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Posesión y desposesión en las postrimerías del “Chino”

Por Juan Manuel Solís Solís

Miquel Fernández es doctor en Antropología Social por la Universitat de Barcelona. Presentó su tesis doctoral en el año 2012, de la cual ha salido este libro editado por Virus. Fernández ha tratado diversos temas desde el ámbito antropológico como son inmigración, vida y conflicto en la ciudad, urbanismo y violencia.

Se presenta, en esta obra crítica, un abanico de temáticas dispares, que podrían ir desde la reprobación del Modelo Barcelona hasta las conexiones de la población con su medio construido, en un barrio castigado desde siglos atrás, pero que tienen su punto de encuentro en el asedio urbano que, desde la planificación oficial y sus políticas de apoyo, se ha infligido a unos habitantes que siempre, y sin opción, han vivido en los “bajos fondos morales” de la ciudad.

La investigación de Fernández presenta tres aspectos fundamentales: a) el metodológico, que trata sobre el diálogo constante entre historia y etnografía, así como entre las diferentes escalas (ciudad-distrito-barrio-calle) con los que se consigue interrelacionar hechos, causas y consecuencias y desentrañar los entresijos de Barcelona; b) derivado de ello se fundamenta el planteamiento histórico, en el que se traza una línea continua en la historia de las políticas urbanísticas, que no sólo se remonta al periodo franquista –como ya apuntaba Manuel Delgado(1) para el llamado Modelo Barcelona–, sino que va más allá, hasta los comienzos de la nueva ciencia urbanística presentada por Ildefons Cerdà; c) el posicionamiento del autor, próximo a los desposeídos, que le permite adentrarse en las entrañas –y entiéndanse éstas en casi todas sus acepciones: lo interno, lo oscuro, lo central y lo sentimental– del barrio y de sus gentes y, donde, por consiguiente, el autor desentraña las causas y las consecuencias de la demonización del barrio y de su consecuente (¿fallido?) exorcismo.

La primera cuestión, la metodología, es clave para poder realizar un análisis coherente. Fernández no se limita a hacer una etnografía del barrio y de la calle d'en Robador, con la que mostrar los avatares cotidianos por los que pasan sus habitantes, sino que hace una lectura histórica desde su formación hasta nuestros días. Así, por un lado, se puede entender el constante bombardeo –físico y real, mediático y político– del lugar para limpiarlo desde la raíz, por otro, las dificultades y las resistencias que surgen desde abajo y que repudian la expulsión de lo “chino” en el barrio. El análisis histórico está basado en fuentes secundarias, las cuales tienen un gran material empírico, como los trabajos de los geógrafos Fraile(2) y López Sánchez(3) y del arquitecto Oyón(4), en los que se destacan las distintas formas de control que se han ejercido en el Raval a lo largo de su existencia. Fernández no sólo se dedica a hacer un relato de lo explicado por otros, sino que trata de mostrar la intencionalidad de las políticas urbanas acometidas por diferentes tipos de gobiernos, desde la época moderna hasta la democracia. Además se arriesga al destacar la relación entre los bombardeos de la aviación fascista italiana en los años 1937 y 1938 y el comienzo del “esponjamiento” –algo admitido oficialmente(5)– como técnica urbanística disuasoria.

Los cambios de escala a lo largo del relato son continuos, ampliando la perspectiva al funcionamiento general de la ciudad, reduciéndola a lo acaecido en la calle d'en Robador, o tomando como referencia el distrito o el barrio, según sea necesario. Con todo ello, se consigue crear una dialéctica constante entre las diferentes intervenciones (en tiempo, escala y lugar) político-urbanísticas y crear una conexión causa-efecto provocada por el diálogo entre la pequeña y la gran escala. Como dice Fernández “para reseguir estas transformaciones se requiere ampliar la escala temporal y territorial” con el fin de “comprender algunas de las condiciones de posibilidad que han convergido en dar forma al barrio actual” (p. 36). El trabajo etnográfico, limitado a una calle, al último reducto de lo poseído por el Chino, se muestra el más adecuado al lograr entrelazar las políticas municipales de desposesión con el sufrimiento cotidiano, el acoso y la humillación de quienes lo viven en primera persona.

