, desactiva más pronto que tarde la fuerza de cualquier política emancipadora. No es que, como reza el consabido tópico, “el poder corrompe…”, sino que “para llegar al poder ya hay que estar corrompido”, es imposible de otra forma porque no hay camino hacia el poder que no implique prácticas más o menos torticeras, así como múltiples dejaciones y compromisos de mayor o menor calado. Por eso soy tan ferviente defensor del ejercicio del “contrapoder” como virulento crítico del “poder popular”. El hecho de reivindicar y de trabajar para consolidar este último conduce casi siempre a dar finalmente el salto hacia la vía electoral, y, claro, cabe preguntarse ¿qué pasa entonces con el clamor de que “no nos representan”, o con el legítimo grito de “que se vayan todos”?

En línea con lo anterior, si movimientos sociales y grupos con prácticas horizontales, asamblearias y autogestionarias, llegan al ‘poder’, toman las instituciones, ¿pueden llegar a perder estas características?

No es que puedan llegar a perderlas, es que las perderán sí o sí, inevitablemente. Nunca se “toma” el poder sino que es el poder quien “nos toma”, porque como bien decía Agustín García Calvo, “el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas”, usarlas es reconocer su victoria y adoptar su rostro. No es preciso haber estudiado mucha psicología ni mucha sociología para saber que la inmersión en un determinado contexto y el hecho de asumir sus prácticas incide sobre la forma de ser y de pensar de cualquiera que se preste a ello. Para poder auto justificar la propia conducta es preciso poner en consonancia las ideas asumidas hasta entonces como propias con las practicas efectivamente realizadas, ignorando la indesligable simbiosis entre ideas y prácticas propugnada por el anarquismo, y olvidando aquella famosa pintada en los muros del Paris de 1968 que decía: “Actúa como piensas o acabaras pensando como actúas” . Un movimiento como el que mencionas en tu pregunta no intentaría nunca dar el salto hacia la conquista del poder si estuviese animado por la profunda convicción de que nunca ningún ejercicio de poder conseguirá engendrar un espacio de libertad.

 

Entrevista publicada en La Marea, el 30/06/2014

 

 

  Anarquismo es movimiento


30/06/2014 15:53:26 Versió per imprimir

"Amb el llibre de Kate Evans em podia veure a mi mateixa "

Per Alba Padró

El llibre de Kate Evans no em resultava desconegut, és a dir, no l’havia tingut mai entre les mans però coneixia alguna de les seves enginyoses vinyetes. De fet pensava que era un llibret petitó amb quatre dibuixos, tipus còmic, i que poca xitxa més tenia. La sorpresa va ser majúscula quan vaig obrir el sobre que em portava el missatger! No era un llibret de lactància, era un tros de llibre.

Un primer cop d’ull a l’índex permet adonar-te de la quantitat de temes que tracta. Temes que són els dubtes habituals de les mares: Tinc llet suficient? Amb quina freqüència ha de menjar? Com donar el pit a la criatura?…mhhh aquest llibre promet!

Mireu que tinc llibres de lactància en anglès o traduïts al castellà escrits per autors/autores d’altres parts del planeta i sovint sento que hi ha temes que no encaixen (encaixaven) amb la meva realitat. Ja sigui per les imatges, els textos o les situacions plantejades, tot i parlar de lactància el llibre no era del tot representatiu de la meva realitat. Amb el llibre de Kate Evans això no m’ha passat! Em podia veure a mi mateixa fa uns anys i a les mares que acompanyo en les situacions diàries de lactància. Però com us he dit “el alimento del amor” és per sobre de tot un llibre il·lustrat, i Evans és una il·lustradora divertida i generosa!

El llibre té aquesta segona part més visual que et permet, si vols, no haver de llegir massa, gaudir de les vinyetes que il·lustren cada tema, rebre informació molt ràpidament i seguir gaudint del llibre sense haver-te de centrar en una lectura densa que sovint no ve massa de gust a les mares acabades de nomenar. A més els dibuixos de Evans són generosos perquè dibuixa dones normals, amb pits corbes, despentinades, amb cara de cansament i estries. No fa servir dibuixos de dones perfectes que quan els veus (des de la visió d’una mare acabada de parir, esgotada i aclaparada per la situació) no et deixen de recordar com n’estàs de malament, plasma la realitat! I per mi aquest és un dels grans encerts del llibre.

Em sembla un llibre molt pràctic per reglar a les embarassades o les mares novelles que no tenen problemes de lactància però que sí que els cal veure’s relaxades i veure les seves decisions validades i dins la normalitat.

Si n’he de dir alguna cosa negativa, em centraria en la part de consells per solucionar problemes del pit, encara parla de càndides i de tractaments per guarir-les… Tal com estan ara mateix els coneixements de lactància aquestes recomanacions poden crear confusió a les mares que el llegeixin.

I no us podeu perdre la darrera pàgina de llibre! Evans encerta al deixar clar a les seves lectores que una vegada llegit han de passar del llibre! Que s’han de treure la maleïda culpa de sobre i hi han de seguir fent el que fan. Gran i meravellós consell! En resum un llibre molt recomanable ja sigui per regalar o per auto regalar, per riure una mica de la transcendència que donem a vegades a la lactància i per entendre que les dones podem fer-ho!

 

Ressenya publicada al blog Som la Llet del suplement Criatures del diari Ara, el 18/06/2014

 

 

 

  El alimento del amor


20/06/2014 15:17:14 Versió per imprimir

Un espacio-tiempo social dependiente del deporte

El arquitecto francés Marc Perelman aborda en este ensayo un recorrido por el lado oscuro del deporte, sean demostraciones olímpicas o disciplinas de masas, como catalizador de los peores efectos de la globalización financiera. El espacio y tiempo de la sociedad, más que atravesados por el deporte, se han vuelto dependientes de éste, debido a fenómenos articulados entre sí: su irresistible  expansión, bajo el dominio del fútbol; la asimilación o integración en su empresa de todas sus derivas y excesos (dinero, violencia, dopaje...), que actualmente constituyen el corazón del espectáculo deportivo. A ello se añade la desaparición de la crítica, debido, ante todo, al peso de las "victorias" del deporte, entre las cuales destacan "la masificación alienante, el ideal de una globalización consumada a través del espectáculo del furor emocional de las masas retransmitido por televisión, la integración del deporte en la vida cotidiana y en calidad de vida cotidiana, y en la actualidad el desmoronamiento del principal tabú, que estaba constituido por el dopaje y que había hecho sentir todo su peso durante muchos años.

