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Para que se me pasaran los enfados, la abuela Calpurnia tenía un remedio infalible: me hacía reir hablándome de algún personaje estrafalario. Como Margarita, el hada novata que quería convertir un sapo en príncipe y lo transformaba en huevo frito. O el dragón de tres cabezas, que si se acatarraba moqueaba por tres narices. O el fantasma Cucufate. Al pobre se le había encongido la sábana al lavarla y llevaba días asustando a la gente en minifalda.

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