La siguiente cuestión clave en la investigación de Fernández es la línea argumental trazada al señalar el urbanismo como un instrumento al servicio de los poderes fácticos; es decir, como un elemento que no es neutro pero del que se hace uso insistiendo en su carácter científico. A través de la investigación histórica, se esboza un continuo histórico sin interrupciones que va desde la concesión del plan Cerdà y su reforma interior, pasando por el plan Macià y llegando hasta la actualidad, en la que el urbanismo ha servido como instrumento para el control de las masas empobrecidas y como materialización de un proyecto moral –junto con su marco ideológico que es el higienismo– de la sociedad burguesa. Respecto a ello Fernández afirma que: “lo que aquí se expone pretende mostrar una continuidad y una convergencia de los diferentes agentes gubernamentales en las medidas urbanísticas, policiales o sociales aplicadas sobre la zona” (p. 23)

Miquel Fernández no oculta su posicionamiento contra el poder urbano hegemónico, por el contrario hace explícita su proximidad a quienes sufren el acoso de las renovaciones. Así lo muestra a lo largo de la narración y lo hace saber más tarde en sus conclusiones cuando nos recuerda sus primeras intenciones: “desnaturalizar el orden institucional y las lecturas estigmatizadoras establecidas sobre aquella calle” (p. 319).



Historia y etnografía como métodos antropológicos


Así pues, el libro está estructurado en dos grandes bloques: el que hace referencia a la parte histórica y el que describe y analiza los datos obtenidos por medio del trabajo de campo realizado en la calle d'en Robador.



Una línea recta desde Cerdà hasta Maragall

El primer bloque relata cómo se ha tratado políticamente a un barrio que pasó de la periferia geográfica a la periferia social de la ciudad. Estas políticas tienen que ver con lo que Garland(6) definió como culturas de control, es decir, aquellas relacionadas con la fiscalización de la población que, como no podía ser de otra manera, siempre se ha centrado en los residentes obreros o descapitalizados. Todo ello siguiendo un hilo argumental: la búsqueda del bienestar –es decir, en defensa del “bien” y de los “buenos”(7)– pero a través de la represión, el encierro y la expulsión; actos realizados mediante lo que en el libro se denomina una “destrucción creadora” que conlleva la desaparición de la memoria colectiva –y lo que son sus modos de pensar y actuar– y la aparición de formas de subsistencia contra las que también se luchará en nombre del “bien” (p. 33-34).

Ya el primer apartado tras la introducción, titulado "La urbanización del Raval" como escenario y resultado de la confrontación antagonista, ahonda en los inicios del barrio como albergue para los pobres a partir del siglo XVII, con la creación de la Casa de Caritat como eje principal del sistema asistencial. Pobres que eran recluidos y por tanto disciplinados en contra de “la ociosidad y la vagancia” en estas casas asistenciales y en fábricas-vivienda. Siguiendo esta línea, se trata el tema del higienismo como un proyecto burgués que afecta tanto a la salubridad como al comportamiento social y que complementa la racionalización y el control del espacio. Es decir, que a la red asistencial se le añade una retórica y una disposición legislativa pensadas para promover la intervención urbanística. Este marco ideológico, que es el higienismo, encuentra su razón de ser en el aumento de población que conlleva el capitalismo industrial –tanto en el caso de Barcelona, como en el de otras ciudades fuertemente industrializadas. Para Fernández existen tres factores claves que determinarán el Raval como “una zona privilegiada para el conflicto”: la fluctuación de la demanda de trabajo, la imposibilidad del sustento fuera del mercado laboral y la escasez de suelo en Barcelona. En resumen, será un lugar donde el aumento de población obrera implicará su concentración y con ella la vigilancia, el control y la reclusión. Una cultura de control reflejada en la organización de los centros asistenciales y en sus prácticas: el higienismo. El Raval, se convirtió pues en un enclave obrero, pródigo en revueltas que irían en aumento desde final del siglo XIX hasta la guerra civil española. Es en este momento cuando ocurren tres fenómenos ligados entre sí: 1) lo que Fernández llama el ensayo de la guerra civil, a través del pistolerismo, las escaramuzas y las revueltas obreras, 2) derivada de esta agitación barrial aparecerá la demonización del barrio y 3)) la llegada del urbanismo y las transformaciones de su tejido. Quizás este último punto es el más importante en cuanto a la línea argumental del texto. Fernández apunta como una de las claves “(…) la alteración morfológica que se iba a ir perpetrando, desde finales de la década de 1930 hasta, prácticamente, el siglo XXI, precisamente a rebufo de este tipo de discursos” (p. 62)