 

Reseña publicada en Le Monde Diplomatique n.º 224, julio 2014

 

 

 

  La barbarie deportiva


17/06/2014 14:49:55 Versió per imprimir

La liturgia del juego. Brasil 2014

Por José Martínez Rubio

La Copa del Mundo ha comenzado en Brasil a ritmo de samba, Ricky Martin y guerrilla urbana. O lo que es lo mismo: cerveza para todos, Pitbull y ocho muertos en la remodelación de los estadios que serán las sedes del Mundial. A contrarreloj igual que sucedió el 26 de mayo de 2008, cuando murieron 4 trabajadores en las obras del Nuevo Mestalla, cuya inminente inauguración –que nunca se produjo- obligaba a doblar horas y turnos de trabajo; muertos que no cuentan en la historia del deporte, ni en la historia de una ciudad, ni del urbanismo y sus expectativas. ¿Fatalidad? La fatalidad nunca puede ser explicada, y estos sucesos en efecto se explican desde el punto de vista de la violencia: la violencia con que desalojan barrios enteros de pobres en Río de Janeiro; la violencia con que se reprimen las manifestaciones ciudadanas que denuncian los bajos salarios, la insuficiente inversión en sanidad o en educación, la escandalosa inversión de capital público y privado en este espectáculo mundial y en los Juegos Olímpicos de 2016... La violencia de la militarización del espacio público. La violencia del espectáculo. La violencia de la desproporción: por la parte que nos toca, la selección española se rembolsará 720.000 euros por jugador en caso de ganar el Mundial.

Sostiene Marc Perelman en La barbarie deportiva que es el deporte, con todas sus consecuencias sociales y culturales, el que configura un nuevo totalitarismo y un nuevo imperialismo contemporáneo bajo los efectos alucinógenos de los penaltis no pitados, los goles en el último minuto y la fascinación muscular de los jugadores. Todo con sabor a Coca Cola: la chispa de la vida. Perelman subtitula su ensayo en tanto que “Crítica de una plaga mundial”, una plaga que imprime no solo un nuevo modelo de vida, sino también un nuevo modelo de sociedad y un nuevo modelo de ciudad.

Deporte, hegemonía y capitalismo

El deporte sirve al poder y vale fundamentalmente para legitimar a la clase hegemónica. Las Olimpiadas de Berlín en 1936 sirvieron para mostrarle al mundo de lo que era capaz de alcanzar Alemania. El Mundial de Argentina en 1978 sirvió para que el genocida Jorge Rafael Videla entregara la copa de vencedores al capitán Daniel Passarella, entre los aplausos del pueblo y de las autoridades políticas que llenaban el estadio y los televisores, mientras en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) se “desaparecía” a la oposición política (30.000 detenidos desaparecidos en total). Las Olimpiadas de Moscú en 1980 o las de Pekín en 2008 buscaban, a través del deporte, mostrar la potencia del modelo comunista, asombrar al mundo con un espectáculo nunca visto, con un derroche económico incalculable que fascinara y que aterrorizara a nivel político y diplomático. Barcelona 92 fue nuestra sonrisa europea, nuestro agradecimiento hipotecado al mundo del que ya formábamos parte como democracia recobrada del agujero de la historia.

El fútbol, el deporte o las Olimpiadas son la estrategia que tiene el capitalismo internacional para extender su ideología ultraliberal y reforzar su implantación en nuevos mercados, legitimar sus mecanismos de poder y blindarlos en un mundo globalizado del que nadie puede escapar. 20.000 agentes patrullarán solo la ciudad de Río de Janeiro y el ejército controlará accesos a hoteles, aeropuertos y estadios: nadie duda en estos momentos de que la experiencia de Londres 2012 o la propia experiencia de Pekín 2008 sirvieron para extender los mecanismos de control sobre la población: la seguridad nacional (la de la ciudadanía, se supone) era innegociable. Y la seguridad significa restricción. La seguridad entra en conflicto con los espacios de libertades públicas y privadas. Y la seguridad, no cabe duda, es un negocio en manos de muy pocos.

Igual que es un negocio los patrocinadores de los eventos. Según cuenta Perelman, en 2012 el Gobierno brasileño aprobó la “Ley General de la Copa” para que entrara en vigor durante los días de competición; mediante esta Ley se obligaba a considerar festivo el día en que jugara la selección de Brasil, se reducía el número de entradas a la venta para aumentar su precio, se prohibía vender refrescos no autorizados en las inmediaciones del estadio, se eximía de pagar impuestos a las empresas patrocinadoras del Mundial y lo más alucinante es que se establecían tribunales de excepción para los delitos contra la imagen de la FIFA. Atentar contra la imagen de la Federación pasaría a ser considerado delito federal, y serían juzgados por tribunales ajenos a la jurisdicción brasileña. Estos “tribunales de la Copa” son anticonstitucionales en Brasil (y en cualquier país desarrollado, que no contempla más legislación que la nacional o la de instancias judiciales supranacionales), pero fue una de las condiciones de la FIFA para llevar el mundial a Sudamérica, habida cuenta del éxito que tuvieron estos tribunales durante el mundial de Sudáfrica 2010. El deporte, al parecer, era una excusa para extender los mecanismos de dominación económica global. Incluso a pesar de las leyes nacionales. Y ni que decir tiene, a pesar de la indignación ciudadana. Incluso a pesar de las tradiciones de una comunidad o de la configuración del territorio concreto: el territorio se modifica, se construyen bloques de edificios con una estética universal, se trazan nuevas vías de acceso y de circulación, nuevos espacios como las villas olímpicas o nuevos estadios, pabellones, etc.

Sexo e ideología del triunfo

Si el deporte vale para reforzar la hegemonía política y sobre todo económica, es fácil pensar que lo hace desde una ideología basada en la competición, el triunfo, la superación y la conquista constante de récords mundiales. La espectacularización del deporte, su mediatización a escala mundial, imprime todos estos valores en la ciudadanía, y son precisamente los valores de acumulación, de superación y de competencia que alientan el capitalismo desde su nacimiento. Marx en estado puro.

¿Qué es el dopaje?, se preguntará Perelman. No es el gusano que se encuentra en la manzana de la inocencia, o el pecado que mancha la Carta Olímpica y el llamado espíritu olímpico, esas llaves maestras que abre la tómbola de los negocios en cualquier rincón del mundo. El dopaje se encuentra precisamente en el fundamento de la competición deportiva: retorcer el cuerpo, negociar con la legalidad y conseguir un espectáculo asombroso para las masas en forma de nuevo récord histórico. Los “dioses del estadio” imprimen una violencia simbólica sobre la estructura social heterogénea, de modo que erige modelos de triunfo y de heroísmo inalcanzables por prácticamente la totalidad de la ciudadanía. Y esta violencia simbólica refuerza los valores hegemónicos.

