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A pesar de todos mis esfuerzos, el 4 de febrero de 1905 quedé con vida. Arrojé la bomba a una distancia de cuatro pasos a lo sumo, a quemarropa, el torbellino de la explosión me arrastró y vi cómo la carroza saltaba hecha pedazos. Al desvanecerse la humareda me di cuenta de que me hallaba cerca de los restos de las ruedas traseras. Recuerdo que percibí el olor de humo y madera quemada y que me saltó el gorro. No caí, no hice más que volver la cabeza. Después via a cinco pasos del sitio en que me hallaba, cerca del portal, restos del traje del Gran Duque y un cuerpo desnudo... A unos diez pasos de la carroza estaba mi gorro. Me acerqué, lo alcé del suelo y me lo puse. Di una ojeada en torno mío. Mi abrigo estaba destrozado, cubierto de astillas y requemado. Del rostro manaba sangre en abundancia. Comprendí que no podía escapar, aunque durante algunos prolongados instantes no hubiera nadie a mi alrededor. Me puse en marcha. En aquel momento se oyeron voces tras de mí que gritaban: «¡Detenedlo! ¡Detenedlo!». Faltó poco para que el trineo de los policías me atropellara y unas manos se apoderaron de mí. No opuse resistencia. A mi alrededor se agitaban un guardia, un inspector y un agente, repugnante que, temblando, decía: «Mirad a ver si lleva revólver; ¡ah, gracias a Dios, no me ha matado, a pesar de que estábamos aquí mismo». Sentí no poder obsequiar con una bala a aquel magnífico cobarde. «¿Por qué me cogéis? No huiré. Lo que tenía que hacer lo he hecho yo» dije y en aquel instante me di cuenta de que había ensordecido.

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