Posteriormente, el apartado "De la Ciutat Vella al Eixample", profundiza en las causas y las consecuencias de la ejecución de los planes urbanísticos y la proliferación de discursos demonizadores, donde destacan la transformación y el disciplinamiento de la ciudad, más concretamente, la negación de otras maneras de vivir y el surgimiento en el imaginario burgués de las “clases peligrosas” –concepto, como remarca Fernández, que es usado por la gran mayoría de fuerzas políticas y que tiene que ver con actividades delictivas, prostitución, vendedores ambulantes, etc. Dos consecuencias socio-geográficas serán las principales: primero, la aparición de lo que López Sánchez(8) llama gueto proletario caracterizado por el hacinamiento, la concentración de inmigración, los realquileres, etc. y un centro histórico urbano homogéneo en términos de estrato social; y segundo, una polarización entre la vieja y la nueva ciudad, siendo la Ciutat Vella odiada por la burguesía y viéndose afectada por la falta de inversión; implicando huída de fábricas, falta de reparación de viviendas y de su aumento de precio en el Eixample, es decir, propiciando la segregación.

El capítulo titulado Legalidad violenta: los sueños de la “república del orden” frente a las pesadillas del Barrio Chino se centra en la vida del barrio como objeto de estigma tanto por parte de la burguesía como de la clase política. Una incomprensión de lo que es lo urbano(9) que lleva a localizar al enemigo en el territorio y convertirlo en un lugar del “mal” y del peligro –y de aventuras para la clase burguesa. Drassanes, el barrio portuario, se convierte en un Distrito Rojo refugio de desertores de la Primera Guerra Mundial y mercado negro de armas adecuado para el pistolerismo pero, sobre todo, lugar de excepción moral para la burguesía y de corrupción para la policía. En este apartado, se muestra otra vez más la polarización entre la burguesía y la clase obrera demonizada –localizada en la ciudad–, y se dan ejemplos de la práctica obrera como cultura antagonista que provoca el miedo a quienes pretenden controlar y disciplinar el territorio y mantener así sus privilegios. El estigma del lugar alimentado constantemente a través del mito del Chino servirá de justificación para las intervenciones. Éstas últimas, con pretensiones de control y fiscalización, serán incorporadas como suyas por los gobiernos progresistas de la Segunda República con la intención de separar lo “bueno” de lo “malo” –es decir, “los parados respetables de los pobres peligrosos” (p. 103)– y evitar la revolución mediante el urbanismo, tal como proponía Le Corbusier. Al fin y al cabo, era llevar la fábrica a la calle: control, disciplina y taylorización, es decir, la separación de las actividades laborales, educativas, de ocio, familiares y comerciales. Al final del capítulo, Fernández hace una cronología con los hechos más significativos del periodo franquista con la intención de mostrar la continuidad en las políticas. Lo más importante de este apartado es lo que expresa su título: “Los bombardeos como primer saneamiento „urbanístico‟”. En este sentido, las intervenciones: “(…) empieza[n] a gestarse involuntariamente –o no– con los bombardeos que sufrió el barrio de Drassanes (…)” (p. 112)