También “Dioses del estadio” es el título con que se conoce una serie de tiradas fotográficas en las que aparecen desnudos jugadores de rugby franceses, exhibiendo no solo un cuerpo escultórico bronceado en aceite o bañado en agua, sino también en pose erótica, lasciva e incluso de tono homosexual. El deseo se canaliza a través de imágenes erotizadas, el “sporno”, en que deporte y voracidad sexual se funden en la imagen de un cuerpo potente y estrategicamente deseable. Músculos en tensión. Pectorales perfectamente rasurados. Apenas un vello púbico entrevisto. El roce de dos “dioses” bajo el chorro de una ducha. El deporte se fragua a través de fotografías eróticas codificando lo que debe ser el “hombre”, reduciendo el cuerpo, el erotismo y la actividad física a una mera pulsión animal, en contradicción con todo aquello que pretendidamente defendía la Carta Olímpica. También hay cuerpos que exhiben en su anatomía la ideología del triunfo.

Las miserias de Brasil 2014

La Copa del Mundo ha comenzado en Brasil a ritmo de samba, Ricky Martin y guerrilla urbana. El carnaval del fútbol mundial ya está haciendo caja. Las favelas durante un mes no saldrán por televisión y serán vigiladas por conceptos de seguridad y por cuerpos especiales de la policía y del ejército. La huelga de transportes públicos se ha desconvocado esta misma semana, quién sabe hasta cuándo. Corre la Coca Cola y la Budweiser. Neymar, Messi y Cristiano Ronaldo llenarán pantallas y periódicos; serán de nuevo los héroes que nunca seremos, o los pectorales que siempre querremos tener. La mujer parece no existir. Pero si me apuras, tampoco parece existir Brasil en sí mismo.

 

Artículo publicado en el suplemento Postdata de Levante-EMV, 13/06/2014

 

 

 

  La barbarie deportiva


10/06/2014 00:10:32 Versió per imprimir

Un anarquismo sin domas para adaptarse a los nuevos tiempos

Por Capi Vidal

En este nuevo libro, recién editado por Virus, Tomás Ibáñez insiste en su visión posmoderna sobre el anarquismo, aunque con algunos interesantes matices que le apartan de otros autores. Así, se denuncia en la obra una vez más a los (supuestos) guardianes de un anarquismo clásico, que desearían preservar sus fundamentos intactos; si existen o no, al menos en la actualidad, este tipo de militantes ácratas es algo en lo que no entraremos, pero estamos de acuerdo en considerar que anarquismo es incompatible con ninguna forma de dogmatismo: el anarquismo es, efectivamente, movimiento, aunque siempre es bueno hilvanar con el pasado para aprender y buscar la adaptación a los nuevos tiempos. Saludable es, por lo tanto, cualquier reformulación del anarquismo en la que la única premisa es el trabajo por una sociedad libertaria sin ningún tipo de dominación ni explotación.

Lo que Ibáñez denuncia con fuerza es todo presupuesto especialista para una concepción anárquica. Es decir, no existe un estado ideal previo a la existencia humana que podemos denominar "anarquía". Tanto una sociedad anárquica, como su antagonista, cualquier forma de sociedad autoritaria, son estados contingentes, posibles o no, y consecuencia de la actividad de los seres humanos; son, para emplear un término tantas veces empleado, construcciones sociales. De esta manera, la anarquía sería una construcción que surge del pensamiento anarquista y de los movimientos consecuentes. Ibáñez asocia ambos términos, el del anarquía y el de anarquismo, de forma inseparable y se distancia así de aquellos, muy probablemente influenciados por el pensamiento de Hakim Bey, que consideran que el anarquismo, por inmovilista, es la negación en la práctica de la muy deseable anarquía. Es de agradecer que Ibáñez se ocupe, a diferencia de en otras obras suyas, del anarquismo clásico; más discutible es considerar a Kropotkin, sin más, como portador de un anarquismo "milenarista", tanto como ver en este autor el máximo representante de una visión teleológica que, supuestamente, tendría el pensamiento ácrata decimonónico. Es cierto que algunos pensadores anarquistas, seguramente con Kropotkin a la cabeza, se ven impregnados de esa confianza exacerbada en el progreso, tan propia de su época; también es cierto que el anarquismo es muy heterodoxo y que, igualmente, podemos citar a muchos otros autores cuyo pensamiento puede ser más del agrado de esta visión posmoderna. El anarquismo ha sido, y debe seguir siendo, un pensamiento en continua formación; ha pasado por momentos de esplendor, y también por malas épocas, sin que jamás haya desaparecido por completo ni pueda calificarse, como pretenden sus enemigos, de ideología anacrónica y obsoleta.

Ibáñez señala que el anarquismo solo puede forjarse en prácticas de lucha contra la dominación; si ello no se produce, se instituiría en lugar de ser constitutivamente cambiante a medida que cambian los tiempos. El anarquismo, para este autor, habría cambiado entonces después de Mayo del 68 y estaría encontrando una nueva constitución a principios del siglo XXI en el contexto de una nueva realidad social, cultural, política y tecnológica. Esta nueva realidad, en la que el anarquismo parece acoplarse bastante bien en sus luchas contra la dominación (Seattle, Movimiento 15M, Ocuppy Wall Street…), le habría también transformado según Ibáñez. No podemos estar más de acuerdo, aunque con muchísimos matices en esa férrea división entre los supuestos portadores de un anarquismo esencialista, tomado como si fuera la verdad revelada en determinada época (un caricatura de lo más grotesca, vamos, que lo asemeja a cualquier religión), y aquellos que se muestran abiertos y heterodoxos abiertos a nuevos horizontes libertarios. Por supuesto que no hay personas ni siglas que sean los únicos defensores de los principios antiautoritarios y, estamos seguros, la inmensa mayoría de los anarquistas han recibido con entusiasmo a esos movimientos que no necesariamente se etiquetan como libertarios, pero si recogen en sus seno no pocos rasgos ácratas. También es cierto, y así lo indica Ibáñez, que esos movimientos conllevan el peligro de recibir finalmente la influencia de aquellos que promueven prácticas situadas en las antípodas del anarquismo; la realidad es extremadamente compleja. Nos da igual si un determinado movimiento se considera anarquista, o adopta una bandera rojinegra (que, por otra parte, muchos utilizamos como un simple elementos simbólico sin más connotaciones identatarias en un sentido ortodoxo), si verdaderamente favorece prácticas de libertad, solidaridad y cooperación social. Diremos también que la revolución social deseada por los anarquistas, por definición, deben llevarla a cabo las personas; resulta impensable que un movimiento libertario, por fuerza que tenga, sea la vanguardia de ningún tipo de transformación sociopolítica.

