Editorial: Zorro Rojo

ISBN: 9788412537123

120 págs.

La Biblioteca Macabra

Escritor e ilustrador de más de un centenar de libros, Edward Gorey es un personaje de culto entre numerosos y fieles admiradores de todo el mundo, como el propio Tim Burton. Su personalidad estrafalaria contribuyó a construir una obra extraña e inclasificable con obras capitales como el tríptico memorable La fábrica de vinagre (Libros del Zorro Rojo, 2010).
La biblioteca macabra reúne, por primera vez en un único estuche, cinco libros de su autoría: La niña desdichada, que narra la funesta vida de Charlotte Sophia; La procaz intimación, la historia de una señorita endemoniada; El zoo absoluto, una colección de animales más que exótica; El jardín maléfico, en el que quedará atrapada toda la familia y Los pequeños macabros, un muestrario alfabético de muertes trágicas infantiles, su obra maestra.
Su estilo gráfico victoriano, cargado de elementos góticos, así como el sublime manejo de las texturas y los grises le aportan una impronta única a su obra tenebrosa, por momentos surrealista.
«Los surrealistas pensaban que no había nada más misterioso que la vida cotidiana. Estoy de acuerdo. La vida cotidiana es muy desconcertante.» —Edward Gorey 

31,50

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Edward Gorey Chicago, 1925 A los tres años y medio aprendió solo a leer; a los cinco leyó Drácula, a los siete Frankenstein y a los ocho todas las novelas de Victor Hugo. Hizo los estudios primarios (era tan precoz que se saltó el primer año y el quinto) en la escuela activa Frances W. Parker, donde tuvo un buen profesor de dibujo. Al terminar la enseñanza secundaria asistió un semestre al Art Institute de Chicago. En 1946 entró en Harvard, donde estudió francés y compartió habitación durante dos años con Frank O-Hara, que llegaría a ser el más célebre poeta de la Escuela de Nueva York. Desde el comienzo llamó la atención por su aspecto y por sus excentricidades. Era muy alto, llevaba el flequillo aplastado sobre la frente como un emperador romano, los dedos cargados de anillos y tenía una manera histriónica de hablar. Una amiga lo recuerda con las uñas de los pies pintadas de verde caminando descalzo por la calle. A fines de los años 40, con O-Hara y otros jóvenes, apoyados por algunos profesores de la facultad, formaron el Poets-Theater de Cambridge. Unos escribían, otros actuaban y Gorey hacía los decorados. En 1953 se mudó a Nueva York y empezó a trabajar en la editorial Doubleday como diseñador de portadas para las reediciones de clásicos modernos. Ese año escribió, ilustró y publicó su primera obra, The Unstrung Harp. Entre 1956 y 1979, vestido con un largo abrigo de piel de mapache, zapatillas de tenis, una gruesa bufanda y un collar, asistió a todas las funciones y a muchos de los ensayos del New York City Ballet. En 1983 se instaló en Yarmouth Port, Cape Cod, en una casona de dos siglos que llenó de libros, películas, muñecos, gatos (que adoraba) y objetos esféricos. Allí vivió solo hasta el final, sin dejar de escribir y dibujar y crear títeres y marionetas para pequeños teatros de la zona. Publicó en vida más de cien libros y dejó otros setenta escritos pero sin ilustrar. Quienes lo conocieron lo describen como una persona extremadamente inteligente, culta y afable. Falleció en Cape Cod en 2000.
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31,50

Escritor e ilustrador de más de un centenar de libros, Edward Gorey es un personaje de culto entre numerosos y fieles admiradores de todo el mundo, como el propio Tim Burton. Su personalidad estrafalaria contribuyó a construir una obra extraña e inclasificable con obras capitales como el tríptico memorable La fábrica de vinagre (Libros del Zorro Rojo, 2010).
La biblioteca macabra reúne, por primera vez en un único estuche, cinco libros de su autoría: La niña desdichada, que narra la funesta vida de Charlotte Sophia; La procaz intimación, la historia de una señorita endemoniada; El zoo absoluto, una colección de animales más que exótica; El jardín maléfico, en el que quedará atrapada toda la familia y Los pequeños macabros, un muestrario alfabético de muertes trágicas infantiles, su obra maestra.
Su estilo gráfico victoriano, cargado de elementos góticos, así como el sublime manejo de las texturas y los grises le aportan una impronta única a su obra tenebrosa, por momentos surrealista.
«Los surrealistas pensaban que no había nada más misterioso que la vida cotidiana. Estoy de acuerdo. La vida cotidiana es muy desconcertante.» —Edward Gorey 

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Editorial: Zorro Rojo

ISBN: 9788412537123

120 págs.

Edward Gorey Chicago, 1925 A los tres años y medio aprendió solo a leer; a los cinco leyó Drácula, a los siete Frankenstein y a los ocho todas las novelas de Victor Hugo. Hizo los estudios primarios (era tan precoz que se saltó el primer año y el quinto) en la escuela activa Frances W. Parker, donde tuvo un buen profesor de dibujo. Al terminar la enseñanza secundaria asistió un semestre al Art Institute de Chicago. En 1946 entró en Harvard, donde estudió francés y compartió habitación durante dos años con Frank O-Hara, que llegaría a ser el más célebre poeta de la Escuela de Nueva York. Desde el comienzo llamó la atención por su aspecto y por sus excentricidades. Era muy alto, llevaba el flequillo aplastado sobre la frente como un emperador romano, los dedos cargados de anillos y tenía una manera histriónica de hablar. Una amiga lo recuerda con las uñas de los pies pintadas de verde caminando descalzo por la calle. A fines de los años 40, con O-Hara y otros jóvenes, apoyados por algunos profesores de la facultad, formaron el Poets-Theater de Cambridge. Unos escribían, otros actuaban y Gorey hacía los decorados. En 1953 se mudó a Nueva York y empezó a trabajar en la editorial Doubleday como diseñador de portadas para las reediciones de clásicos modernos. Ese año escribió, ilustró y publicó su primera obra, The Unstrung Harp. Entre 1956 y 1979, vestido con un largo abrigo de piel de mapache, zapatillas de tenis, una gruesa bufanda y un collar, asistió a todas las funciones y a muchos de los ensayos del New York City Ballet. En 1983 se instaló en Yarmouth Port, Cape Cod, en una casona de dos siglos que llenó de libros, películas, muñecos, gatos (que adoraba) y objetos esféricos. Allí vivió solo hasta el final, sin dejar de escribir y dibujar y crear títeres y marionetas para pequeños teatros de la zona. Publicó en vida más de cien libros y dejó otros setenta escritos pero sin ilustrar. Quienes lo conocieron lo describen como una persona extremadamente inteligente, culta y afable. Falleció en Cape Cod en 2000.
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