Finalmente, antes de la etnografía, el capítulo está dedicado al periodo posterior al franquismo y sigue en la línea de mostrar la continuidad en las políticas urbanas aplicadas en el barrio y el intento de transformación en un “distrito cultural”. Fernández afirma que se puede: “identificar la continuidad en los proyectos urbanísticos desde Cerdà hasta el actual PGM” y que “convergerían en cualquier caso para el Raval en lo relativo a la necesidad de producir tanto espacios de transparencia y accesibilidad como de control de la población y producción de plusvalías” (p. 127). Fernández muestra cómo desde el Ayuntamiento de Barcelona se buscará la intervención de la iniciativa privada con dos intenciones: crear una nueva red de asistencia en el barrio a través de centros sociales –como ya se mostró para los siglos XVII-XVIII a través de la investigación de Fraile(10)– y convertir el barrio en un lugar de consumo cultural. Así, identificadas estas dos ideas, toman otro cariz la destrucción de la “Illa Sant Ramon” –la primera intervención en la que ya no es posible la “excusa” de los bombardeos fascistas de la guerra civil– y la creación de la Rambla del Raval, pudiendo calificar ambos casos como operaciones anteriores similares al que estudia Fernández. Tales acciones se harán por medio de la violencia policial e institucional y de mobbing inmobiliario y ambas se justifican a través del mito del Chino. El resultado es la creación de lugares con poca vida urbana y en el caso de la Rambla un “espacio de tránsito para visitantes y de (des)encuentro para los vecinos” (p.140-141). Se detectan así, siguiendo lo expuesto por el autor, cuatro pretensiones por parte de la administración (con la aprobación de la asociación de vecinos): 1) Generar plusvalías a partir de la confusión causada en el vecindario a través del mito; 2) la conversión de casos particulares en colectivos a través de campañas de descrédito y de la colaboración de los medios de comunicación; 3) destrucción, higienización y esponjamiento; 4) la creación de nuevas viviendas para atraer población con mayor poder adquisitivo.

Por último, se explica cómo se han usado instrumentos democráticos, propios de los movimientos ciudadanos, por parte de las instituciones para crear un contramovimiento. Así, según Fernández, la participación ciudadana, el civismo y la creación de un patriotismo de ciudad han sido usados para desactivar protestas y desarticular organizaciones ciudadanas. La participación ha sido convertida en “calderilla” y sustituida por relaciones clientelares, así lo hace ver Fernández a través de los escritos de López Sanchez, Manuel Castells y Jordi Borja(11) –quien fuera regidor de urbanismo de la ciudad– y de su propia investigación, mostrando las quejas de la Federación de Asociaciones de Vecinos, quienes denuncian que la participación se reduce a los consejos de administración y a los señores y señoras de Barcelona (p. 148), y señalando los modos de implicación ciudadana en Ciutat Vella. El patriotismo de ciudad, concepto planteado por López Sánchez y Delgado(12), ha servido de modalidad pastoral –idea de Foucault recogida por Fernández– y así se muestra para el caso de Barcelona y de su uso para la creaciones de unas cotas de consenso dirigidas desde arriba. Finalmente, del civismo se ha hecho una estrategia para imponer los usos del “bien” y la cultura de control sobre el territorio, donde destaca la creación de la figura del “incívico” y que se materializa, para Barcelona, en la Ordenanza Cívica.
 

 

El acoso y la humillación desde un posicionamiento crítico

El segundo bloque, Etnografía crítica de la calle d’en Robador, se ocupa de cuatro cuestiones: vida urbana, alteraciones urbanas, prácticas no institucionales o de subsistencia y fiscalización sobre la población por parte, generalmente, de los cuerpos de seguridad del Estado. Es un relato etnográfico y, por tanto, principalmente descriptivo, donde la observación y la participación, que tienen lugar en el territorio y se reflejan en el discurso, son la principal fuente de datos. El texto no acaba en lo puramente visual sino que por el contrario es un informe donde abunda la reflexión y el análisis y en el que se interrelaciona teoría, análisis histórico y el propio proceso de análisis de campo.