Llegamos aquí a uno de los primeros términos que emplea Ibáñez: el neoanarquismo. De nuevo implica, como puede verse en el prefijo empleado, una rígida división con el pensamiento clásico (que, más adelante, veremos que tiene mucho que ver con la modernidad). El imaginario anarquista no puede estar compuesto solo de los pensadores y experiencias decimonónicos,  o por la revolución majnovista en Ucracia o la española del 36, ya en el siglo XX, volvemos al mismo terreno; las nuevos formas de rebeldía han enriquecido ese imaginario revolucionario, tal y como lo entienden los libertarios. ¿Neoanarquismo o simplemente anarquismo?, algunos no nos sentimos a gusto con prefijos y apelativos y procuramos, seguramente como Ibáñez, ver las cosas de manera todo lo amplia posible en aras de buscar nuevas formas de expresión libertarias.


Neoanarquismo

Ibáñez quiere ver, en la diferenciación entre anarquismo y neoanarquismo, un cambio en el imaginario revolucionario; la revolución sería, en el presente, algo continuo e inmediato sin que se postergue el proyecto para el futuro de manera global (algo que se vincula con el peligro del totalitarismo). Esta visión es parte de la critica posmoderna que Ibáñez realiza al anarquismo clásico, considerando que se ve impregnado de la visión teleológica de la historia tan propia de la modernidad; de nuevo llegamos a un terreno controvertido y, como veremos más adelante, es injusto que se meta al anarquismo en el mismo saco de todo aquellos proyectos de la modernidad, que en realidad conllevaban nuevas formas absolutistas. Por supuesto, no podemos estar más de acuerdo en ver al anarquismo como obligado a generar, en el momento presente, nuevas formas de lucha y realidades diferentes. Para ello, siendo críticos con la visión materialista, según la cual son únicamente las condiciones económicas las que resultan en el motor de historia, hay que apelar también a los deseos de los seres humanos; para ello, hay que desconectar lo que Ibáñez denomina prácticas de subjetivación, por parte de los sistemas de dominación, e incidir en el imaginario de las personas, generar una subjetividad política que se "radicalmente rebelde". En este punto, llegamos a esa confrontación posmoderna entre un anarquismo social, que vendría a ser organizado, y ese otro que Bookchin denominó "estilo de vida"; con seguridad, ambos son importantes, necesarios y complementarios para el cambio social. Estamos de acuerdo en esto, entendiendo que ninguna forma de expresión libertaria es excluyente de las demás y que todo intento por imponer una u otra resulta contraproducente; la colaboración, dando ejemplo además del tipo de sociedad que queremos resulta primordial, y también con otros colectivos que pueden recoger rasgos libertarios y en los que se puede influir y también aprender de ellos. Aunque Ibáñez utiliza el término neoanarquismo, resulta grato que se muestra también crítico con todo intento de ruptura con el anarquismo de épocas anteriores; lo que se denuncia, repetimos, es la esterilidad de simplemente aceptar una herencia y repetir fórmulas en lugar de buscar formas de reinventarse.

El anarquismo, es indudable, resurge una y otra vez; al mismo tiempo, se renueva en ese resurgimiento e Ibáñez quiere ver que resulta constitutivamente cambiante, no solo coyunturalmente. Desde siempre, las ideas anarquistas han negado una división entre teoría y práctica buscando una simbiosis entre la idea y la acción; el anarquismo, a diferencia de otros proyectos emancipadores como el marxismo, pone énfasis en la práctica, aunque en su interior, obviamente, se den una serie de principios. Ibáñez va algo más allá y considera que el anarquismo no existe previamente a las prácticas del momento, salvo como un elemento histórico, y resulta renovado como consecuencia de las nuevas prácticas e incluso de los principios. Se esté totalmente de acuerdo, o no, con este autor, al menos se invita a la reflexión y a una nueva perspectiva libertaria. El anarquismo es algo vivo, que busca oxígeno en un determinado lucha contra la dominación, por lo que a la fuerza resulta renovado; en ese devenir, el anarquismo no es ya el mismo, aunque tampoco totalmente otro. Ibáñez insiste en que, si el anarquismo resurge en los últimos tiempos, es porque los cambios sociales, culturales, políticos y tecnológicos favorecen las condiciones para ello; al mismo tiempo, se le obligaría a renovar en cierta medida sus presupuestos y perspectivas. Si a ese nuevo resurgir se le quiere denominar neoanarquismo, entramos ahora en un nuevo laberinto con otro término: el postanarquismo.


Postanarquismo

Casi con seguridad, este término nace a finales de los 80, del siglo XX, gracias a Hakim Bey; como hemos dicho anteriormente, se hace en ese momento la distinción entre el anarquismo y la anarquía, llamando a sobrepasar el primero para alcanzar a la segunda. El postanarquismo toma elementos del llamado postestructuralismo y de la inevitable posmodernidad y las referencias a esta visión se han multiplicado en los últimos años como para no tenerlo en cuenta. Como no podría ser de otro modo, se critica en este nuevo enfoque que el anarquismo ha estado muy lejos de escapar de las influencias perniciosas de la modernidad; tendríamos que darles la razón si tomamos al anarquismo clásico como una esencia previa a toda práctica libertaria, y deberíamos saber que no es así. Repetiremos una vez más que el anarquismo nace en un momento histórico en el que, a la fuerza, se ve impregnado del proyecto ilustrado de la modernidad; al mismo tiempo, constituye la excepción dentro de ese proyecto por su condición antiautoritaria, huelga decirlo. Aunque Ibáñez no lo exprese así en esta obra, hay una forma de explicarlo que puede resultar satisfactoria para todo el mundo; el anarquismo representa una tensión entre modernidad y posmodernidad, ya que el proyecto emancipador continúan pendiente en una nueva época con unas circunstancias muy diferentes.

El postanarquismo, por otra parte, no supone ninguna novedad; su crítica al anarquismo clásico ya está en la visión posmoderna y en el postestructuralismo, y nos esforzaremos en buscar siempre la autocrítica, que es con seguridad en lo que estas teorías quieres incidir en aras de asegurar la pluralidad y la singularidad, tan valoradas por el anarquismo, y de combatir toda forma de dominación. A nuestro modo de ver las cosas, algo que ya han señalado algunos autores, no hay demasiado diferencia entre el anarquismo clásico y el llamado postanarquismo, y todo intento de distanciarlos se haría por ignorancia o con alguna intención sesgada; el reproche a no conocer en profundidad el anarquismo no está tampoco de más, ya que nunca puede ser tratado como un sistema cerrado de ideas, tendencia algo habitual en los posmodernos. No obstante, toda crítica debe ser bien recibida en el seno del anarquismo, o de lo contrario traicionaríamos nuestra condición antiautoritaria, y ello contribuye seguramente al enriquecimiento.

 

Reseña publicada en el blog Reflexiones desde Anarres, el 6/06/2014

 

 

  Anarquismo es movimiento


09/06/2014 15:40:24 Versió per imprimir

Una lectura estimulante y desbordante sobre el anarquismo

Por Frank Mintz

Un gran libro con un texto breve muy claro y objetivo sobre problemas candentes, sin caer en prédicas unilaterales o rechazos tajantes. Y, por añadidura, nos depara el autor tres adendas bitácoras para entender el trasfondo de posturas ajenas tanto próximas como alejadas de nuestros enfoques y, más sencillamente, para que cada unx sepa reflexionar sobre sí mismx en el día a día, o sea cuestionarse.

