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Para quienes en otro tiempo «democracia» significó caminar hasta la asamblea a poner en común las necesidades individuales y colectivas, a disfrutar de las libertades ganadas en esa alternancia de mando y obediencia y ahora vemos como designa el dominio de los torturadores, la tentación de arrojar el término a los perros que lo custodian es grande y lo cierto es que no nos importaría ceder a esa tentación porque «democracia» ya no designa espacios ganados de libertad ni cuidado de los intereses colectivos. Las sociedades en las que vivimos son democracias despóticas en el sentido literal del término, sociedades al servicio del «despotés», del amo, del patrón. Por otra parte, nada nuevo, puesto que desde la democracia ateniense siempre ha sido así, por lo que lo único que cabe preguntar es si son posibles sociedades democráticas al servicio de todos los individuos que las pueblan o en la medida que pretendamos sociedades isonómicas hemos de abandonar las formas sociales democráticas e inventar otros modos de relación intersubjetiva que garanticen los viejos valores de libertad, igualdad y solidaridad.

Las palabras del dominio - Manuel Muner Sorazu
Escritos de la revolución de 1789 - Emmanuel Sieyès
Por lo mal que habláis - Manuel Rodríguez Illana
La quimera de la creatividad - Daniel Inglada, Manuel Villar y Oriol Leira
Arendt y Heiddeger - Emmanuel Faye
Heidegger - Emmanuel Faye