En este sentido, la etnografía comienza con una minuciosa exposición de lo que se puede encontrar en la calle d'en Robador, lugar escogido para la realización del estudio de caso. Aquí se describe la morfología del lugar y la social, la tipología de personas, las relaciones sociales interétnicas, las ligadas con el sistema productivo o entre grupos y también las situaciones de poder y control, sobre todo vinculadas con las conexiones represivo-punitivas. Se hace hincapié en los nuevos lazos creados a partir de las transformaciones urbanísticas, es decir, entre quienes llevan más tiempo viviendo y vecinos llegados a partir de dichas transformaciones. Se muestran el acoso policial o inmobiliario, los conflictos por el uso del espacio, los problemas vecinales con los bares, las complicaciones en las transacciones económicas en el mercado sexual o las disyuntivas aparecidas por las obras que conlleva la transformación urbanística. Al respecto, Fernández resalta los problemas sobre “las interacciones entre nuevos y viejos vecinos o usuarios” las cuales “están cargadas de una profunda incomprensión que no es exactamente recíproca” (p. 201). Más tarde, el autor expone con más énfasis la morfología física de la calle –incluyendo un repaso histórico de la misma– y muestra en detalle la destrucción que ha sufrido: qué ha desaparecido, cómo se ha realizado, el volumen de demoliciones, la destrucción del patrimonio histórico, descripción de la propiedad y sus relaciones económicas –expropiaciones, indemnizaciones, fraudes, presiones, etc.

En el tercer apartado, Fernández recupera la visión histórica del mito del Chino, pero esta vez no historiográficamente, sino en relación a la literatura de dicha leyenda y a la atracción y glorificación de lo que allí pasaba. “Es en esta dialéctica entre la ciudad y sus entrañas, desde donde puede comprenderse la constitución y utilidad del mito del Chino” (p. 252). Así, el autor se propone desenmascarar el mito y examinar su elaboración y usos actuales; como dice Fernández “a qué demonios sirve”. Se apoya en el concepto de eficiencia simbólica –bien conocido por los antropólogos– para explicar los efectos prácticos del mito, sobre todo a través del análisis semántico. Propone aquí la idea de una reactualización del mito del Barrio Chino para poder adecuar el lugar a las necesidades capitalistas de circulación de capital. Tal proceso convierte el barrio en un reclamo turístico-cultural: “el atractivo está en reconocer los restos de vida canalla y prohibida con los que algún visitante pueda toparse” (p. 272). Es decir, reconocer aquellos pasajes de los libros, de la “literaturización” del Chino, en el propio lugar.

Para finalizar, la etnografía se centra, a partir de la vivencia del autor, en desmitificar lo que ocurre en el barrio y señalar que los habitantes del último reducto del Chino son parte de un conflicto urbano surgido de los antagonismos de clase. Se muestra pues cómo la subsistencia de unos es motivo para nuevas retóricas y estrategias de control. La venta en la calle ha sido constante en la vida del barrio y en la calle en Robador, que ha proporcionado subsistencia y que ha facilitado entretejer una malla social. Según Miquel Fernández: “éste sigue siendo un espacio en el que las redes sociales permiten que la gente ingrese ocasionalmente en el mercado laboral formal o informal”(…) “También, el tejido social de la calle y del barrio ha cumplido –y aún lo hace– una función muy importante…”. Siguiendo la descripción sobre formas de subsistencia, se afirma que los robos por drogas son escasos, contradiciendo lo que el mito sugiere, y estos suelen producirse a plena luz del día, lo que lleva a Fernández a asegurar, en oposición al relato mítico, que “no son seres del inframundo”. La prostitución no resulta una actividad con la cual poder subsistir y suele ir acompañada de otro tipo de trabajo, mayoritariamente formal. En oposición, existe una falta de ayuda pública y un asedio policial constante. Los ordenamientos institucionales están destinados en gran medida a bloquear estas prácticas marginales y “todo ello debe entenderse en el marco de procesos económicos irregulares y administrativos corruptos” (p. 300). La intensificación del control en la calle en Robador y el asedio contra trabajadoras sexuales –mediante presencia policial, cámaras de video vigilancia no visibles, policías camuflados o redadas– conllevan la expulsión de estas actividades, lo que se podría explicar por un fundamento higienista, como antaño, pero que tiene sus cimientos en la explotación y producción de plusvalías para terceros –inmobiliarias e iniciativa privada en general– de las que deriva, en última instancia, la introducción o retorno a un mercado laboral institucionalizado precarizado, comportando mayor posibilidad de beneficios para la empresa privada.