El elemento básico y conductor del anarquismo, perfectamente reflejado en el título, es “la atracción hacia los que se podría llamar la revolución continua e inmediata. […] La revolución se concibe como algo que se encuentra anclado en el presente y que no es, por consiguiente, algo que sólo se desea y se sueña como acontecimiento futuro, sino que es efectivamente vivido” (p. 31).

Enormes son las consecuencias que Tomás circunscribe dentro del medio libertario, muy cortésmente, o sea, no confiar en un porvenir anarquista próximo sino estar de inmediato en grupos y redes, con todos los que protestan y luchan. Con la consecuencia de tolerar cuantos modos de protesta aparezcan; aceptar la fluidez de las redes; adoptar coordinadoras flexibles porque “las apariencias de la eficacia […] acaban siempre por esterilizar las luchas” (p. 34). Frente a las prácticas de dominación [que] que moldean su [de los seres humanos] imaginario, sus deseos y su forma de pensar para conseguir que respondan, libre y espontáneamente, a los que las instancias dominantes esperan de ellos” […] se trata, hoy como en tiempos pasados (1), de producir una subjetividad política que sea radicalmente rebelde al tipo de sociedad en la que vivimos […] (p. 37).

Tomás descarta la separación entre anarquismo social y anarquismo estilo de vida porque si este se resiste verdaderamente a la seducción del sistema y a su intimidación viene a ser “irrecuperable para siempre” (pp. 38-39), o sea es un obstáculo social contagioso. A la inversa, el anarquismo social, si lo es de veras, debe adoptar estructuras del todo horizontales y no dejarse “tentar por cierto vanguardismo” (p. 40). El autor defiende la postura de abandonar “las perspectivas totalizantes y […] las ilusiones escatológicas (2)” y “actuar con los demás” (p. 41).

Tomás denomina neoanarquismo este afán de militancia creadora inmediata (pp. 24, 31, 45-46) porque el anarquismo es necesariamente cambiante (p. 50), dentro de su denuncia vital de la autoridad arbitraria que es el pilar de la jerarquía (3).

Frente a la omnipotencia del mal llamado neoliberalismo, que es el capitalismo exterminador -desde el ibérico 1492: pensamiento único y supeditación criminal de los aborígenes hasta hoy por hoy- e introductor dictatorial de sus valores en todos los ámbitos de la existencia, la respuesta es para mí “Yo me rebelo, luego nosotros somos” de Albert Camus en El hombre rebelde. Dicho de otro modo, ser “irrecuperable para siempre” y volver a la “utopía plenamente consciente de serlo”, como “una incitación para la lucha” (p. 85).

Y en las páginas de conclusión tenemos esta hermosa frase: “la revolución pasará mar adentro y se mantendrá fuera de nuestro alcance, si no la anclamos, firmemente, en el presente.” (p. 86).

Tengo algunas reservas sobre la exposición (p. 34-35) del insurreccionalismo (4) y la evocación de algunas figuras (pp. 39, 58 y ss). No sé por qué Tomás introduce el postanarquismo dentro del texto cuando de hecho es un apéndice.

En conclusión, es una lectura estimulante y desbordante de observaciones que incitan a reflexionar y a vertebrar nuestras convicciones.

 

Reseña publicada en la web Fondation Besnard, 28/05/2014

 

 

  Anarquismo es movimiento


09/06/2014 15:33:11 Versió per imprimir

El anarquismo como catapulta

Por Amador Fdez. Savater

"La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta”, dice Eduardo Galeano. No convierte el pasado en un modelo que exige repetición, ni nos aplasta bajo el peso de referencias en las que debemos reconocernos obligadamente, sino que más bien acompaña e inspira las búsquedas del presente.

La vida de Tomás Ibáñez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie en el campo del antagonismo se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político.

En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Ha sido catedrático de Psicología Social en el Departament de Psicologia Social de la Universitat Autònoma de Barcelona hasta su jubilación en el año 2007. Es autor de numerosos libros y textos sobre anarquismo, ciencias humanas y, en especial, psicología social.

Tomás Ibáñez trabaja desde hace años para que la historia de anarquismo sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault (no sin escándalo de los "guardianes del templo" anarquista). Co-fundador de la revista Archipiélago, en la que trabajamos juntos durante varios años, acaba de publicar en la editorial Virus Anarquismo es movimiento, donde se explora la reactualización contemporánea de ideas y prácticas que algunos relegaron demasiado apresuradamente al museo de la Historia.

El virus anarquista

Citas en el libro a Christian Ferrer: “el anarquismo no se enseña y tampoco se aprende por los libros, sino que se propaga por contagio, y el contagio las más de las veces es irreversible”. En tu caso ha sido así, es una historia de fidelidad que dura ya medio siglo. ¿Cuáles fueron tus primeros contactos-contagios con el anarquismo? Creo recordar que hay historias familiares de por medio, ¿es así?

Tomás Ibáñez. Sí, Amador, hay efectivamente historias familiares de por medio y eso explica que “los contactos” con el anarquismo fuesen muy precoces. En 1947 mi madre, activista de las juventudes libertarias de Zaragoza, pasó a Francia llevándome en brazos por una ruta pirenaica, y eso hizo que yo creciera en el cálido ambiente del exilio libertario. Era un ambiente por donde circulaba una multitud de nostálgicos, pero esperanzados, relatos de una lucha revolucionaria aún cercana, y donde la ayuda mutua nunca se hacía esperar. Obviamente, la sensibilidad de un niño no podía captar que ese ambiente también albergaba luchas fratricidas, rancios dogmatismos e inevitables miserias, con lo cual la huella que me dejó sólo podía ser positiva. Ese fue “el contacto”, sin embargo “el contagio” llegaría más tarde.

¿Cuándo, por dónde?

Tomás Ibáñez. Mi temprano activismo anarquista hubiera podido agotarse y extinguirse sin más, de no haber sido porque en el verano de 1963 arrastré mi saco de dormir hasta el campamento que organizaba cada año la FIJL (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias). Fue una experiencia inolvidable que abrió de par en par las puertas, ya definitivamente, al virus del anarquismo. Autoorganización, vida en común, compañerismo, debates, sentimiento de vivir en otro planeta donde la igualdad y la libertad se habían hecho realidad, pero también rabia y lucha. Porque se daba la circunstancia de que la FIJL había emprendido recientemente un línea de hostigamiento frontal al franquismo y la ejecución a garrote vil de dos de sus militantes, Francisco Granado y Joaquín Delgado, que preparaban un atentado contra Franco, cayó en el campamento como una indignante y dolorosa noticia. Al recoger mi mochila y despedirme de mis compañeros, la idea de volver a la “normalidad” se me hizo insoportable, en el tren que me devolvía a casa miraba a los viajeros y me sentía como un absoluto extraño en un mundo que ya no era el mío.

Por supuesto, soporté esa “normalidad”, pero el sentimiento de que era intolerable nunca me abandonaría. Desde entonces estoy convencido de que lo que de verdad deja huella en las personas y las transforma en profundidad es su inmersión en un escenario de vida, de experiencias y de lucha que se construye en común y en unos espacios arrebatados a las reglas de la sociedad instituida.

La “A” dentro de un círculo: el origen desconocido de un símbolo

Luego te moviste en los circuitos del anarquismo estudiantil previo a Mayo del 68, ¿qué recuerdos te vienen de aquella época?

Tomás Ibáñez. Lo que evoca en mí, como un primer flash, es la imagen de un inacabable desierto. Durante mi primer año de universidad, en 1962 cerca de Marsella, me movía en el potente sindicalismo estudiantil de aquellos años sin conseguir dar con ningún otro estudiante libertario. Al año siguiente me trasladé a la universidad de París donde, al inicio del curso, unos estudiantes trotskistas me informaron, entre risas, que conocían “al otro” estudiante anarquista de la Sorbona y que podían ponernos en contacto.

A partir de ahí, pensando que siendo dos ya éramos invencibles removimos cielo y tierra hasta encontrar a otro par de compañeros… Y así nació en 1963 una exigua coordinación de estudiantes anarquistas parisinos que tenía nombre de mujer, LEA, que creció poco a poco y que atraería, algún tiempo más tarde, a estudiantes de la recién creada universidad de Nanterre, como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, quienes contribuirían a la creación del Movimiento 22 de Marzo que encendió la mecha de Mayo del 68.

¿Y qué hay de esa historia que te sitúa en el origen del símbolo anarquista por excelencia, la “A” dentro de un círculo?

Tomás Ibáñez. Es bien cierta, y es una historia muy sencilla. Al llegar a París me hice el propósito de ayudar al acercamiento entre los diversos grupos y tendencias en las que se fragmentaba el menguado movimiento anarquista, lo que me llevó a lanzar iniciativas de coordinación en los sectores más jóvenes. Se me ocurrió entonces que una forma de propiciar una confluencia consistía en hallar un denominador común que, al no pertenecer en exclusiva a ninguna de las organizaciones, pudiera constituir un punto de coincidencia. Se trataba también de multiplicar la presencia percibida del movimiento anarquista por el simple hecho de la repetida aparición de ese denominador común en las expresiones públicas (pasquines, pintadas, etc.) de los diferentes colectivos anarquistas.

Propuse esa idea en uno de los grupos a los que pertenecía, insistiendo en que debía ser un símbolo que fuese fácil y rápido de dibujar, y que pudiese evocar el anarquismo de forma suficientemente directa. La propuesta fue aceptada, nos lanzamos a una lluvia de ideas y a altas horas de la noche convenimos que una “A” en un círculo podía ser un buen logo. Fue así como, en abril de 1964, salía a toda plana en el nº 48 de nuestro boletín “Jeunes Libertaires”, la primera “A” en un círculo. Le acompañaba un editorial donde explicaba el sentido de la propuesta y en el que se invitaba a todos los grupos anarquistas a apropiarse ese símbolo.

Pero ojo, en realidad sólo habíamos creado una imagen y formulado una propuesta, no habíamos creado un símbolo. La A en un círculo sólo se convertiría en un símbolo del anarquismo mediante la acción de miles y miles de manos que la pintaron en las calles del mundo, se trata pues de una creación colectiva multitudinaria de la que nadie tiene la paternidad.

Mayo del 68: tecnologías, liderazgos y logros

Y de pronto Mayo del 68. Hablas de Mayo del 68 como un “regalo”. ¿Por qué un “regalo”? ¿Cuál fue el contenido del regalo? 

Tomás Ibáñez. Un auténtico regalo es algo que te ofrecen para darte placer, sin obligación y sin pedir nada a cambio. Si no lo esperas, si es una sorpresa y si te colma de satisfacción, el regalo aún se crece más en su condición de “auténtico” regalo. Eso fue para mí Mayo del 68. En lo inmediato, el contenido del regalo fue la oportunidad de vivir durante varias semanas un verdadero sueño, de presenciar unas escenas que usualmente sólo alcanzamos a ver cuándo los sueños nos transportan lejos de las realidades cotidianas. Y también consistió en demostrar, fácticamente, que aquello que, increíblemente, estaba ocurriendo era posible puesto que, precisamente, estaba ocurriendo.

Con posterioridad, el regalo consistió en dejar un recuerdo que sigue trasladando aquel periodo al presente como si el tiempo no existiese, sin alterar la intensidad de las vivencias que allí acontecieron. Y también consistió en arraigar el convencimiento de que si aquello había ocurrido podía volver a ocurrir, con otros matices, en otros contextos, pero con las mismas características básicas.

Me gustaría citar aquí la descripción de la vivencia de Mayo del 68 que hiciste en el número de Archipiélago que dedicamos a Mayo del 68:

 

(…) Estamos quizás en el momento álgido de Mayo, las vivencias fluyen de forma incontenible y las vuelco aquí de forma desordenada. Sentimiento de ser parte de una comunidad creada muy rápidamente pero atravesada por lazos muy intensos que, paradójicamente, parecen venir de antiguo, inserción en un "nosotros" formado por muchos desconocidos y sin embargo muy cercanos, muy cómplices, creación de nuevas relaciones sociales, nuevos amigos. Necesidad de estar siempre disponible, en cada instante, siempre en alerta, delante de un futuro inmediato que se va construyendo en el momento, sin predeterminaciones. Atrapados en un ritmo desenfrenado, vertiginoso, mezcla de exaltación y de agotamiento, impresión muy fuerte de estar haciendo historia, de ser protagonista, de estar teniendo efectos sobre la realidad, de estar constantemente confrontados a desarrollos imprevistos que superan a sus protagonistas, y, durante un tiempo, impresión de ir cada día a más, de acertar en las acciones emprendidas. Alegría y entusiasmo, un placer nacido de la propia acción en la que se esta inmerso. Deseo muy intenso de que aquello no acabara nunca. Impresión de que uno estaba haciendo colectivamente cosas que no se podían hacer y que eran impensables hasta ese momento. Impresión de estar desafiando lo establecido, el poder, lo intocable. Impresión de haber puesto la máquina "fuera de control", de haber lanzado un proceso de reacciones en cadena, imparable e imprevisible…

Un proceso de reacción en cadena, imparable e imprevisible, que detonaron los estudiantes pero que alcanzó enseguida al movimiento obrero, desembocando en pocos días en una huelga general masiva que paralizó durante un mes el país entero. La velocidad e intensidad de la comunicación entre distintos sujetos fue potentísima. Pero... ¿dónde estaba Twitter?