Finalmente, tras la descripción etnográfica, Fernández se adentra en un análisis del territorio y de su función como lugar para la excepción. Basándose en las teorías de Wacquant sobre el control y la reclusión urbana, el autor asegura que el Raval, y sobre todo la calle en Robador, es un territorio para la exclusión, la expropiación de prácticas y espacios y donde se practica el secuestro de la vida urbana. Recuperando las ideas de patriotismo de ciudad y civismo, Fernández señala que se oculta la violencia con la que actúa la administración y otras instituciones, y resalta que la pobreza cada vez más se gestiona a través del ámbito penal, desde la única idea de mantener el orden público a través de las políticas de control y fiscalización y, en última instancia, de la represión y el castigo. Se amonesta a la pequeña delincuencia o las actividades informales hiperregulando la calle en primer término, sancionando prácticas posteriormente y, por último, con castigos penales. En esta retórica, se separan los ciudadanos de derecho de aquellos a quienes se tilda de incívicos –normalmente inmigrantes o pobres que hacen su vida cotidiana en la calle– que son confinados a un territorio de excepción. En resumen, del problema de la pobreza y de la criminalidad surge un negocio a través del control urbano (y urbanístico): “para combatir a los incívicos” y actuando en favor del “bien” se transforma la morfología urbana, lo que genera grandes plusvalías a través de recualificaciones, de la explotación del suelo y de la llegada de nuevos vecinos con poder adquisitivo mucho mayor.



Reflexión y conclusión

Del libro no sólo se puede hacer una lectura lineal del uso del urbanismo, desde su aparición como ciencia hasta hoy en día, y de las intervenciones y transformaciones urbanas como forma de control, sino que en él se abordan diversos temas que están muy presentes en la actualidad y sobre los que los diferentes gobiernos actúan de la misma manera, por ejemplo: uso del territorio, aprovechamiento del estigma, existencia del gueto o ideologización en y del espacio.

Quisiera así aprovechar estas últimas líneas para reflexionar sobre estos temas a partir de lo mostrado por Fernández en su obra. En primer lugar, quiero resaltar la importancia del estigma territorial que acompaña al relato en toda su extensión. En la actualidad, el estigma del lugar es la característica principal de la marginación y la pobreza, el más importante en lo que respecta al espacio junto a la concentración de la miseria y la falta de un hinterland –características señaladas por Wacquant(13) en su teoría de la marginalidad avanzada. El estudio nos explica la importancia que el estigma ha tenido a lo largo de la historia, mostrado muy eficazmente por Fernández, a través de la elaboración del mito y sus consecuencias, entre otras formas. Aunque como bien es sabido, el estigma, en la actualidad, produce fuertes efectos en la vida de quienes habitan dichos lugares –por ejemplo, marginación en los mercados inmobiliario y laboral, rotura de capital social, alimentación de otros estigmas como el de clase o raza, etc.–, con esta etnografía se muestra que muchos de estos problemas ya existían con anterioridad con casi las mismas consecuencias de hoy –incluso la imagen del tipo duro-violento de quienes habitan estos barrios. Por tanto, y en segundo lugar, habría que repensar el discurso constatado sobre la formación en las últimas décadas de los guetos en España y, al igual que Fernández descubre un hilo continuo en la historia de las políticas urbanas aplicadas a los lugares de relegación social, las teorías del surgimiento de guetos deberían ser estudiadas desde una perspectiva histórica, encontrar un hilo argumental hasta nuestros días –tal y como ha realizado Fernández en su estudio para el Raval de Barcelona– y comprobar si ha existido alguna inflexión que haya cambiado el rumbo de estos lugares. Aunque las últimas políticas de corte neoliberal han aumentado las desigualdades y agravado la situación que se vive en los barrios obreros relegados, sigue siendo plausible realizar una lectura continua de los efectos del capitalismo sobre la pobreza y evitar así entrar en una dinámica que victimice a los habitantes de tales lugares y los tache de seres del inframundo –como así también critica Fernández– culpabilizándolos de auto-marginación.

Tomando como referencia las etnografías de Wacquant para Estados Unidos(14), que analizan el gueto negro americano, de Layperonnie en Francia(15) que propone una definición de gueto francés no a la americana, y la propia de Miquel Fernández para el Raval de Barcelona, se puede mostrar la diferencia de estas situaciones e iniciar una reflexión en contra de un modelo de guetización homogéneo a nivel global.