Tomás Ibáñez. Acontecimientos como los de Mayo del 68 se han producido en otros momentos de la historia, efervescencias populares que estallan de imprevisto y donde la gente “actúa por sí misma“ no han esperado al surgimiento de las nuevas tecnologías ni a la constitución de las redes sociales. Creo, eso sí, que en cada época esas efervescencias populares, a la vez destructivas y constructivas, han sabido apropiarse y utilizar las tecnologías existentes, la radio fue importante en Mayo del 68, y los talleres de serigrafía, entre otras cosas. Sin embargo, en todas esas situaciones de efervescencia creadora nada puede sustituir la copresencia física de las personas, los gestos, las voces, las miradas, las palabras, los roces.

También creo, como lo explico en mi libro, que las nuevas tecnologías y las redes sociales tienen unas características que fomentan el proceso de auto-organización de la gente en situaciones de efervescencia popular, pero no porque se usen con fines y resultados autorganizativos, sino simplemente porque propician confluencias masivas sin que exista una estructura previa, un plan preestablecido, una dirección que ordene y canalice las actividades.

Mientras que el primer 15M se caracterizó por el anonimato (ningún “rostro” en particular se convirtió en el símbolo de la protesta), hoy se da, en torno a las figuras (tan distintas) de Ada Colau o Pablo Iglesias, un debate sobre la necesidad o pertinencia de los liderazgos. Te quería preguntar tu opinión sobre el particular y sobre el “liderazgo” de Daniel Cohn-Bendit en Mayo del 68, el líder paradójico de un movimiento que se caracterizaba por su rechazo de la delegación y la representación. ¿Qué aportaba el liderazgo de Cohn-Bendit y qué limitaba?

Tomás Ibáñez. Los liderazgos siempre son tanto más peligrosos cuantos más carismáticos, y es innegable que todo el sistema actual concurre para instituir y potenciar liderazgos. En la sociedad del espectáculo los rostros venden, y también tranquilizan cuando sustituyen al anonimato de las efervescencias colectivas. Ciertamente, los liderazgos ayudan a visualizar los movimientos y a ampliar su presencia mediática pero el precio a pagar es altísimo. ¿Cuántos líderes aceptan volver al anonimato antes de que se agoten sus posibilidades de seguir siendo líder? Ada Colau constituye sin duda una grata excepción.

El liderazgo en movimientos basados en la democracia directa constituye una aberración. Daniel Cohn-Bendit tuvo, indiscutiblemente, un papel de líder, pero era un líder atípico, no pretendía “representar” al Movimiento del 22 de Marzo que, además, no tenía cargos ni ningún portavoz oficial permanente y que decidió auto disolverse al cabo de unos meses. Dany también era atípico porque participaba políticamente de la idea de que no debía haber líderes, lo que le situaba en una difícil posición qué chirriaba con sus convicciones y con las de sus compañeros. Su papel de líder suscitaba críticas internas y se tomaban medidas para cuestionar ese liderazgo, como por ejemplo convocar ruedas de prensa utilizando su nombre para que acudieran los medios, pero donde era otro compañero el que intervenía finalmente, explicando que Cohn-Bendit era un nombre colectivo (“todos somos Cohn-Bendit”) bajo el cual podía hablar cualquier miembro del 22 de Marzo.

En algún sitio dices que no tiene mucho sentido hablar de Mayo del 68 en términos de “éxito” o “fracaso”, ¿por qué?

Tomás Ibáñez. No se puede hablar de éxito o de fracaso porque esos términos sólo se aplican a acciones intencionadas y Mayo del 68 no fue un proyecto, ni se fraguó para alcanzar unos objetivos, fue un ”acontecimiento“ en todo el sentido de la palabra. Ahora bien, los acontecimientos suele tener efectos y producir cosas. Mayo del 68 fue un acontecimiento de cierta magnitud, objetivable en términos cuantitativos de participación popular o de duración, etc. Sin embargo, sus efectos, al igual que ese batir de alas de una mariposa en Australia que provoca una tormenta en Europa, fueron infinitamente superiores a su magnitud y aún se manifiestan al cabo de medio siglo. Sencillamente, Mayo del 68 cambió la cultura política, practicas incluidas, de la disidencia, por una parte, y muchos de los supuestos culturales de la sociedad por otra parte. En efecto, las actuales prácticas del antagonismo social popular enlazan en buena medida con las que alentó Mayo del 68 y el efecto que tuvo sobre los cambios culturales respecto de la identidad sexual, por ejemplo, son innegables.

Actualidad del anarquismo: transformar la sociedad sin tomar el poder

¿Qué puede aportar el anarquismo a los movimientos actuales?

Tomás Ibáñez. Una de las claves más interesantes que puede aportar a mi juicio es la relevancia de “lo prefigurativo” frente a la escisión entre medios y fines típica de la política clásica. Es un principio básico del anarquismo: no sacrificar ni supeditar los valores que se defienden en el presente a unas promesas que, por definición, siempre apuntan al futuro. En cualquier caso, ese futuro que se anhela debe estar “ya presente” en los pasos que se dan para construirlo, lo “prefigurativo” no significa otra cosa que esa necesaria presencia.

El anarquismo siempre ha propuesto una “revolución en el presente” que remite a la desconfianza hacia cualquier discurso que base su fuerza persuasiva en las promesas que ofrece y a la prevención hacia cualquier práctica que sólo se oriente a preparar el futuro. Su ética está atravesada de cabo a rabo por la exigencia de reducir al máximo la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, o entre lo que se quiere ser y lo que se es.

Otra clave sería sustituir la idea de “toma del poder” por la de "transformación de la sociedad”. ¿Te parecen dos términos dicotómicos, vasos comunicantes?

Tomás Ibáñez. Una vieja idea anarquista dice que nunca se toma el poder, que el poder siempre te toma a ti tan pronto como crees haberlo tomado. Agustín García Calvo lo sintetizaba muy bien cuando declaraba que “el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas”, tomar sus armas es transformarse ya en el enemigo. Una de las lecciones básicas del anarquismo pasa por asentar la convicción de que quizás no haya camino, pero que, en cualquier caso, el camino del poder nunca puede ser el camino.

La idea de transformar la sociedad sin tomar el poder, que goza hoy de cierta popularidad, siempre ha inspirado al anarquismo y, claro, le ha puesto en la delicada situación de tener que conciliar el sensato posibilismo que exige mejorar lo mejorable o, también impedir lo peor, y el indispensable radicalismo que apunta hacia la incongruencia de comprometerse con aquello mismo que se cuestiona. La solución más satisfactoria siempre ha sido de tipo “indexical”, es decir, hacer una valoración en función de cada contexto particular, o, dicho de otra forma, no “escindir” radicalmente los valores de las situaciones en las que intervienen, lo que no significa, por supuesto, “supeditarlos” a las situaciones, cosa que nos haría vulnerables a la seducción ejercida por “los atajos del poder”.

Para terminar, Tomás, ¿no crees que muchas veces el anarquismo (como movimiento organizado, como ideología o como identidad) es el principal enemigo de las ideas/prácticas anarquistas?

Tomás Ibáñez. Yo no diría que “el principal enemigo”, hay muchos otros y mucho más letales, empezando por la represión, pero sí que el hecho que el anarquismo constituya unas organizaciones que reproducen inevitablemente las características, más o menos acentuadas según los casos, de todas las organizaciones (estructuras, luchas y apetencias de poder, tendencia a convertir la organización en un fin en sí mismo, patriotismo de organización, etc.), el hecho de que el discurso anarquista se petrifique en ideología y que el peso de la historia construya una identidad anarquista enquistada en un patrón fijo e inamovible, no sólo limita la proliferación del anarquismo encerrándolo en un gueto, sino que representa, además, cierto cuestionamiento de sus propias premisas.

Por eso es necesario actuar constantemente para que el anarquismo sea movimiento, para que sus aguas se mantengan siempre turbulentas y para que no se aparte nunca de una sensibilidad crítica dirigida, incluso, hacia sí mismo. Si de una cosa estoy seguro, y puede que sea la única, es que no hay anarquismo más genuino que aquel que está dispuesto a poner constantemente en peligro sus propios fundamentos volviendo hacia sí mismo la más irreverente de las miradas críticas.

Un texto relacionado: "Notas para una política no estadocéntrica"


Entrevista publicada en el blog Interferencias de eldiario.es, 9/05/2014

 

 

 

  Anarquismo es movimiento


09/06/2014 13:51:23 Versió per imprimir

Cárceles en llamas arroja luz sobre la oscuridad y la opacidad carcelaria de entonces

 

Por Iñaki Rivera Beiras

La obra Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición, que se comentará examina un capítulo temporal y decisivo de la reciente historia (oculta y ocultada) de la llamada “transición política española a la democracia”. Aludo a la situación carcelaria de los años que transcurrieron entre los últimos estertores de la Dictadura franquista y la época inmediatamente posterior a la Constitución de 1978. Años cruciales para la articulación de la nueva forma-Estado social y democrática de derecho, como se designó desde el constitucionalismo social de la segunda postguerra mundial en adelante. Es (más o menos) conocido el panorama político general de entonces pero ha sido desconocido y expresamente ignorado lo que sucedió en las cárceles de aquellos tiempos. Como indica el autor, César Lorenzo Rubio (siguiendo el camino de aquellos, pocos, que habían auspiciado en España la adopción de un paradigma económico-estructural para el estudio de las instituciones punitivas), “dos visiones enfrentadas” se han expuesto sobre aquellos tiempos y sobre aquellos hechos. Veámoslas brevemente aquí.

Una primera que podemos calificar como la “historia oficial” de la cárcel en España, propia de un paradigma humano-pietista del castigo, había siempre señalado que como consecuencia de los sucesos brutales protagonizados por los presos comunes (que se sintieron discriminados por las llamadas “leyes de amnistía” a los presos políticos) se produjo una espiral de violencia incluso criminal que sólo fue acallada y resuelta con la aprobación de la Ley penitenciaria de 26 de septiembre de 1979 aprobada por unanimidad de todos los Partidos Políticos y que nacía, en consecuencia, con la máxima legitimidad democrática. El avance del reformismo penitenciario, hacia una cárcel cada vez más “humanizada” era incuestionable en consecuencia.

La otra visión, arraigada en la tradición crítica (frankfurtiana) de una “economía política del castigo” empleó, en realidad, la categoría de la Memoria. Historia y Memoria son dos categorías que se ocupan del pasado pero la diferencia es y debe ser radical. La segunda pretende dar cuenta de los proyectos que pese a existir no han sido visibilizados, no han sido narrados por la historia oficial, es la historia de los vencidos que, creemos algunos, algún lugar merece también en el relato –completo- de una determinada época histórica. Como he podido seguir durante bastantes años el proceso de formación e investigación doctoral de César Lorenzo Rubio, puedo dar fe de la solidez de una investigación que ha podido ir mucho allá de los meros textos legales y ha podido penetrar en los hechos, en los protagonistas sobrevivientes y en los entresijos muchos más complejos que aquellos que la otra versión oficial de la historia había acallado e invisibilizado. Gracias a su trabajo, la narración ahora es mucho más completa y ya nadie podrá contarla a medias.

La violencia a la que se alude como la protagonizada por el colectivo de los presos sociales fue en realidad la respuesta a un hecho tan evidente como negado: pese a la legitimidad formal del proceso legislativo que culminó con la aprobación de la Ley Penitenciaria antes citada, a aquel proceso le faltó una legitimidad material. O lo que es lo mismo: los principales destinatarios del proceso de reforma penitenciaria en España, los y las presas, auténticos portadores de reclamos legítimos, no tuvieron la oportunidad de participar en aquel proceso. Los presos de entonces esperaban mucho de la democracia que estaba llegando y ésta les defraudó absolutamente, no les permitió una auténtica interlocución y respondieron colectivamente como siempre pasa en estos casos: poniendo el cuerpo, poniendo la vida. Nada había dicho la historia oficial sobre la discriminación que sintieron al ver que de las cárceles marchaban los presos políticos (algunos con delitos de mayor gravedad que los de los comunes), tampoco nada se había dicho en torno al nacimiento de los movimientos asamblearios como la COPEL y otros dentro y fuera de la cárcel. Mucho menos se describió el proceso por el cual llegaron incluso a elaborar un proyecto de Ley de Indulto a Presos Sociales desestimado por entonces pero que marcó uno de los puntos más altos de madurez del movimiento colectivo. Nada se había dicho sobre sus propios órganos de expresiones, boletines, reuniones, reivindicaciones… Otra vez, como lamentablemente ha pasado en tantos campos de la vida española, la amnesia y el relato sesgado (y por ello mismo, no verdadero).

Hemos de agradecer enormemente al autor de esta vasta obra por la luz que ha arrojado sobre la oscuridad y la opacidad carcelaria de entonces. Pero su trabajo no finaliza allí: con un “largo epílogo” el autor nos transporta (casi) hasta el presente de semejante institución punitiva. Convendrá así comprobar cómo, en realidad, mucho del fango que hoy la habita en realidad proviene del largo silencio de aquellos lodos que hoy se han vuelto a hacer visibles.
 

 

Recensión publicada en Crítica Penal y Poder, marzo 2014

 

 

  Cárceles en llamas

 


30/05/2014 18:22:24 Versió per imprimir

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