En cambio, como último tema a señalar, sí es posible indicar una convergencia en las políticas realizadas a lo largo de –y en relación a– la existencia del urbanismo en la que se haga explícita la aplicación de la ideología dominante y la de los diferentes gobiernos en los proyectos físicos, así como en la creación-destrucción del espacio público urbano. La etnografía de Miquel Fernández es un gran ejemplo de cómo ilustrar la politización del espacio por parte de las élites y cómo es producto de las relaciones de poder y dominación. Individualización, fiscalización y represión, entre otros instrumentos de desposesión, quedan integrados en el espacio público urbano a partir de la intencionalidad con la que se lleva a cabo la transformación de un lugar.

Estamos pues ante una excelente obra, que quizás en algunos momentos adolece de una carencia de datos empíricos en ciertos temas importantes –así sucede para las relaciones entre vida callejera y mercado de trabajo formal o informal o la conexión de la fiscalización de la población de una calle con el mundo laboral precarizado. Pero en todo caso, abre la puerta a iniciar un profundo estudio de dichas interconexiones en el medio urbano barcelonés.

A modo de reflexión final, el Raval ha sido un barrio tratado como si dentro de sus límites se alojaran unos espíritus que poseyeran a sus habitantes, sin que estos pudiesen evitarlo. Y a su vez, ha sido objeto de un continuo exorcismo para “desposeer” al territorio de los más despojados. La falta de entendimiento de lo que es lo urbano por parte de la clase política a lo largo de la historia ha sido una constante y señalarlo con estudios empíricos, como esta etnografía crítica y posicionada, da pie a nuevos ámbitos de estudio en las ciencias sociales.




1 Delgado 2007
2 Fraile 2005, 2011
3 López Sánchez 1986, 1993
4 Oyón 2008
5 Fernández hace hincapié en el bombardeo como comienzo de la renovación urbanística como tal en el Raval. Pero, como él mismo recoge, ello es expresado así oficialmente en la web del ayuntamiento de Barcelona: “Pero fueron las bombas de la Guerra Civil las que hicieron los primeros saneamientos urbanísticos en el sur del Raval (avenida de García Morato, hoy avenida de las Drassanes).http://w110.bcn.cat/portal/site/CiutatVella/menuitem.6806019324b2f1d826062606a2ef8a0c/?vgnextoid=04c075292f5a8210VgnVCM10000074fea8c0RCRD&vgnextchannel=04c075292f5a8210VgnVCM10000074fea8c0RCRD&lang=es_ES (Fecha de consulta: febrero de 2015)
6 Garland 2005
7 La obra pretende ser una “historia sobre la violencia” y por ello el autor focaliza la actuación del bien sobre el mal. Fernández, en la introducción, asegura que “vi[o] transfigurarse lo que supuestamente era “bueno” (…) en todo tipo de violencias objetivas y subjetivas contra vecinas, usuarios o trabajadores de la zona” (p. 19) y que “se habrían cometido todo tipo de tropelías por parte de las instituciones gobernantes al abrigo del „bien’”(p. 22)
8 López Sánchez 1993
9 Se ha de entender lo urbano tal como lo define Henri Lefebvre, quien también habla de incomprensión en su libro El derecho a la ciudad. Así pues, hace referencia a “la realidad social compuesta por las relaciones a concebir, a construir o reconstruir” aunque esta no pueda “prescindir de una base práctico-sensible de una morfología”. Ello habría que diferenciarlo de la ciudad que es “la realidad presente, inmediata, dato práctico-sensible, arquitectónico” (Lefebvre, 1975: 67). Se distingue pues entre la ciudad construida y la construcción de la relaciones sociales en la ciudad. Similar a la distinción, muy usada y generalizada que se hace en ciencias sociales entre polis, urbs y civitas.
10 Fraile 2005
11 López Sánchez 1993; Castells 1986; Borja 2007
12 López Sánchez 1993; Delgado 2007
13 Wacquant 2007
14 Wacquant 2001
15 Lapeyronnie 2007

 

 

Reseña publicada en Biblio3w-Geocrítica, 25/05/2015

 

 

 

 

11/06/2015 11:40:07

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